Soy ciega desde que tengo uso de razón y aunque no recuerdo el color del cielo ni la luz del sol, mi hermano dice que hubo un tiempo en que fuí capaz de verlo. Ahora con veinte años, he logrado desenvolverme entre las sombras que rodean mi vida y me he adaptado a la oscuridad que me envuelve.
Todo esto podría cambiar de un momento a otro, pues la llamada telefónica que acababa de recibir hacia apenas unas horas, me citaba en el hospital para el día siguiente para realizarme el preoperatorio y mi posterior operación de ojos. Hacía un año y medio que estaba en la lista de espera, pendiente de una operación de córneas que diera luz a mi vida. Llegado el momento, me sentía abrumada por el paso que iba a dar, un paso que iba a cambiar mi vida para siempre.

Tras el ingreso y acostada en la dura cama de hospital, agarré con fuerza la mano de mi hermano Julián en un intento de diluir el miedo que me atenazaba. Tras una angustiosa espera, el tedioso chirriar de las ruedas de la metálica cama, me desvelaron que mi aventura camino del quirófano iniciaba su viaje. Un suave beso en la mejilla formó parte de la despedida de mi hermano, un hermano al que no conocía salvo por el tacto de mis manos.

Una semana mas tarde me encontraba de nuevo frente a un nuevo reto, el de liberarme de las vendas que ocultaban mis nuevos ojos y someterme al reencuentro de un mundo ya olvidado. Quitadas yá las vendas, un absurdo temor me obligaba a no querer abrir los ojos, tras unos momentos de vacilación los abrí y un mundo colorido aunque borroso y desdibujado hizo acto de presencia ante mí.

Los días pasaron volando abriendo un mundo de sensaciones nuevas, todo era perfecto hasta aquel primer día en que todo cambió. Mientras veía la televisión recién estrenada, de pronto me sentí presa de una terrible angustia, el aire me faltaba por momentos y mientras boqueaba cual pez fuera del agua intentando coger un poco de aire, sentí un terror ancestral al ver la imagén de un hombre enmascarado que sujetándome con su peso me intentaba asfixiar con sus manos. Poco a poco me fuí quedando sin fuerzas y cuando creí que ya había llegado mi final, de repente llegó hasta mí la voz inconfundible del presentador de la televisión dando el parte meteorológico. Como pude me incorporé y cogiendo el teléfono llamé a Julián.
– Julián soy Sara, ¿puedes venir por favor?
– ¿Te ocurre algo Sara? noto tu voz algo extraña.
– ¡Ven por favor! . Sin más colgué el teléfono y sentándome de nuevo en el sofá esperé a que llegara Julián, no sin antes taparme la cara con un cojín para no tener mas sorpresas.
Las palabras de ánimo de mi hermano aludiendo a una mas que probable pesadilla no me quitaron el mal sabor de boca de la experiencia vivida y aunque no muy conforme con sus explicaciones decidí dar por terminado el asunto.

A la semana de esta aterradora experiencia, metida en la bañera y dispuesta a darme un merecido y relajante baño, de pronto me ví sumergida por unas enormes manos que aferradas a mi cuello me envolvían a estrangular. A través del agua volví a ver a ese hombre enmascarado que tanto se esforzaba en ahogarme, patalee y forcejee todo lo que pude pero sólo llegué a fijarme en un pequeño tatuaje en forma de escorpión que levaba en el antebrazo. De nuevo, cuando ya lo daba todo por perdido la presión sobre mi cuello desapareció y allí sólo quedé yo, vomitando agua sin cesar.

He meditado mucho sobre lo que me ha ocurrido y creo que no es una alucinación o pesadilla, algo me está ocurriendo. Decidí entonces arreglarme y visitar a Laura que además de amiga de la infancia era psicóloga y seguro que podía ayudarme o al menos aconsejarme.
Mientras me peinaba mis rubios cabellos, de pronto el espejo me devolvió la imagen de otra mujer de pelo negro y tez morena; el peine se cayó de mis manos y lo seguí con la mirada. Al volver a mirar al espejo, la imagen que ahora estaba allí era la mia. Ahora más que nunca tenía que hablar con Laura.

Llegué a su consulta en diez minutos y Tina su secretaria me dijo que esperara en la salita hasta que terminara con el paciente que tenía Laura. Para mantener ocupada mi mente cogí un periódico atrasado, al pasar la primera página el corazón se me aceleró y me sentí desfallecer. Allí en la página central aparecía la foto de la mujer que había visto en mi cuarto de baño con un titular a grandes letras: MUJER HALLADA ESTRANGULADA EN SU PISO, SIN PISTAS SOBRE EL ASESINO.

Cogí el periódico y dejé la consulta sin decir adiós. Dentro del coche dí vueltas sin saber adónde ir o qué hacer. ¿Qué demonios me estaba pasando?
Al pasar frente a una comisaría de policia, instintivamente pisé el freno. Entré en ella y pedí hablar con algún detective. Allí sentada frente a él, le conté todo lo que me había pasado a riesgo de parecer una loca. Por último le enseñé la foto de ella en el periódico. Muy amablemente el joven detective tomó nota de todo, incluido el pequeño detalle del tatuaje en forma de escorpión y acompañándome a la salida me prometió estudiar el caso y llamarme si había novedades. Se notaba que se deshacía de mí con mucha educación.

El sonido del teléfono aceleró mi pulso, descolgé y escuché una voz vagamente familiar.
– ¿Es usted la señorita Sara López por favor?
– Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
-Perdone, soy el detective Martinez, hablé con usted hace un par de días acerca de un caso sin resolver ¿lo recuerda?
-¡Cómo olvidarlo! ¿hay novedades? ¿sabe algo más?
-Por supuesto. Verá, la mujer asesinada se llamaba Sofia Vazquez y no había pista alguna sobre su asesino. Extraoficialmente seguí la pista del hombre del tatuaje que me dio y ¡bingo! era un antiguo amante que despechado por haber sido rechazado decidió asesinarla. En su casa encontramos la máscara y los guantes con los que la asesinó, los cuales coinciden con las fibras halladas en la alfombra de Sofia.
Tuve que sentarme para no caerme y aferrar con fuerza el teléfono, la voz al otro lado de la línea parecía lejana.
– ¿Sara sigue ahí?
– Sí, aquí estoy.
– He de darle las gracias en nombre de todo el departamento, sin su ayuda este sería un caso mas sin resolver en nuestros archivos. ¡Ah por cierto! mientras investigaba el caso de Sofia, encontré en el forense el historial del caso y hallé que había donado sus ojos ¿adivina quién recibió sus córneas?
No pude oir nada más porque el teléfono resbaló de entre mis manos y por unos instantes mi vida volvió a la oscuridad de la que no debía de haber salido.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1006086542839

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