En el Hospital Juarez, ubicado en las calles de Jesús María y Fray Servando, en el Centro Histórico del Distrito Federal, se ha venido escuchando desde 1847, una leyenda de una enfermera que se aparece en el interior del hospital. Le dicen “La Planchada” por su ropa almidonada, pues los que la han visto y los que la conocieron coinciden en que se llama así por su pulcritud, pues almidonaba mucho su uniforme para que este no se arrugara.

Hospital Juárez de México, Edificio A.ID174, Iván TMy©, 2008

Hospital de Juarez en México(www.edemx.com).

El Hospital Juarez data desde la Conquista, cuando Fray Pedro de Gante fundó las cuatro primeras iglesias, de las cuales, una fue denominada Parroquia de los Indios de San Pablo, que estuvo a cargo de los padres franciscanos.

Los primeros heridos a los que se les atendió fueron a los del Batallón de Padierna el 23 de agosto de 1847, fecha en que se le puede considerar a la edificación como hospital, ya que en un principio fue iglesia y cuyas ruinas pueden apreciarse en el presente.
Ladislao de la Pascua y Guillermo Santa María, fueron los primeros doctores que prestaron sus servicios gratuitamente en las Batallas de Padierna y Churubusco.

Es en este momento cuando nace la leyenda de “La Planchada” ya que según argumentaba el personal del Hospital, el exceso de trabajo debido al escaso personal, hacía que por cansancio muchas enfermeras se quedaran dormidas y al despertarse corriendo apresuradas para atender a los heridos de la guerra, se encontraban con la novedad de que ya habían sido atendidos por una enfermera que nadie conocía.


Enfermeras de las cruces roja, blanca y verde  y de el entonces casi nuevo hospital militar de el cacahuatal de San Pablo, después Hospital Juarez, para recibir heridos (www.memoriaurbana.foroactivo.com)

En medio del furor de la guerra que culminó con la pérdida del 52 por ciento del territorio mexicano al firmarse los Tratados Guadalupe Hidalgo, algunos trabajadores y militares se pusieron de acuerdo para seguir a la mujer que les brindaba cuidadosa atención, y se espantaron al ver que desaparecía a escasos metros del Hospital.

A partir del 19 de julio de 1872, se le llamó Hospital Juárez en memoria al Benemérito de las Américas, que horas antes había muerto.

Una de las versiones de cómo ocurrieron los hechos que dieron origen a la leyenda narra que una enfermera de nombre Eulalia entró a formar parte del personal de un hospital civil, y en poco tiempo se ganó la simpatía y el afecto del personal médico y administrativo.
La joven enfermera era una mujer hermosa, de pelo corto y rubio, seria, pero sobre todo, estricta, siempre de uniforme blanco almidonado; caminando erguida por los pasillos.

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Siempre entregada a su vocación por atender a los pacientes, en una ocasión el Director del hospital llamó al personal porque iba a presentar a un nuevo médico, pero sin embargo ella no acudió a la llamada porque se encontraba atendiendo a un paciente.


El médico recién llegado se llamaba Joaquín, era joven y después de un corto tiempo en el hospital se rumoreaba que era orgulloso y envanecido. Cierto día se le encomendó a la enfermera Eulalia que auxiliara al Doctor Joaquín, quien iba a extraer una bala a un paciente que llegaba de urgencia.

Dicen que Eulalia quedó impactada al conocer al Doctor Joaquín, y que después de colaborar con el mencionado médico no dejaba de hablar de sus ojos y de lo bien parecido que era. A pesar de que muchas personas le recomendaron que no se enamorara del galeno, en poco tiempo se hicieron novios, aunque la relación no era equitativa: ella le entregaba todo su amor y él era un fanfarrón que coqueteaba con otras enfermeras.

Pasaron meses e incluso más de un año, y el Doctor Joaquín le dijo que se casarían. Ella se emocionó mucho y comenzó a ilusionarse con la boda. Un día, él le pidió que le guardara un traje de etiqueta porque iba a ir a una elegante recepción al día siguiente. Ella accedió, y así al otro día el la visitó en su casa, donde se cambió y al terminar conversaron un rato. Joaquín le comentó que había olvidado mencionarle que a la mañana siguiente iba a salir temprano de viaje pues tenía un seminario al norte del país que duraría 15 días. A la enfermera Eulalia le extrañó un poco que no le hubiera mencionado nada Joaquín acerca de aquel viaje con anterioridad, pero le deseó buen viaje y se despidió del él.


A la semana, ella ya lo extrañaba mucho, y un enfermero del hospital conversó con ella y le confesó que tenía interés en que lo acompañara a una fiesta, pero ella le dijo que no podía hacerlo, pues estaba comprometida con el Doctor Joaquín, a lo que él le respondió que cómo iban a estar comprometidos si él se acababa de casar y estaba en su viaje de bodas, además de que había renunciado a su trabajo y se iba de la ciudad.


La enfermera Eulalia no pudo evitar sumarse en una profunda depresión por el engaño en el que había sido víctima. Dicen que comenzó a llegar tarde al trabajo, descuidó a algunos enfermos, e incluso hay quienes mencionan que se le llegaron a morir por su desatención.
Pasó el tiempo, y ella cayó en cama por una enfermedad que la llevó más tarde a la tumba, en el mismo hospital donde trabajaba.

Después de un tiempo, comenzaron a suceder hechos extraños, como que una mañana un paciente que estaba grave amaneció muy bien, y le dijo a la enfermera:
-”Gracias por sus cuidados, la medicación que me dio me mejoró mucho”. Sin embargo, la enfermera no había ido en toda la madrugada.


En otra ocasión, una paciente también mencionó que una enfermera vestida con ropa muy bien almidonada había ido durante la noche a darle unas pastillas.
Así comenzaron a ser comunes las narraciones de las visitas de la fantasmal enfermera a quien llamaron desde entonces “La Planchada”. El personal del hospital se familiarizó con las apariciones de Eulalia, quien en las noches circulaba por los pasillos y entraba a los cuartos.

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A día de hoy todavía sigue escuchándose de vez en cuando que alguien comenta la visita de la enfermera, con su vestido largo, blanco y perfectamente almidonado y esto no ha sido sólo en el Hospital Juárez, sino en otros nosocomios de la Ciudad de México.


Algunos de los empleados del Hospital aseguran haber sido testigos de la aparición del fantasma. Tal es el caso de la enfermera Romy del Rayo, quien narra lo sucedido en una ocasión cuando llegó a su trabajo para cubrir la guardia nocturna y, como todos los días, revisó que sus pacientes, antes de dormir, se hubieran tomado sus medicamentos.


Todo parecía ir bien, sin embargo, fue a administrar una inyección a un paciente y éste le dijo: “Oiga señorita, ¿cómo que me van a poner otra vez la inyección?”
Ella respondió: “Pero si yo no le he puesto nada. A ver, dese la vuelta”.
A lo que el hombre replicó: “Le digo que ya me la puso, mire aquí tengo el pinchazo y ahí está la botellita, mire”.
Romy pensó que esa noche había dos enfermeras de guardia, pero no era así. El incidente se repitió con otro de los pacientes y fue en ese momento cuando empezó a creer a ambos pacientes, quienes aseguraron que una enfermera desconocida los había asistido.


Se trata de una mujer de apariencia joven, con bata larga y cofia blanca. Su atuendo llama la atención, pues corresponde a los que usaban las enfermeras de principios del siglo XIX, además de estar perfectamente almidonado y planchado, de ahí su nombre de La Planchada. La enfermera parece estar flotando en el aire, pues nadie ha visto sus tobillos ni pies; además, su rostro siempre lo tiene hacia un lado o cubierto por un velo.


“No es un espíritu malo -dicen los pacientes-, sino una persona que pone atención especial con los enfermos graves y que ayuda a las enfermeras cuando se quedan dormidas por el cansancio. La Planchada aparece para sustituirlas”.


Pero el de la enfermera no es el único espíritu que deambula por el nosocomio, pues también se aparecen dos niños. Para llegar a los dormitorios es necesario cruzar el jardín central, lugar por donde los empleados pasan con sigilo y rapidez, ya que temen la aparición del fantasma de una niña rubia, jugando a carcajadas con el agua. “Esto no es un cuento -dice Romy-, yo la he visto, está peinada con bucles y porta un traje de estilo colonial, tiene como ocho o diez años. Se ve inofensiva, pero su risa me da miedo, además de que te observa fijamente”.


La otra aparición es de un niño no mayor de seis años de edad que corre y juega por los pasillos. Cuando es visto, los pacientes le llaman la atención y las enfermeras lo buscan para pedirle guardar silencio y acompañarlo con sus familiares, pero la sorpresa es que cuando creen alcanzarlo desaparece.
Tanto las razones por las que se aparecen estos fantasmas, como sus identidades se desconocen hasta ahora y no se sabe quién podría proporcionar información al respecto.

Tal ha sido la fama de este lugar y su eterna enfermera como compañía que, en 1976, se realizó un concurso de poesía llamado “Dr. José Rojo de la Vega”, convocado por el Comité Organizador de la XXII Asamblea Nacional de Cirujanos en el cual concursó el siguiente poema:

La Planchada

Fantasmal enfermera que lucía impoluto uniforme almidonado

Con gran esmero, y con primor planchado

En el viejo hospital se aparecía.

A los pacientes atendía

Con eficiencia y especial cuidado,

Si en nocturno bregar, rudo y callado,

Agobiada enfermera se dormía.

¿Quién era esa mujer?; ¿era alma en pena?;

¿Era flor por la vida desechada,

qué así purgaba singular condena?

Fuentes consultadas: http://www.desahogate.net

http://www.historiasdeenfermeras.blogspot.com

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