Las aguas profundas de aquel pequeño pero revuelto río, parecían adivinar mis más profundos pensamientos. Era como si el crepitar del agua sobre las rocas me susurraran una vieja cantinela aprendida hace muchos años atrás. – ¡Ven conmigo hermoso niño! te acogeré en mi seno y acunaré tu llanto, parecían decirme.

Las lágrimas rodaban sin cesar por mis ajadas mejillas, pues la tarde era fría y un ligero vaho salía de mi boca con cada expiración que hacía.

Apenas si había gente por la calle, pues la tarde no invitaba al paseo, de ahí que mi silueta al borde de aquel puente, recortara la tarde en un día que agonizaba tanto como yo.

Subí el pequeño murete que servía de base para la negra reja que me separaba de las frías aguas del río. Aquél río que seguía llamándome, acunando sus verdes aguas para acogerme de un momento a otro. Con las frías rejas a la altura de mis muslos, sentí la brisa lacerando mis húmedas mejillas mientras el sabor salado de mis lágrimas mojaba mis resecos labios.

Recordé entonces otros tiempos en que este puente fue testigo de besos robados a la luz de la luna, abrazado al tibio cuerpo de mi único y verdadero amor. Parecía que esos fugaces momentos habían sucedido hacía mucho tiempo atrás, un tiempo en el que todo eran risas y alegrías de tener a mi lado a mi alma gemela.

María se llamaba mi amor, nombre que abarcaba todo mi universo, un nombre hecho carne y hueso en la mujer que tanto amé. Un golpe del destino me la arrebató de mi lado y desde entonces mi alma habita un cuerpo que ya no siento, que ya no quiero.

He maldecido una y mil veces a ese Dios que me la entregó para luego quitármela, dónde estaba El mientras la luz de sus ojos se apagaba mirándose en los mios. Pero ahora instantes antes de saltar, me llevaré ese odio conmigo porque reniego de El para siempre.

– ¿Es bonito verdad?
Me giré para ver de quién procedían esas palabras. Una gran sonrisa coronada de una cara morena de grandes ojos, me señalaba las frías aguas.
– ¿Sabe? me encanta este lugar, suelo venir a menudo para escuchar el canto del agua a su paso por las rocas.
– Mire, si me disculpa, me gustaría estar solo.
– A mí también me gusta la soledad, pero hoy no es un buen día para estarlo, así me lo ha dicho El.

Miré más detenidamente a mi interlocutora y pude observar que a pesar de ser una mujer menuda y de apariencia frágil, sus ojos expresaban una determinación que no obedecía a su aspecto.

– Mire señorita, no quiero pecar de grosero pero le repito que quiero estar solo, esto es algo entre yo y la persona que me arrebató algo.
– Comprendo, pero así no se arreglan las cosas. No le tenía por un cobarde o al menos no es lo que El me ha dicho de usted.
– De qué demonios está hablando. Usted no me conoce y dudo de que tengamos amigos comunes.
– En eso se equivoca, tenemos un amigo común aunque ahora mismo esa persona no goza de su amistad.
– Mire, no tengo tiempo para estos jueguecitos, ¿ de qué psiquiátrico se ha escapado usted? ¡márchese por favor!
– José no puedo dejarte, así no, El no lo querría.
– Mire, no sé quien es ese “El” del que me habla y de hecho no quiero saberlo, sólo quiero que me deje en paz y continue su paseo.
– Tú sabes muy bien quién es El, ¿acaso no le pediste ayuda noche y día mientras estabas en el hospital junto a María?

Un estraño vahído me sacudió de arriba abajo haciéndome perder por unos instantes el equilibrio, momento en que sentí una fuerte mano tirando de mí hacía el muro. Caí de bruces sobre la sucia acera encogido por el dolor de los amargos recuerdos vividos en el hospital. Recordé como sentado al lado de María en una fría habitación de hospital, repetía una y otra vez la misma letanía : ” ¡ Dios mio no te la lleves de mi lado, déjala conmigo! “. – ¿Cómo sabía esa mujer eso?

– ¿Quién demonios es usted? y ¿cómo sabe eso?
– Demonio no José, todo lo contrario y El me ha enviado para ayudarte.

Me incorporé del suelo sintiendo crecer la rabia dentro de mí.

– ¿Un angel dice? y ¿que le manda El para ayudarme? ¿llega un poco tarde no? a quién debía de salvar era a ella y no a mí.
– Quizá, pero para María había llegado su hora y para ti no. Te esperan grandes cosas José y el recuerdo de María estará vivo en ellas.
– ¡Márchese se lo ruego!
¿Oiga se encuentra bien? he visto cómo se caía del muro del puente.
– Escuche, ¿adónde ha ido la mujer que estaba conmigo?
– Con usted no había nadie amigo, el golpe le ha debido de afectar la vista.

Salí corriendo de allí y mis pasos me llevaron a una pequeña iglesia apenas iluminada por las velas encendidas a los pies de una imagen. Alcé los ojos hacía ella y ví esa sonrisa conocida coronada por una morena cara de ojos grandes. Por primera vez en muchas semanas, volví a estar en paz con El.

Nota: creo que en este mundo hay personas que a modo de ángeles, enriquecen nuestra existencia por su sensibilidad y amor que destilan en todo lo que hacen, para los que como yo hemos perdido la fé, junto a ellas encontramos un nuevo camino que tal vez nos lleve de nuevo a creer sino en El sí en el Ser Humano.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662965

Anuncios