Había sido un duro día de trabajo. El maldito proyecto del bloque de viviendas en lo que antes había sido un ajado aparcamiento, cerca de la antigua estación de ferrocaril, me traía de cabeza. Faltaban todavía algunos permisos de obras y el capataz no paraba de incordiarme, con la falta de algunos materiales que todavía no habían llegado.

Miré con recelo el reloj de sobremesa que Laura se había empeñado en regalarme, como recordatorio de que tenía otra vida ajena al trabajo, una vida que poco a poco iba haciendo aguas, por mis continuas ausencias. Maldita sea, las dos de la madrugada y todavía he de revisar las acometidas de luz y agua.

Se suponía que la vida de un arquitecto tenía que ser un poco más liviana, o al menos eso es lo que pensaba durante sus años de estudiante, cuando soñaba con grandes proyectos y una vida a lo grande. Nada que ver con la realidad, noches en vela porque nada cuadraba en los diseños y sobre todo la maldita burocracia que lo retrasaba todo.

_ ¡A la mierda!, Me largo ahora mismo a casa.

El frío viento helado de la noche me hizo estremecer y aminorando la marcha, entré en el coche cerrando con un fuerte portazo. Una vez dentro, encendí el motor para poder encender la calefacción y mientras ésta se ponía en marcha, marqué el número de teléfono de casa para avisar a Laura de que pronto estaría junto a ella.

Una suave voz somnolienta contestó al otro lado.

_ ¡Diga!

_ Hola cielo, sólo llamo para decirte que llegaré en unos 20 minutos, así que ve calentando mi lado de la cama.

_ ¿No es demasiado pronto para ti?, pensé que llegarías más tarde, como ayer o antes de ayer.

Preferí ignorar el tono de sarcasmo con el que me contestó, no quería empeorar las cosas más de lo que ya lo estaban.

_ Yo también te quiero cariño. Hasta ahora.

_ Como quieras, pero no creo que me encuentres despierta Raúl.

Iba a contestar, cuando el sonido intermitente del otro lado, me devolvió a la cruda realidad, me había colgado al igual que nuestra vida en común colgaba de un delgado hilo.

Metí marcha atrás y conecté la radio para acallar los terribles pensamientos que se agolpaban por salir. A esa hora, los programas de radio solían ser tertulias de deportes o llamadas de gente solitaria que quería compartir sus miserias con el locutor de turno. Cambié el dial, pues no estaba yo para oír desgracias ajenas cuando tenía la mía tan a mano. Encontré al fin una que se dedicaba a temas de misterio y pensé por qué no, total en veinte minutos estoy en casa.

Esa noche trataban el tema del niño de Somosierra, una extraña desaparición que hasta ahora no había tenido explicación alguna y seguía envuelta en un halo de misterio.

Relajé los músculos agarrotados por la tensión del duro día de trabajo y me dejé llevar por la suave voz del locutor que exponía los hechos del caso, de todas formas me sabía el camino de regreso a casa de memoria, estaba seguro de que si me ponían una venda en los ojos, sería capaz de conducir sin salirme de la carretera. Llevaba en Santander más de cinco años y de esos cinco, cuatro con residencia fija en el mismo lugar, lo que suponía hacer el mismo camino de ida y vuelta del trabajo a casa y viceversa, dos y hasta cuatro veces al día. Dejé atrás las últimas luces de la ciudad y me dí de bruces con la acostumbrada oscuridad que envolvía el camino forestal que conducía a la zona residencial de mis sueños y de mis pesadillas también, pues la hipoteca que pendía sobre mi cabeza gracias a la dichosa casa, era la que había dejado caer sobre mi, la pesada losa de excesivo trabajo que ahora me axfisiaba.

Recordé el día en que Laura y yo la vimos por primera vez, se erguía sobria sobre sus tres plantas de acero y cristal, no dejaba nada a la imaginación, pues todo se adivinaba a través de sus grandes ventanales, era como vivir detrás del escaparate de una tienda, sólo que sin curiosos que pudieran observarte, pues la finca estaba rodeada de un amplio bosquecillo que la abrazaba y ocultaba a miradas indiscretas. La luz del día se colaba así en cada rincón, en cada hueco, dando forma a cada

habitación según se reflejara la luz en ella. Ni yo mismo la hubiese diseñado mejor, era la casa de nuestros sueños. Desde el mismo momento en que firmé la dichosa escritura, firmé también la sentencia de muerte de mi propia vida como marido y como persona, pues tuve que trabajar el doble de lo pensado para soportar la carga financiera que arrastraba.

Un fuerte sonido y un brusco movimiento del volante me devolvieron a la realidad. Sujeté con fuerza el volante y conseguí hacerme con el control del coche que por un instante creí que se salía de la carretera. Poco a poco fui reduciendo la velocidad y paré en el arcén. Sin apagar el coche y con las luces encendidas de éste, eché el freno de mano y me bajé del coche. Lo que me temía, la maldita rueda se había pinchado y para colmo no tenía la rueda de repuesto, estaba en el garaje de la obra esperando a ser reparada pues había pinchado hacía dos días en la misma obra.

Le dí una patada de rabia a la pobre rueda y maldije mi mala suerte a la vez que mi mala cabeza por no haber reparado la rueda de repuesto. Miré el reloj de pulsera y vique eran las dos y cuarto, ya se podía haber esperado cinco minutos más y estaría casi en casa. Eché un vistazo a la carretera, para observar si podía ver las luces de la vieja casona del guarda forestal que debía de encontrarse casi a esa altura del camino, pero algo hizo que la sangre se me helara en las venas y un leve temblor comenzara a sacudirme las manos.

_ ¿Pero qué demonios….?

Por más que miraba una y otra vez, aquel paisaje no se asemejaba nada al que circundaba la carretera que llevaba a casa. En lugar de los frondosos árboles que jalonaban la carretera allí sólo aparecía una extensa y yerma llanura que no reconocía. Me froté los ojos una y otra vez, pensando que todo era obra del cansancio pero cuando los volvía a abrir, allí seguía estando el deshumanizado llano. La voz del locutor seguía rememorando los acontecimientos de la desaparición del niño Juan Pedro en la sierra de Madrid.

Aquello era de locos, no recordaba haber tomado ninguna otra carretera o radial que le hubiese podido desviar de su camino y aunque así hubiese sido, se conocía de sobra todos los alrededores y pueblos colindantes para saber que ese lugar nunca lo había visto hasta ahora.

Decidí meterme en el coche y llamar a Laura para explicarle lo extraño de la situación y que saliese a buscarme con su coche.

Tiré el móvil a la parte de atrás del coche y decidí andar con el coche todo lo que pudiera, aunque con ello me cargara lo que quedaba de rueda y la llanta, pues no quería ni oír hablar de ir andando por ese lugar desconocido.

Anduve a 40 kilómetros por hora todo lo que pude, no sin dejar de mirar aquel abrupto paisaje que de golpe apareció preñado de viñedos y olivos a ambos lados de la carretera. Cuando llevaba recorridos unos 4 kilómetros, vislumbré las luces de un pequeño bar de carretera en el que descansaban dos enormes camiones. Paré junto a éstos y bajé del coche, con paso rápido así la manija de la puerta del bar y entré dentro sin saber que otra sorpresa me depararía el destino.

El bar se hallaba sumido en el más absoluto de los silencios, el único murmullo audible procedía de un viejo transistor colgado detrás de la barra que en esos momentos daba las noticias del tiempo para el día siguiente. Las llaves del coche se me cayeron de unas temblorosas manos, cuando la voz del locutor decía: “mañana tendremos aquí en Málaga un día lluvioso con fuertes vientos……”, mientras a lo lejos, como en sueños, podía oír la voz del camarero con el típico acento andaluz, preguntándome qué iba a tomar.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003215791441

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