Hace ahora 50 años, Pilar Prades fue la última mujer ejecutada por el método más siniestro de la historia de España, el Garrote Vil. Condenada por envenenar a las señoras para las que trabajaba, el verdugo tuvo que ser llevado a rastras para cumplir el macabro ritual.

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En la década de los años cuarenta, recién terminada la Guerra Civil, más de medio millón de  muchachas fueron enviadas por sus familias del campo a la ciudad, con la idea de que ahorraran algo de dinero para poderse casar.

Una de aquellas muchachas se llamaba Pilar Prades, y cuando a los 12 años abandonó su pueblo de Begis (Castellón) para trasladarse a Valencia poco podía imaginar que su nombre iba a figurar en los anales de la historia de España por la desgraciada condición de ser la última mujer ejecutada en el garrote vil.

Pilar llegó a Valencia siendo analfabeta y dejando atrás una niñez sin muñecas y una desgraciada infancia en la que acarrear cubos de agua y sacos de estiércol eran sus entretenimientos más habituales.

Poco agraciada, introvertida y de gesto adusto, duraba poco en las casas en las que entraba a servir. Su mirada era lo que peor efecto causaba en sus patronos, una mirada seca, dura, que traspasaba. Llegó a cambiar de señora hasta en tres ocasiones el mismo año.

Pilar fue creciendo sin recibir el más mínimo afecto o calor humano. Pasaba los días trabajando sin descanso y comprando con lo ahorrado su precioso ajuar para la boda. Las tardes de los jueves y domingos las pasaba sentada en El Farol, una sala de baile que solía frecuentar en donde miraba cómo bailaban las demás chicas mientras que a ella no la sacaba nadie.

En 1954, cumplidos ya los 26 años, entró a servir en la casa de un matrimonio, Enrique y Adela, que tenían una tocinería en la calle de Sagunto. Pilar envidiaba el porte y las maneras de su hermosa señora y era realmente feliz cuando ayudaba despachando en la tienda si había mucha clientela.

Doña Adela cayó enferma y a partir de aquel día Pilar tuvo que ocuparse de ayudar a Enrique en el mostrador sin abandonar por ello las tareas de la casa. Es decir, hacía todo el trabajo de la señora sin ser la señora. Y también se ocupaba de cuidarla, le preparaba caldos y tisanas que le hacía beber mientras la llenaba de mimos y la divertía contándole un resumen de lo que había pasado en la tienda.

Vómitos, pérdida de peso, debilidad muscular… El estado de doña Adela era cada día más preocupante, y el médico de cabecera no lograba adivinar la causa de las dolencias.

Pero la tocinería no cerró aquel día. Pilar convenció a Enrique, su patrón, de que el negocio es el negocio y había que cuidar a la clientela y de que ella misma se encargaría de despachar. Cuando el viudo regresó del entierro, al entrar en la tienda, se encontró con una Pilar sonriente vistiendo los delantales de su difunta esposa. Enrique decidió echarla ese mismo día sin ninguna explicación.

No tardó mucho en encontrar otra casa. Se la consiguió una amiga que había hecho en El Farol, Aurelia, que trabajaba como cocinera en el domicilio de un médico militar. Pilar entró en la misma casa para servir como doncella.

Un día surgió un problema entre las dos a causa de un joven que le gustaba a Pilar y que sin embargo se fue con Aurelia. Semanas después Aurelia cayó enferma y Pilar la cuidó a base de caldos y tisanas.

En un principio pareció que la enfermedad era del estómago a causa de los vómitos y diarreas, pero luego aparecieron nuevos síntomas, como hinchazón de las extremidades, y el médico militar consultó a otros colegas y entre todos diagnosticaron “polineuritis progresiva de origen desconocido” y decidieron internar a Aurelia en un hospital.

Un par de semanas más tarde fue la dueña de la casa, la esposa del médico militar, la que se puso enferma. Al principio parecía una gripe vulgar, pero se fueron manifestando síntomas muy parecidos a los que había presentado la cocinera, que seguía en el hospital con las extremidades prácticamente paralizadas.

El médico se alarmó, consultó de nuevo con otros especialistas y tomaron la decisión de realizar la prueba del propatiol, un inyectable que permite descubrir la presencia de un tóxico sin necesidad de realizar un análisis. El resultado fue definitivo, la causa de las dolencias de la mujer tenía nombre: arsénico.

Decidió entonces el médico indagar en la personalidad de la criada y se dirigió a la última casa en la que había servido, la del tocinero. Éste le informó de lo sucedido con su esposa y de cómo había despedido a Pilar tras el entierro porque no le gustó ver cómo la criada se consideraba sucesora de la difunta señora.

El médico militar presentó denuncia y se exhumó el cadáver de la tocinera que dio positivo en arsénico. Los policias registraron entonces la habitación de Pilar, y allí escondida entre el ajuar encontraron una botellita de Diluvión, un veneno matahormigas compuesto de arsénico y melaza.

Treinta y seis horas de interrogatorios, alimentada solamente con aspirinas, no bastaron para que Pilar se reconociera autora de los envenenamientos.

Pilar Prades fue condenada a muerte por el asesinato de doña Adela y a dos penas de 20 años por los otros dos homicidios frustrados. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia, se agotaron todos los recursos y las peticiones de clemencia resultaron inútiles. Sólo cabía esperar el indulto por parte del Jefe del Estado y había esperanzas de conseguirlo porque hacía diez años que no se ejecutaba a una mujer en España. La fecha señalada fue el 19 de mayo de 1959.

Antonio López Guerra, sería el verdugo encargado de la ejecución, el mismo que dos meses más tarde ejecutaría a Jarabo en Madrid. Pero a Antonio nadie le había dicho que tenía que ejecutar a una mujer y se negó de lleno a hacerlo. Con una botella de coñac lograron convencer y darle valor al verdugo, mientras se oía la voz de Pilar gritando como loca: “¡Soy muy joven

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/portada/Garrote/vil/envenenadora/elpepusoceps/20090705elpepspor_4/Tes