Todo empezó en mi primer día de Instituto. La verdad es que iba un poco asustada porque no sabía a lo que me iba a enfrentar después de tantos años de colegio con los amigos de siempre. Encontré la clase fácilmente y cuando el profesor me indicó el lugar en el que había de sentarme, observé con estupor la cara de mi nueva compañera. Era morena con los ojos muy oscuros y una mirada penetrante en ellos que me dieron escalofríos. Las clases se sucedían una a una y mi compañera no abrió la boca para dirigirse a mí en ningún momento.

A la hora del almuerzo me senté en el patio bajo la sombra de un gran árbol. De repente se acercó un chico pelirrojo con muchas pecas, que medio riéndose me dijo:

-¡Te ha tocado ser la compi de la bruja! Yo iba a responderle cuando se fue corriendo y allí me quedé yo con mil y una preguntas sin respuesta.

Al volver a clase observé con más detenimiento a mi nueva compañera y ví como todos sus cuadernos y libros estaban plagados de cruces negras invertidas. Ella al darse cuenta de lo que yo miraba, me dirigió una mirada llena de odio.

Al acabar las clases, varias chicas se me acercaron para comentarme cosas sobre mi compañera y sus jueguecitos de brujería. Yo me reí de esas tonterías justo en el momento en que ella pasaba y una vez más sentí su mirada clavada en mi espalda. Toda la tarde y parte de la noche estuve intranquila dandole vueltas al extraño comportamiento de mi compañera de clase. Por fín me acosté y en mitad de la noche sentí la urgente necesidad de ir al baño. Al salir de la habitación y atravesar el largo pasillo, me pareció ver por el rabillo del ojo, algo que se movía en el espejo que mi madre a modo de cuadro había colgado en el pasillo. No le dí mucha importancia, así que pasé al cuarto de baño y un grito se escapó de mis labios cuando ví en el espejo del lavabo, la siniestra imagen y mirada de mi compañera de clase.

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Desde hace días apenas si salgo de casa, porque allí adonde voy, veo siempre su imagen reflejada, en escaparates, en los cristales de las ventanas, en las lunas de los coches y así en miles de objetos que me devuelven su terrible imagen.
Nadie me cree y mis padres quieren llevarme a un psicológo, pero yo digo la verdad y nadie quiere creerme. Hace semanas que no me peino por miedo a los espejos y mi habitación está llena de sábanas tapando todo aquello que refleje algo. Ya no me rio de los temas de brujería, solo pido una cosa y es que si alguno de los que leaís esta carta que enviaré al periódico, creeís y podeís ayudarme, os ruego que lo hagaís porque quiero recuperar mi vida.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662941

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