Sentada en la segunda fila del gran salón de actos de la escuela de enfermería, Alison recordaba con añoranza ya los años pasados en aquel lugar dedicándose y preparándose para lo que según ella había nacido, el cuidado de los enfermos. La voz de su antiguo profesor declamando en el centro del improvisado escenario los versos de Alfredo Novelo “Es hermoso tu camino mitigando los temores, eres el ángel divino de los que sufren dolores. Es tu labor incansable de incomparable valía; eres un ser admirable… ¡Dios te lo dirá algún día!” la hicieron reafirmarse aún más en la elección de su profesión.

Alison sólo recordaba haber sido realmente feliz durante estos años de estudiante. Su infancia había sido un auténtico infierno. Con un padre borracho y pendenciero, ya desde niña sufrió los abusos por parte de éste y con una madre débil de carácter que prefería ignorar el problema antes que afrontarlo, Alison fue creciendo con la creencia de que la vida era el mismísimo infierno del que hablaba el Padre Murphy en sus sermones dominicales.

Un rayo de esperanza se coló en su vida cuando su tía Helen le ofreció su casa para vivir si decidía estudiar enfermería, pues la escuela de enfermería se encontraba en el mismo Condado en el que ella vivía. La esperanza anidó en ella cuando descubrió que había personas que no la utilizaban en beneficio propio sino que la querían por lo que realmente era.

Ahora estaba allí sentada, lista para graduarse como enfermera y tenía un futuro ante sus pies como el que jamás pudo imaginar.

Dos semanas más tarde Alison comenzaba a trabajar a en el Hospital Sagrado Corazón de Catesville en Arkansas, a muchos kilómetros de distancia de una de sus peores pesadillas, su familia. Alison era atenta y cariñosa con sus pacientes, se entregaba a ellos en cuerpo y alma y pronto se labró una reputación intachable como profesional de la medicina.

Meses más tarde conocería a Tom, un muchacho de la zona que también trabajaba en el hospital como celador. La vida era generosa con Alison, era como si le estuviese compensando con felicidad todo lo malo sufrido en su infancia. Pero un nuevo revés la golpearía de manera cruel y despertaría en ella algo que anidaba aletargado en su interior. Tom la dejó por una bonita y alegre doctora en prácticas que acababa de llegar al hospital y Alison no supo ni quiso encajar lo.

Uno a uno, los pacientes de la joven doctora sufrían repentinos fallos cardíacos y acababan en la sala de autopsias. Finalmente hundida por lo que creía errores médicos propios de su inexperiencia, abandonó la medicina, dejándole el campo libre con Tom a Alison. Pero Tom no quiso volver con ella y Alison volcó toda su rabia y frustración en las únicas personas indefensas que recibían sus cuidados, los enfermos a su cargo.

Con inmenso cuidado y amor, recorría en su turno una a una las habitaciones de su planta y les administraba con esmerado cuidado las medicinas prescritas por el médico de guardia, todas excepto una que ella misma proporcionaba para mayor alivio de éstos. Tan inmensa era su devoción por los enfermos que se quedaba con ellos hasta el final, agarrando sus frías manos apenas sin vida y susurrándoles palabras de consuelo mientras éstos expiraban el último aliento.

Alison acabó sus días en la penitenciaría del Estado de Arkansas a manos de la inyección letal, después de haber asesinado a más de 25 pacientes. La que en un principio fuera un ángel para los que más sufrían, acabó convirtiéndose en un ángel de la muerte.

Cuenta la leyenda que en el Hospital Sagrado Corazón algunas noches el silencio recoge el eco de pisadas en los oscuros y tenues pasillos de la planta tercera, es entonces cuando los enfermos de la misma cubren su cabeza con la almohada temerosos de ver entrar en su habitación al “ángel de la muerte”.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1004115964751

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