Tuvimos conocimiento de este caso gracias al informe que Iker Jimenez hizo del mismo en su libro  “Enigmas sin resolver” publicado por la Editorial Edaf en 2004 y por el sobrecogedor testimonio que del mismo nos hizo el mismísimo Martín Rodríguez “El niño de Tordesillas” en el programa de Cuarto Milenio.

Tan sorprendente suceso tuvo lugar en Tordesillas, un pueblecito de la provincia de Valladolid de vida apacible y tranquila, en el que nada hacía presagiar los acontecimientos que tendrían lugar el 1 de octubre de 1977.

Martín Rodríguez, el hijo del churrero, de sólo siete años de edad, volvía como cada día a su casa de la calle Valencia. Tras saludar y darle un beso a su madre, dejó la cartera y con  la merienda en la mano salió corriendo para jugar con sus amigos. Esa tarde el juego elegido es el “bote de la malla”, una especie de escondite de toda la vida.

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Martín Rodríguez Rodríguez “El niño de Tordesillas”.

Martín, junto con su inseparable amigo Fernando Caravelos, corren como locos en busca de un lugar en donde esconderse y no poder ser encontrados. Corren tanto que se alejan de la barriada de San Vicente y acaban casi a las afuera del pueblo, en un viejo corral abandonado situado en la cuneta de la Nacional 122. Mientras caminan rodeando el muro del corral, Martín coge una piedra del suelo y la lanza por encima del inexistente techo. Inexplicablemente, un estruendo metálico rompe el silencio de la noche.

La curiosidad les puede y ambos amigos deciden avanzar sorprendidos por el extraño ruido metálico que no se correspondía con el que hubiese hecho la piedra si hubiese caído sobre la antigua máquina de labranza en desuso que allí había y que tan bien conocían.

Con precaución entraron al corral y la sorpresa fue mayúscula cuando, en un rincón del corral descubrieron un extraño artefacto parecido a “una gran lágrima de metal”, sostenido sobre tres gruesas patas, y envuelto en mil y un colores.

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Dibujo que del artefacto hizo Martín Rodríguez.

En la parte superior había varias ventanillas en forma de ojo de buey, de las que surgían luces de colores rosas y azules. El extraño objeto se apoyaba en tres gruesas patas y en su centro se podía observar una puerta dividida en dos, como la que tienen algunos ascensores. En su parte derecha poseía una especie de tubos metálicos por los que salían algún tipo de gas. Tras unos minutos de inmóvil observación, los dos amigos ven como el misterioso objeto comienza a vibrar y a elevarse lentamente. Es entonces cuando del centro del mismo surge un fino haz de luz, que se proyecta e impacta en el estómago del atónito Martín. “La sensación que tuve -confesaría 21 años más tarde Martín Rodríguez a Iker Jiménez- fue de que algo se me metía en el interior de la tripa. Algo que me dejaba enganchado sin permitir moverme adelante ni atrás. Fue entonces cuando empecé a marearme y a sentir que se me iba el sentido. Esa fue la última imagen que tuve. Creo que caí hacia atrás al tiempo que aquello aceleraba recto y en vertical hacia el cielo, mientras las patas se metían dentro del aparato”.

Fernando, visiblemente asustado, intentó una y otra vez “quitar los rayos” del cuerpo de su amigo, pero fue en vano. Salió al exterior gritando para avisar a los demás. En el interior del corral, Martín seguía con las manos aferradas al estómago, pero sin poder zafarse del haz de luz que lo mantenía allí sujeto.

Pocos minutos después, Fernando y el resto de personas que habían acudido tras los gritos de ayuda de Fernando, llevaron a Martín hasta su casa en estado semiinconsciente. Su color era amarillento y sus pupilas aparecían dilatadas además de no poder articular palabra. Antonio Rodríguez, padre de Martín, se encontraba en esos momentos colocando unos azulejos en la vivienda cuando se dio cuenta de que varias personas traían a su hijo en brazos.

Fernando aún consternado por lo ocurrido, cuenta al padre de Martín lo sucedido. Este, tras escuchar lo acontecido, acude junto a su amigo Eloy al corral donde encontrarían tres huellas humeantes en posición triangular y un círculo en donde la tierra parecía haber sido abrasada. Llenaron una bolsa de plástico con la tierra ennegrecida y volvieron a casa, donde deciden pedirle opinión a un minero amigo de la familia, llamado Olegario García Vega, quien realiza el análisis de la muestra. El resultado se aparta de lo normal pues los restos de tierra olían a azufre.

(Un posterior estudio de la tierra por parte de Iker Jiménez, veinte años después del suceso, arrojaría el dato de que la tierra estuvo sometida a 600º, sin más datos relevantes.)

Martín es tratado por los médicos de Tordesillas desde el primer momento. Consiguen estabilizarlo, pero como no logran encontrar los motivos de su continuo malestar, deciden su traslado e ingreso en el Hospital Onésimo Redondo, de Valladolid.

Después del extraño suceso, Martín presenta un cuadro patológico que es motivo de sorpresa entre los facultativos, pues sufre pérdidas de visión, frecuentes vómitos y dolores estomacales.

Al comprobarse que la gravedad del niño persiste y que no experimenta mejoría alguna, el doctor Martínez Portillo decide someterlo a una primera intervención quirúrgica, que delatará el desarrollo anómalo de algunas partes del cerebro, compatibles con los problemas que Martín sufría.

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” En el colegio se llegó a hacer una colecta para comprarme flores. Cada niño puso cinco duros. Cuando llegué a Tordesillas me di cuenta de que me habían hecho una mortaja. Aquello no se puede olvidar. lo que ocurre es que había vuelto a salvarme… y esta vez nadie lo esperaba. Todos me daban por muerto…”

En pocos años sufrirá catorce operaciones, las recaídas y las entradas al hospital en estado de coma se convertirán en algo rutinario para él y su familia, además de dejar en él terribles cicatrices en el cuerpo.

Cicatriz de Martín ya siendo adulto.

Poco a poco la rutina vuelve a la vida de Martín, los juegos, la escuela…, nada parecía haber cambiado pero Martín ya no era el mismo. Quién podría serlo después de aquella experiencia vivida.

Tras diagnosticarle “estenosis a nivel del acueducto de su tercio superior” (Hidrocefalia), hay quien ha querido ver en toda esta historia una explicación racional alejada de todo fenómeno ovni, argumentando que la descompensación que sufría debida a la hidrocefalia le produjo entre otros síntomas: dolor abdominal (los rayos que le pinchaban), ataxia o dificultad para caminar (su inmovilización en el lugar), y una progresiva pérdida de consciencia y de la realidad. En esas condiciones su cerebro produjo la imagen del extraño objeto y sus luces (quizás a partir de una deformación perceptual de la máquina de labranza allí presente y la penumbra). Tal imagen podría haber sido tomada como muy real por el niño bajo esas condiciones fisiológicas extremas.

Verdad o fantasía, lo cierto es que los datos de ambas hipótesis están ahí y lo que no se puede negar es que el “Niño de Tordesillas” es uno de los expedientes X españoles más sorprendentes de nuestra historia ufológica.

Fuentes consultadas:

http://www.tejiendoelmundo.com

http://www.caravaca.blogspot.com

http://www.gibralfaro.uma.es

Fotografías:

http://www.tejiendoelmundo.com

http://www.gribralgaro.uma.es




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