Meryland (Baltimore), 10:30 de la noche.

La noche era muy fría, de hecho se podría decir que gélida, por las pequeñas volutas de humo que salían de la boca de Maria y formaban gracias al milagro de la condensación, pequeñas gotas de agua entorno a ésta. Su turno en la gasolinera estaba a punto de acabar y sólo tenía pensamientos para el pesado viaje de vuelta a casa una vez que recogiera a Tom de la casa de su madre.

No debería haberle cambiado el turno a Sonia, ella siempre trabajaba de mañana y siempre tenía las tardes libres para ocuparse de Tom, además vivía lo suficientemente lejos de la ciudad como para embarcarse a altas horas de la noche en viajecitos nocturnos por parajes desiertos. Recordó entonces la cara de Sonia haciendo pucheros mientras le pedía el favor de que le cambiase el turno, su nuevo novio venía de Connecticut, New York, y sólo tenían esa noche para estar juntos a solas, pues la compañera de piso de Sonia se había ido a pasar el día con su madre. María sabía que más tarde se arrepentiría de hacerlo, pero no pudo decirle que no a Sonia y su llorosa cara.

Estaba a punto de ir a cambiarse cuando el sonido de un claxon llamó su atención. Salió al exterior de nuevo y observó un monovolumen familiar parado junto al surtidor número tres. El conductor, un señor mayor de escaso pelo y poblado bigote entrecano le salió al encuentro.
_ ¡Buenas noches! buenas por decir algo je,je,je porque hace un frío que pela.
_ ¡Ya lo creo! desde el invierno de 1988 no había bajado tanto la temperatura por aquí. ¿Cuánto le pongo?
_ 50 dolares, por favor. ¡El pobre está más que seco! lo último que desearía es quedarme tirado en una noche como esta.
_ Ya lo creo amigo. ¿Va lejos?
_ No mucho, pero lo malo son las carreteras que tengo que coger, todas comarcales y con apenas puntos de repostaje.
_ Bien pues vaya con cuidado, hemos tenido problemas con el hielo últimamente y por esta zona la cobertura no es nada buena. ¡Listo, 50 dolares!
_ Aquí tiene jovencita y muchas gracias por todo.
_ No hay de qué, ¡vaya con cuidado!

Metiendo las manos dentro del bolsillo del plumas color butano que la empresa les había regalado como equipamiento de invierno, Maria volvió al interior de la gasolinera y tras consultar el reloj de pared colgado sobre el mostrador de la tienda, el cual marcaba las 10:57, decidió cerrar y cambiarse, todavía le esperaba un largo camino por delante. Se quitó únicamente los pantalones de trabajo y las botas de puntera reforzada a las que tanto le costó acostumbrarse, pues pesaban lo suyo y decidió dejarse el jersey y el plumas color butano, su frágil abrigo de lana no soportaría el gélido frío de la noche.

Salió al exterior y cruzó el parking en completa oscuridad hasta llegar a su desvencijado ford mustang, único regalo de su ex aparte de su amado Tom. La verdad es que no echaba de menos a ese borracho desgraciado que la inflaba a palizas, nunca se sintió tan libre como cuando un día desapareció y la dejó como única prueba de su paso por su vida, un embarazo no deseado por entonces y un desvencijado coche. Arrancó a la tercera, pues la batería del pobre coche estaba agonizando y más con esas heladas asesinas. Era hora de ir a recoger a Tom a casa de su madre, seguro que ya estaba durmiendo pues nunca podía conseguir que estuviera despierto más allá de las nueve y media. Con sólo seis años de edad, Tom era un niño especial, con una sensibilidad y una curiosidad insaciable, un ser extraordinario proveniente de un monstruo maltratador. Su vida, giraba en torno a él y sólo a él, era lo único puro y limpio que había sacado de su desgraciada relación.

Al llegar a casa de su madre tocó el claxon dos veces y bajó rápidamente del coche tiritando de frío. Su madre ya estaba en la puerta con Tom dormido en brazos y tapado con una manta de lunares. Cogió a Tom de brazos de su madre y tras darla a ésta un beso en la mejilla, metió al niño en la parte de atrás del coche tumbado y tapado con la manta, intentó ponerle el cinturón, pero estando tumbado era imposible así que desistió y se puso tras el volante.

La interestatal 401 era llamada por los lugareños la carretera del infierno, porque cubría una amplia zona boscosa con innumerables barrancos sepultados por enormes copas de árboles a ambos lados de la carretera, por si fuera poco, el grado de humedad era tal que el rocío helaba los márgenes del arcén haciendo dificultosa y peligrosa la conducción por esta carretera. La mala suerte había querido, que María tuviera que conducir por ella todos y cada uno de los días de la semana, pues sus escasos ahorros sólo le alcanzaron para pagar una pequeña casa labriega en medio de los desiertos campos adyacentes a la cuidad.

María quería llegar pronto a casa para acostar a Tom y poder así preparar todo para el día siguiente en que doblaba para hacer su turno. La calefacción no lograba caldear el frío ambiente interior del coche, _ ¡si pudiera subirla un poco más!, se dijo María_ Tan ensimismada iba en los botones de la calefacción que no se dio cuenta de que se había salido de la trayectoria de la carretera y estaba dentro del helado arcén. El coche libre de toda tracción, patinó y se deslizó sin ninguna atadura por el lecho recién helado del arcén. María gritó al saberse sin control alguno sobre el coche y su último pensamiento mientras caía al vacío de espeso follaje, era para su pequeño Tom y su hermoso rostro dormido.

El coche dio un par de vueltas mientras descendía barranco abajo, hasta que por fin su descenso fue frenado por un imponente árbol de retorcido tronco. María despertó mareada y con un fuerte dolor de cabeza justo en el sitio por donde sangraba sin parar. Con la manga del plumas se limpio la sangre de la cara y sin apenas moverse se giró para ver cómo estaba Tom. Este estaba en el suelo boca abajo, pues su menudo cuerpecito al no ir atado con el cinturón, había salido despedido acabando en el lugar en donde estaba ahora. María lo llamó repetidas veces y al fin pudo oír un ahogado murmullo procedente de la parte de atrás. Con una fuerza infinita de voluntad, salió del coche y decidió ir a pedir ayuda, pues ella sola nunca conseguiría subir a Tom a través del barranco.

Colisión lateral de impacto

A gatas y con las manos como apoyo, fue ascendiendo poco a poco la empinada cuesta y con la fuerza de voluntad que sólo tienen aquellos que intentan salvar la vida de un ser querido, consiguió coronar la cima y salir a la carretera. Llorando e implorando por la vida de Tom, paró minutos después al primer coche que pasó por allí. Del monovolumen familiar salió un asustado señor mayor de escaso pelo y poblado bigote entrecano.
_ ¡Dios Santo! ¿Qué le ha ocurrido?
_ ¡Mi hijo, por favor! ¡Mi hijo! ¡Abajo, en el barranco!
_ ¡ Cálmese por favor! ¿Dónde está exactamente su hijo?
_ ¡Abajo, en el barranco! ¡El coche se ha caído al barranco! ¡Está a mitad de camino, un árbol lo ha detenido y mi hijo está dentro!
_ ¡Tranquilicese por favor! ¡Voy a bajar y enseguida vuelvo!
_ ¡Dese prisa por favor!

El descenso se hacía dificultoso por lo húmedo del terreno y el llevar zapatos de suela lisa lo hacía aún más peligroso. John, el amable conductor del monovolumen consiguió llegar al destrozado coche. Echó un rápido vistazo a la parte de atrás y vio al pequeño Tom sobre el suelo entre los asientos delanteros y traseros, abrió la puerta y le buscó el pulso, el cual latía todavía aunque de forma muy débil. Al ir a sacarlo algo color butano llamó su atención en la parte delantera del vehículo, se acercó un poco más para comprobar de qué se trataba y cuál fue su sorpresa al descubrir a María con la cabeza sobre el volante con una enorme brecha.

Veinte minutos más tarde, Tom ingresaba en urgencias y era rápidamente estabilizado por el equipo médico, John no contó a nadie su extraordinaria experiencia vivida, pero sí le dijo a Tom años más tarde que él estaba vivo gracias al coraje de su madre, que supo burlar a la muerte el tiempo necesario para pedir ayuda.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663023

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