El edificio se construye por orden del Emperador Carlos V y en 1531 comienzan las obras, prolongándose hasta 1587, periodo en el que se termina de alzar la fachada y la escalera, bajo el reinado de Felipe II. Consta de dos partes: la Chancillería y la Cárcel(que funcionó como tal hasta finales del S.XIX), unidas por una nave interior triangular.

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Fachada Principal de la Real Chancillería de Granada(www.albaicin-granada.com)

Es herencia de los Reyes Católicos, quienes decidieron tras la Conquista de Granada y ser ésta incorporada a Castilla, trasladar la Chancillería de Ciudad Real a Granada en 1505. La Real Chancillería de Granada fue un alto tribunal para la administración de justicia. En principio se denominó Real Audiencia y Chancillería de Granada y es el primer edificio de este tipo que se construyó en España para albergar un tribunal de justicia. Tenía jurisdicción sobre Andalucía, Extremadura, La Mancha, Murcia y las Canarias en un principio.

La Audiencia granadina fue una de las únicas cinco sedes con verdugo a fin del siglo XIX. Por ese tiempo ejercía el cargo de ejecutor Lorenzo Gonzalez Álvarez también conocido como “El Maestro Lorenzo”, el cual capa negra en mano y sombrero de ala ancha, llevaba siempre como reliquia el garrote de María Pineda con la fecha de 1777, mientras recorría los bares para echarse al gaznate una copichuela de anís. El maestro Lorenzo que decía ser de Baiona(Galicia), fue descrito por el periodista que lo entrevistó como un hombre pequeño y cargado de espaldas, con horribles protuberancias en la cabeza, mirada penetrante y maliciosa que presumía de ser muy bueno en su oficio y de tener sentimientos humanitarios(Salvador García Jimenez “No matarás. Célebres verdugos españoles”Ed. Melusina).

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Foto:3.bp.blogspot.com

Granada contó también con uno de los últimos verdugos españoles, se llamaba Bernardo Sánchez Bascuñana. De sus doce actuaciones una se llevó a cabo en Granada, concretamente en 1955, en la persona de Antonio Hernández, condenado por asesinar a tres familiares por cuestiones de herencia. Muchos granadinos recordarán la tétrica figura de Bernardo Sánchez atravesando Plaza Nueva vestido con larga capa oscura y gafas de sol, entrando en la Audiencia de Granada maletín en mano. Algunos creían ver en este último verdugo al fantasma de la Chancillería, algo imposible ya que la primera aparición del verdugo fantasma fue en 1924 y Bernardo Sánchez Bascuñana no moriría hasta 1972.

Desde siempre el oficio de verdugo ha sido vilipendiado, despreciado por todos sin excepción. Y no únicamente porque su cometido consistiese en quitar la vida a otros hombres o ejecutar toda suerte de castigos y torturas. En tiempos no tan lejanos se asociaba a este personaje con las gentes que, se decía, mantenían pactos con el diablo.

Estas y otras muchas supersticiones podían tener algo que ver con el hecho de que el pago los antiguos verdugos incluía las ropas de aquél que moría a sus manos. En tiempos en los que las ejecuciones estaban al orden d día, un verdugo podía vivir con cierta holgura, huir de la miseria a la que tenía que enfrentarse la mayoría de la población y aceptar la profesión de sus antepasados, pues, frecuentemente, era ésta una institución que pasaba de padres a hijos. Y todo ello sin demasiados remordimientos.

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Real Prisión de Granada.

Contamos con el testimonio de una antigua limpiadora del edificio, Encarna, de quien preservamos, por expreso deseo suyo, su completa identidad. La aparición contemplada por Encarna se produjo una tarde del final de la primavera de 1988, alrededor de las ocho y media de la tarde, cuando todavía no había anochecido. La limpiadora trabajaba en esos momentos, junto a otra compañera, en una zona denominada el palomar, en la parte superior del edificio. Mientras distraídamente pasaba paño para limpiar una de las ventanas interiores, de ésta le pareció ver una sombra en el piso inferior, en concreto en uno de los pasillos de la zona de la antigua Fiscalía. En un primer momento, Encarna siguió realizando su trabajo sin pensar que sombra fuera otra cosa que la de cualquiera de las personas que deambulaban en esos momentos por el edificio. Sin embargo, al poco, la curiosidad hizo que volviera a acercar la vista a la ventana y viera, esta vez, no ya una sombra sino una figura indefinida.
La figura iba vestida con capa larga y sombrero de alas anchas. Con gran asombro pudo constatar que el rostro del extraño personaje estaba completamente lívido y, si en él presentaba algún tipo de facciones, éstas eran apenas reconocibles. Lo más extraño, no obstante, fue que la limpiadora apreció que entre el borde inferior de la capa y el suelo existía una amplia franja de aire, una distancia de unos centímetros en la que no se dejaba apreciar calzado alguno. Era como si la figura flotara en el aire.
Se sintió alarmada por la aparición al tiempo que un intenso escalofrío de miedo le recorría todo el cuerpo. Pero, de nuevo, la curiosidad pudo más que el pánico. Bajó a renglón seguido las escaleras hacia el piso inferior y, cuando todavía estaba en los últimos escalones, pudo ver con más nitidez al misterioso aparecido. En sus facciones indefinidas no podían adivinarse los ojos, aunque si una inquietante frialdad en el semblante. Encarna se atrevió entonces, casi sin proponérselo, a dirigir sus pasos al lugar donde se encontraba la extraña figura.
En ese instante el aparecido se alejó de su lado de una forma inusual, sorprendente, que terminó por convencerla de que estaba ante un ser de otro mundo. Sin volverse, retrocediendo de cara a la limpiadora, el fantasma comenzó a perderse al fondo del pasillo, en un oscuro vestíbulo que desembocaba en una habitación cerrada a cal y canto. Antes de que el pánico espoleara a Encarna escaleras arriba de nuevo, la limpiadora se atrevió a pronunciar una pregunta al extraño personaje ¿Quieres algo de mí?. Su pregunta no halló respuesta alguna.

Una vez en el palomar, con el corazón latiendo a todo ritmo, con los nervios a flor de piel, comentó con su compañera lo que le había sucedido. La inquietud no hizo sino aumentar cuando las dos limpiadoras cayeron en la cuenta de que el lugar en el que se había perdido la extraña figura al final del pasillo, una vez traspasado el vestíbulo, desembocaba en la habitación destinada a guardar los enseres personales y los instrumentos del verdugo.
Las voces de alarma de las dos limpiadoras llegaron a oídos de los guardias civiles que permanecían en esos momentos en el puesto de vigilancia, situado en el piso bajo. Cuando las limpiadoras se atrevieron a bajar las escaleras y Encarna relató que creía haber sido testigo de una aparición, uno de los guardias civiles preguntó: “¿No vestiría ese fantasma capa y sombrero de ala ancha?”. El semblante guardia civil cambió de color cuando recibió una respuesta afirmativa. Según Encarna, este miembro la Benemérita pidió de inmediato en los días siguientes, por propia voluntad, el traslado a otro destino, ¿Sería él también testigo de las andanzas del fantasma del Verdugo de Audiencia, el popularmente llamado “Maestro Lorenzo”.
Como consecuencia del suceso, aquel día se quedó sin limpiar el pasillo en el que se produjo la aparición. Encarna asegura también que, como pudo terminó lo más rápidamente su trabajo antes de dar por concluida la jornada. No en vano la limpiadora asegura que, en el tiempo que aún permaneció ese día en la Audiencia, pudo constatar que el ascensor comenzó a funcionar sin que nadie lo manipulara mientras ella se movía de una planta a otra del edificio.

Fuente: http://www.dosmilfantasmas.com

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