El sol estaba llegando a su cenit y a través de los grandes ventanales, Olivia podía ver cómo el cielo horas antes de un azul cristalino, había pasado a un rojo sangre. Había perdido ya la cuenta, de cuántos anocheceres como éste había vivido, pues su menudo y arrugado cuerpo hacía mucho tiempo que dejó de contarlos. Acostada en su mullida cama, esperaba con suma paciencia y resignación, el día en que el misericordioso señor viniese a buscarla, pero todavía no, antes alguien tenía que cumplir la promesa que le hiciera cuando todavía era una niña.

Unos suaves golpes en la puerta detuvieron sus viejos pensamientos y con apenas un hilo de voz dijo:

_ Sí, adelante.

A través del filo de la puerta, ondearon los largos rizos color fuego de su amada nieta Caty. Con sólo diez años, era mucho más madura que algunos de los adultos que conocía.
_ ¡Hola abuelita! ¿Qué tal has pasado hoy el día?
_ Como siempre cariño, divagando en cosas de viejos.
_ No seas tonta abuela, tú siempre has sido joven por dentro y una adelantada a tu tiempo. Ya podría mi madre haber salido a ti.
_ No la juzgues severamente Caty, tu madre no ha tenido mucha suerte en la vida, a excepción de tenerte a ti, claro.
_ Yo no tengo la culpa de que papá se marchara de casa, pero ella parece que así lo cree.
Acercándose a la mesilla de su abuela, Caty observó un colgante que nunca antes había visto. Colgado de una fina cadenita pendía un diminuto ángel con las alas desplegadas.
_ ¡Abuela es precioso! ¿Cómo es que no me lo has enseñado nunca?
_ ¿El qué querida? _ Y volviendo la cabeza hacía el lugar en donde se encontraba su nieta, Olivia vislumbró el pequeño colgante. De repente, su tez se tornó blanca y su corazón ralentizado por el paso de los años, comenzó a galopar sin freno alguno.
_ ¡Dios mio Caty! ¿Dónde has encontrado eso? ¡Dímelo por favor, es muy importante! ¿Ha venido alguien a traerlo? ¡Missi! ¡Missi! ¿Estás ahí?
_ Abuela tranquila, me estás asustando. El colgante lo tenías aquí, en la mesilla, justo al lado de la lamparita y el retrato del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Quién es Missi? ¿Por qué la llamabas?
_ ¡Dios mio! ¡Entonces es cierto! ¡Ha vuelto para devolvermelo y cumplir su promesa!
_ ¡Abuela qué promesa! ¡No entiendo nada!
_ Ven cariño, siéntate a mi lado y te lo explicaré.
Siendo yo pequeña, mis padres poseían una pequeña plantación en Carolina del Sur. En ella sembrábamos sobre todo algodón y algo de tabaco. Por entonces, la mano de obra eran esclavos negros que se compraban a los barcos que llegaban a puerto o a colonos de otras plantaciones.
_ ¡Abuela! ¿Has tenido esclavos? ¡Eso, eso es horrible!
_ Deja que te cuente hija mía y no nos juzgues hasta que oigas toda la historia. La vida entonces no era como ahora y allí en el Sur, la vida se limitaba a la tierra, el honor y los esclavos. Mis padres, pese a tenerlos los trataban bien, tanto que incluso no eramos muy bien vistos por los propietarios de otras plantaciones. Un día, mi padre llegó a casa con una nueva familia que había adquirido a otro colono, salvándoles de la muerte, pues éste les acusaba de robo e iba a colgarles. Yo entonces tenía ocho años y les vi llegar subidos al carro que usábamos para transportar el algodón al mercado. En él iba una niña de mi misma edad y que según me dijeron más tarde, se llamaba Missi.
En la plantación yo tenía pocas obligaciones, así que me pasaba el día corriendo por los campos o bañándome en un pequeño riachuelo que cruzaba nuestra plantación. Allí me encontré un día con Missi y fue el inicio de una gran amistad. Nos veíamos en secreto para compartir juegos y sueños acerca de lo que haríamos cuando fuésemos mayores.
Corría el año de 1860 y justo un año después de la llegada de Missi y sus padres a nuestra plantación, se declaró la guerra entre los Estados del Sur y los del Norte. Mi padre, obligado por el honor como buen hijo sureño, tuvo que marchar tras el ejército confederado, dejándonos a mi madre y a mí en una plantación llena de esclavos sin más amparo que la buena fe de éstos. En un primer momento, ninguno de ellos quiso marcharse en busca de la libertad hacia los estados del norte, pues siempre habían sido tratados con respeto. Pero la guerra se recrudeció y apenas había comida que llevarse a la boca. Entonces, muchos tuvieron que marcharse y entre ellos estaba la familia de Missi. Nunca olvidaré el dolor de sus ojos cuando nos abrazamos el día de su partida. Yo por entonces, llevaba al cuello un pequeño colgante con un ángel alado que mi padre me había regalado antes de marcharse y deslizándolo por mi cuello se lo puse a Missi, haciéndonos la promesa de que cuando acabase la guerra volveríamos a encontrarnos y ella me devolvería el colgante.
Cuando acabó la guerra cuatro años más tarde, mi familia había perdido la plantación y tuvimos que venirnos al Norte ha comenzar una nueva vida. Los años fueron pasando y jamás pude encontrar a Missi, a pesar de mis intentos. Llevo mucho tiempo esperando que cumpliera su promesa para poder irme en paz querida.

_ Pero abuela, aquí no ha venido nadie. Lo sé porque llevo toda la tarde haciendo deberes abajo, en la cocina.
_ Lo sé mi niña, pero al final si que ha venido y ha cumplido su promesa. Algún día lo entenderás. No, no me mires así cariño, que no he perdido la razón. Hay cosas, que están más allá de este mundo y hoy ha sucedido una de ellas. Ahora cariño, déjame sola, pero antes dame un abrazo muy fuerte y déjame que te ponga este bonito colgante, pues ahora te pertenece. Adiós cielo mio.

Cuando Caty abandonó la habitación, Olivia cerró los ojos y con una gran sonrisa en sus labios se dijo: “Ahora ya puedo irme contigo querida Missi. Sí, volveremos a estar juntas otra vez como prometimos”.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663030

Anuncios