Como cada mañana Oliver de 10 años, salió de su casa camino de la tienda del señor Sullivan. Durante el periodo vacacional, ayudaba al anciano tendero haciendo los repartos a domicilio. Con el dinero que sacaba, Oliver iba llenando una pequeña hucha que le había regalado su tio frank por su santo. Cuando la tuviera bien llena, pensaba comprarse una bonita bicicleta de color rojo fuego que todos los días se paraba a mirar en el escaparate de la tienda del señor William, aunque no le pillaba de camino al trabajo, él siempre se detenía allí para echarle una ojeada y pasar la jornada laboral con más ánimo.

Cuando llegó a la tienda, el viejo señor Sullivan estaba realizando los pedidos del día anterior para ser repartidos por Oliver. Después de dar los buenos días, Oliver cogió una escoba y se dispuso a barrer la tienda mientras su jefe acababa los pedidos. Cuando hubo terminado de barrer, el señor Sullivan le llamó con la mano para que se acercara.
_ Oliver, estos son los repartos para hoy. Primero vas a la casa de la señora Eleanor, no te entretengas mucho con ella que después has de ir a casa del doctor Smith y por último te pasas por la villa de la señorita Anne.
_ Si señor Sullivan.
_ ¡Anda muchacho, corre! _ Esta juventud es cada día más perezosa_.

Oliver depositó las bolsas con comestibles en su vieja bicicleta heredada de su primo Rober, el cual la heredó a su vez de su hermano Cristian. La pobre bicicleta estaba tan vieja que cada pedalada de Oliver le hacía temblar los gemelos de agotamiento, eso sin contar el contínuo chirrido que producía. Todo esto pensó Oliver, se acabaría cuando tuviese su flamante bicileta roja.

Colorado como un tomate, llegó a la casa de la gruñona señora Eleanor, que siempre refunfuñando acerca de lo tarde que llegaba, lo caro de la compra y el sofocante calor que asolaba el pueblo, logró salir de allí, no sin antes llevarse uno de los acostumbrados pescozones, con los que siempre le despedía la señora Sullivan.

De vuelta en su ajada bici, saboreó lo que sería conducir a toda velocidad con su nueva bici sin hacer esfuerzo alguno. La casa del doctor Smith hacía las veces de vivienda y consultorio, asi que no era de extrañar que siempre hubiese alguién en casa del buen doctor. El letrero de “Doctor Smith” le dio la bienvenida en su acostumbrado reparto. El viejo doctor, llevaba en el pueblo toda su vida y había traido al mundo a la mayoría de sus habitantes. Después de despedirse del doctor y llevarse a la boca la dulce piruleta con la que siempre le premiaba, subió a la bici para hacer el último reparto del día. Iba a comenzar a pedalear cuando se dio cuenta de que no llevaba ninguna bolsa más, lo que significaba que o el señor Sullivan no la había preparado porque se le había olvidado, cosa nada rara por cierto, o es que él mismo se la había dejado allí mismo, junto a la puerta de la tienda. Temblando por la reprimenda que se llevaría del señor Sullivan, Oliver reemprendió el camino de vuelta a toda velocidad haber si con un poco de suerte, el señor Sullivan no se había dado cuenta de la bolsa allí olvidada.

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LLegó a la tienda sudoroso y dolorido por el sobreesfuerzo realizado, pero expectante por comprobar si estaba el pedido a la entrada de la tienda. Su decepción se hizo patente cuando comprobó que en la calle, la bolsa no estaba. Con el rabillo del ojo, observó que dentro de la tienda no se veía movimiento alguno y resuelto a llevarse una reprimenda bien merecida por otro lado, empujó la puerta de entrada a la tienda. Lo primero que notó Oliver fue un fuerte olor a quemado lo que le hizo ponerse en alerta ante cualquier fuego existente. Mirando a su alrededor observó que todo estaba tal y como lo dejó minutos antes, no había fuego alguno ni rastro de que lo hubiese habido, porque nada aparecía quemado, sin embargo, el fuerte olor a algo quemado persistía. Con una apenas audible voz, comenzó a llamar al señor Sullivan, sin obtener respuesta alguna. Armándose de valor, comenzó a andar hacía la pequeña trastienda dónde el señor Sullivan solía tener un viejo camastro, una pequeña mesa y una silla donde hacía sus cuentas. Mientras se acercaba, sintió que el olor procedente de allí se hacía más fuerte, tanto que incluso le daban arcadas. Al traspasar el umbral de la puerta, sus robustas piernas de ciclista se vinieron abajo y una fuerte arcada vació su estómago a sus pies. Sobre la silla del escritorio aparecía un pequeño montón de cenizas aún humeantes y para no dejar dudas acerca de la identidad de éstas, en el suelo, entre las dos patas delanteras de la silla, aparecía el pie del señor Sullivan con su vieja zapatilla de rombos todavía
puesta.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662958

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