Cerca de la playa de Cadiz existía una vieja casa abandonada que antaño pertenecía a un marinero gaditano. Amante esposo y deboto padre, amaba con locura a su única hija a la que mimaba en exceso para compensar las frecuentes salidas al mar. Cuenta la leyenda que la hija sólo le pedía una única cosa al regreso de sus viajes, un espejo de cada uno de los lugares a los que el padre arribaba. Fueron tantos los espejos que llegó a traer que la casa se cubrió de ellos y apenas quedaba un sólo lugar sin cubrir. Pero la madre celosa de este amor incondicional entre padre e hija, aprovechó uno de los largos viajes del marido para envenenar a la hija. Cuando el padre regresó y se enteró de la muerte de su amada hija, se le rompió el corazón y, en ese preciso instante, el reflejo de la niña apareció en cada espejo de la casa. La madre rota por la culpa del crimen cometido, rompió a llorar y confesó su crimen entre lágrimas de dolor. El atormentado padre se marchó entonces para no volver jamás. Desde ese dia, los espejos que cubrían las las paredes de la casa, no volvieron a mostrar reflejo alguno y el pobre espíritu de la niña vaga por la casa, yendo de espejo en espejo y de habitación en habitación, esperando el regreso de su padre con un nuevo espejo como regalo de su último viaje.

Han pasado yá más de dos décadas en las que la casa fue restaurada, aunque las plantas inferiores siguen deshabitadas y a través de sus sucios ventanales pueden verse los grandes salones ahora únicamente habitados por el fantasma de una hija que espera eternamente el regreso de su padre.

Por cierto que esta bonita leyenda gaditana, ha dado lugar a una canción del grupo Saurum Landerth.

Poco más hay que añadir a esta enigmática historia que leyenda o no, ha poblado la imaginación de cuántos han podido visitar la antigua casona. Una vez más, somos partícipes de una España mágica llena de leyendas e historias que alimentan nuestros sentidos más ocultos.

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