Como cada domingo por la mañana, ví a mi madre terminando de arreglarse para asistir al oficio dominical. Esa cita era algo inexcusable para ella, ya hiciese frío, nevase o cayesen chuzos de punta, siempre emprendía el camino que serpenteaba entre las lindes del pueblo y llegaba hasta la pequeña y deteriorada Iglesia decimonónica que presidía el pueblo.

Nunca supe el por qué de tanta devoción, sobre todo teniendo en cuenta que la vida no se había portado muy bien con nosotras. Perdí a mi padre siendo niña y a falta de quien trajera el pan a casa, mi madre tuvo que ponerse a limpiar casas de la zona de sol a sol.

Ya con doce años tuve que ayudarla repartiendo leche y huevos por los caseríos del pueblo y arrimar así algunas monedas a la escasa economía familiar. Mi vestuario se ajustaba a un par de pantalones, unos vaqueros medio remendados y unos blancos de vestir que me solía poner en los días de fiesta. Eso y dos blusas componían mi fondo de armario.No es que me quejara mucho por ello, de hecho añoraba más la niñez perdida robada por el trabajo a edad tan temprana que la falta de un ropero lleno. Quizás de ahí mi repulsa hacía ese Dios que me había negado, primero un padre y después una infancia feliz.

Creo que dejé de acompañar a mi madre a la Iglesia, a las dos semanas de empezar a trabajar, estaba tan cansada por las largas caminatas con los cántaros de leche y cajas de huevos, que me dije que no debía de dar las gracias a ningún Dios por mi nueva vida. Si mi madre se ofendió nunca me lo dijo, pero ella siguió con sus oficios dominicales semana tras semana y año tras año. Parecía que en su pequeña Iglesia, encontraba el consuelo que no hallaba en su vida. Recuerdo verla salir más de una noche para acudir a una improvisada misa nocturna como ella las llamaba.

Yo no entendía cómo era capaz de irse en plena noche a rezar a una Iglesia, que si bien de día ya daba miedo por la noche debía de ser terriblemente amenazadora. El estado lastimoso en que se encontraba por el abandono local y el que tuviera un pequeño cementerio adosado a uno de sus laterales de épocas que se remontaban al siglo XIII, la enmarcaban como una Iglesia un tanto especial.

Recuerdo las veces en que mi madre siendo yo pequeña, me llevaba y me dejaba corretear por el cementerio entre las lápidas ya borradas por el paso del tiempo y con sus crucecitas negras oxidadas por el paso de los siglos invertidas, debido quizás a los austeros vientos del norte.

Desde mi cama observaba como mi madre daba el último retoque a sus ajados cabellos y se pasaba una desgastada barra de labios por sus arrugados labios, dando por finalizado su aseo dominical.

_ ¡Cristina me voy! ¡Acuérdate de dar de comer a los animales!
_ ¡Sí mamá, no te preocupes!

El golpe sordo de la puerta al cerrarse me dijo que ya era libre para leer esas preciadas novelas de aventuras que escondía bajo mi colchón y cuya lectura tanto desagradaba a mi madre. Después de leer unas 10 ó 12 páginas de la novela que tenía empezada, decidí dar de comer a las gallinas que teníamos y que nos surtían de huevos frescos durante todo el año.

Entré en el gallinero y observé que había plumas por doquier y que muchas de las gallinas aparecían desplumadas en algunos puntos de sus pequeños cuerpecillos. Su comportamiento tampoco era normal, estaban asustadas de algo o de alguien pues se apelotonaban unas encima de otras intentando esconderse. Intenté encontrar a mi gallina preferida entre aquella masa de cuerpos y plumas, aquella a la que puse de nombre “Reina”en honor a uno de los títulos de mi novela preferida. Por más que busqué no la hallé y lo peor fue cuando ví restos de sangre seca sobre el marco de la puerta del gallinero.

Alarmada por lo extraño de la situación, entré en casa corriendo y me puse los vaqueros raídos y la blusa de lunares que usaba para el trabajo. Sin tiempo para nada más, salí corriendo por el camino que llevaba a la Iglesia, sin más pensamientos que el encontrar a mi madre y decirle que algo raro había pasado en el gallinero.

El camino se me hizo eterno pese a que iba corriendo por el empedrado camino. Al final del último recodo ví ante mí la silueta de la vieja Iglesia agrisada por el tiempo. Mis pasos se detuvieron en seco al dirigir mi mirada al campanario y observar que la majestuosa cruz que lo coronaba se hallaba invertida al igual que lo estaban las crucecitas de las lápidas del cementerio.

Comencé a andar en vez de correr, sintiendo una sensación extraña en mi estómago. Aquello no era normal. Mis pasos me llevaron a la puerta central de la Iglesia que se hallaba medio entornada. Pegué mi nariz a la puerta y sentí cómo el mundo giraba a mi alrededor al observar como la Iglesia que estaba llena de fieles, aparecían de pie sin orden ninguno, estaban por todas partes tanto en el altar como por los pasillos y todos sin excepción incluido el sacerdote, estaban con los brazos extendidos recitando un extraño salmo en un lenguaje que me recordó los responsos que había oído en latín en los sepelios a los que había ido junto a mi madre.

Allí cerca del altar vi a mi madre con la misma mirada perdida que el resto y en igual pose, salvo que ella llevaba algo en las manos que no cesaba de forcejear por desasirse. Fue entonces cuando reparé en que aquello que aleteaba entre sus manos era el cuerpecillo de mi querida “Reina” decapitada yá, y de cuyo exangüe cuello decapitado manaba la sangre sin cesar en los últimos estertores de vida.

Aquello me erizó el cabello, tanto que salí corriendo cegada por un terror aciago que me llevó a la parte trasera de la Iglesia. Un movimiento en una de sus ventanas me hizo mirar hacia ellas y observé con absoluto pavor a un ser difuso de color blanco que corría por ellas. La visión iba acompañada de voces de niños pequeños bajo mis pies.
Noté entonces como algo cálido se deslizaba entre mis piernas y manchaba mis viejos vaqueros. Me había orinado de miedo. El crujir de una puerta al abrirse, me hizo reaccionar para ver como el sacerdote salía por ella y venía hacia mí.

De esto hace ya dos días y todavía no he vuelto a casa, desde entonces rezo a todas horas a ese Dios que un día abandoné y del que espero me proteja y ayude volviéndome a acoger en su seno.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/1003015662996