La noticia de que mi hermanastro había muerto, me había cogido por sorpresa. Si a eso sumamos que lo había hecho en Nueva Orleans, la sorpresa era doble.
Metí en la maleta más pequeña que tenía, un par de pantalones y un par de camisetas y me dirigí a coger el taxi que ya se impacientaba en la puerta de casa.
Una vez en el aeropuerto, cogí el vuelo que me llevaría a la cuidad de Nueva Orleans, en el sur de EEUU. Sentada en mi asiento de ventanilla, observé como el avión iba tomando altura y las casas cercanas al aeropuerto, tomaban el aspecto de casitas de muñecas.

Cerré los ojos y recordé al que fuera mi compañero de juegos infantiles hasta los de 12 años, edad en la que mis padres se separaron y decidieron dividirnos cual juguetes; mi hermanastro se iría con mi padre y yo me quedaría con mi madre. A partir de ahí se abrió un abismo entre nosotros, pues las cartas al principio muy numerosas, dieron paso a un vacío en el que apenas si llegaban dos al año. Después de eso, nada hasta hacía dos días en que me llegaba un telegrama anunciándome la muerte de Peter.

No hacía más que darle vueltas al mismo asunto: _ ¿qué demonios hacía mi hermanastro en Nueva Orleans?.
Peter no era dado a viajar, de echo ya desde pequeño odiaba los numerosos cambios de domicilio a los que nuestros padres nos obligaban por razones laborales. De forma mecánica, abrí el bolso y saqué de la cartera una pequeña y usada foto en la que se veía a una niña y un niño pequeños, sonriendo a la cámara. Pasé un dedo por el rostro de Peter y una lágrima rebelde se dejó caer lánguidamente por mi sonrosada mejilla.

La voz de mi compañero de asiento, me sacó de mis recuerdos.
_ Perdone señorita, ¿esta usted bien?
_ Sí, no se preocupe, no es nada.
Guardé rápidamente la foto en el bolso y volví a cerrar los ojos, imaginándome cómo iba a ser mi reencuentro con Peter.

Después de estar medio día en el avión, conseguí bajar la escalerilla de éste, no sin notar cierta angustia ante lo inesperado de la situación. Mientras recogía el equipaje que giraba una y otra vez en la cinta transportadora, alguien me tocó suavemente en el hombro, reclamando mi atención.
_ ¿Es usted la señorita Martinez?
_ Sí, ¿por qué?
_ Mi mas sentido pésame por lo de su hermano, soy el Sr. Brown , su hermano me contrató para que en caso de que le ocurriese algo, este sobre llegara hasta usted.
_ ¿Es usted abogado?
_ Digamos que lo era hasta que perdí la licencia. Esto lo hago como resultado de la amistad que me unía a su hermano.
_ Me gustaría hacerle algunas preguntas, si no tiene inconveniente.
_ Si lo prefiere de camino al cementerio responderé a todas sus dudas. Tengo el coche al salir de la terminal.

Una vez dentro del coche, inspiré una gran bocanada de aire y me dispuse a saciar mi curiosidad.
_ Sr. Brown , ¿qué hacía Peter aquí en Nueva Orleans?
_ Estaba haciendo un reportaje sobre algunas digamoslo así, casas especiales por los hechos ocurridos en ellas.

_ No entiendo a qué se refiere. Y por otro lado, _¿Peter escribiendo?_, no sabía que fuese periodista.
_ Es que no lo era, al menos todavía. Con ese reportaje o estudio, esperaba poder conseguir trabajo en el periódico local de la ciudad. Su hermano Señorita, era una persona muy especial para ciertas fuerzas de la naturaleza.
_ No sé a qué se refiere con eso.
_ Pues a que su hermano veía y oía cosas de digamos, personas que ya nos dejaron.
_ ¿Esto es una broma no?
_ Yo no me estoy riendo señorita Martinez y menos de la memoria de un amigo.

El silencio cayó cual piedra pesada en un estanque. Todo esto era una locura, ¿Peter una especie de médium?, no me lo puedo creer. Cerré mi puño alrededor del sobre que me había entregado el Sr. Brown y regresé a un verano en que siendo niños, Peter bajó corriendo de su habitación con el semblante blanco, diciendo que en su habitación había un niño pequeño jugando con sus coches. Mi padre le tuvo castigado por mentir dos días sin salir de esa habitación y nunca más volvió a decir nada parecido. A veces le oía hablar en su habitación con alguien, pero cuando entraba en ella, allí sólo estaba él.

El coche paró en una de las encaladas tapias del cementerio. Bajé del coche y el Sr. Brown me acompañó hasta la pequeña fosa en la que reposaban los restos de mi hermanastro. Una pequeña placa marcaba su nombre y la fecha de nacimiento y defunción.
_ Si me disculpa he de irme a casa. Si me necesita estoy en este número. _ Y tendiéndome una tarjeta de visita, el sr. Brown desapareció entre las lápidas.

No sabía qué hacer, allí estaba yo frente a un montón de tierra removida que acogía los restos de alguien que se marchó hacía mucho tiempo de mi vida.
_ No es muy bonita ¿verdad?

El sonido de la voz la sobresaltó y dejó caer el sobre de sus frías manos. El desconocido que estaba junto a ella se agachó y lo recogió tendiéndoselo con una amable sonrisa.
_ Le decía que no es muy bonita la tumba ¿verdad?

_ No, no lo es.
_ ¿Es de alguien conocido?
_ Sí, de mi hermanastro.
_ Lo siento mucho. ¿Estaban muy unidos?
_ De niños sí, luego él se marchó y apenas si mantuvimos contacto alguno.
_ Seguro que él nunca la olvidó.
Me giré hacia el extraño que me hablaba y mirándole de frente a los ojos, reconocí esos hermosos ojos color azul que tanto me gustaban y que heredó de mi padre. Un grito ahogado salió de mis labios: ¡Peter!
_ Sí, Laura soy yo.
_ Pero ¿cómo es posible? ¡tú estas muerto!
_ Para este mundo sí, pero no para el otro que existe más allá. Lee el contenido del sobre que llevas y lo comprenderás todo.

Su cálido beso en mi mejilla, me dijo que había estado allí y que no estaba loca. Sentada sobre la fría tierra donde descansaban sus restos, rasgué el sobre que tenía en mis manos y leí.
” Hola Laura, si estas leyendo esto es que yo ya he dejado este mundo y he pasado al otro lado. Mi querida y amada Laura, siempre te he llevado conmigo en mi corazón aunque no haya podido verte tanto como yo hubiese deseado. Desde pequeño veía y oía cosas que los demás no podían. Ya sabes cómo me castigó por ello papá. Ese día decidí no hablar de ello con nadie. Ni siquiera contigo. Cuando me marché con papá me hundí en la desesperanza de verme alejado de vosotras dos, lo único que me salvó fueron esos viejos amigos que siempre estaban allí: fantasmas los llamarías tú. Me hablaron de otro lugar, de otra dimensión en la que también había vida después de la muerte. Llegué aquí a Nueva Orleans porque es donde sobrevive la cultura criolla del vudú. Buscaba respuestas a lo que me pasaba. En eso estaba cuando algo ha debido de ocurrir si estas leyendo estas hojas. Recuerda que no me he ido, siempre estaré contigo. Firmado: tu hermano Peter.”

Las lágrimas rodaron por mis mejillas cuando una súbita ráfaga de aire se llevó las hojas que asían mis dedos. Cerré los ojos y me acosté sobre la fría tierra intentando abrazar a mi hermano.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662934

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