Cientos de testigos han experimentado lo que muchos han definido como sucesos sobrehumanos. Alpinistas, submarinistas y exploradores han sentido la presencia de seres auxiliadores que les han salvado la vida antes de fallecer. El escritor John Geiger investiga en su libro “El tercer hombre” sobre sorprendentes casos de supervivencia que han transcurrido en la frontera entre la vida y la muerte.

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Este tipo de experiencias son conocidas entre los deportistas de riesgo, susceptibles a vivir este tipo de situaciones de desahucio como el factor tercer hombre, que viene a ser una sensación física de estar acompañado y guiado en situaciones extremas por alguien o algo que realmente no esta ahí, ¿Puede tratarse de un sexto sentido que solo alguna gente desarrolla en situaciones de extrema necesidad? ¿Quizá ángeles de la guarda?

Ron Di Francesco, un hombre de mediana edad y agente del mercado monetario originario de Hamilton, Ontario, esta frente a su ordenador en el piso 84 de la Torre Sur del World Trade Center, es un trabajador mas de EuroBrokers, a las 8 y 46 minutos de la mañana del 11 de septiembre de 2001, él y varias manzanas a su alrededor pueden escuchar un gigantesco estruendo, un avión ha impactado contra la Torre Norte que está frente a él. Un espeso humo gris sale de la Torre Norte, por megafonía anuncian que ha habido un incidente en la Torre Norte pero que la Torre Sur es segura y no hace falta la evacuación.

Di Francesco, telefoneó a su esposa, María, para decirle que un avión había golpeado a la otra torre, pero que estaba bien y la intención de permanecer en el trabajo. Fue entonces cuando un amigo de Toronto, le dice al pasar: “¡lárgate!”. Decide llamar a su mujer de nuevo y comunicarle el cambio de planes, pues decide marcharse.

Hijacked airliner approaching the south tower of the World Trade Center; Carmen Taylor—AP/Wide World Photos

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A las 09:03 min de aquella mañana hay un segundo estruendo, se quiebran todos los cristales, trozos de techo empiezan a caer y hay fuego por todas partes, su lugar de trabajo en los últimos 15 años había sido borrado de un plumazo. Al parecer, algo había impactado entre las plantas 77 y 85, algo grave estaba ocurriendo, solo se escuchan gritos y algunos sollozos, unos están tirados en el suelo, otros se arrastran, algunos pocos ya se han rendido y han adoptado una posición fetal, solo hay humo y mas humo, Ron ve unas luces que se mueven al fondo, casi como luciérnagas en la noche, Ron, se había asomado al abismo de lo que antes era el hueco del ascensor.

Los supervivientes comienzan a subir, suben y suben escaleras convencidos de que ahí arriba, serán rescatados por helicópteros o bomberos, están seguros de que les van a ayudar, sin embargo Ron a mitad de subida y sin saber porque, decide desandar lo andado y comienza a bajar, solo hay humo y mas humo, le cuesta respirar, tiene consigo aun una pequeña mochila donde lleva su almuerzo cada mañana, se la pone delante de la cara para evitar el humo y sigue bajando, a las 9:11 minutos está bajando a la planta 81, donde se ha producido el impacto, va solo y se va tropezando con cuerpos en el suelo, en su carrera hacia el suelo, sin querer, le pega alguna patada a alguno, estos no se mueven, son compañeros ya muertos, compañeros que han sucumbido durante el ascenso a la azotea, un minuto después, se cruza con una nueva comitiva de gente ansiosa por alcanzar la azotea, al frente de esa comitiva, hay una persona, que le indica, casi le ordena a Ron que tiene que subir con ellos, que es la única salida, que el fuego ha hecho una especie de cerco y más allá de la planta 76 todo es fuego y destrucción, decide subir con ellos, pero como si fuese un autómata, tras subir 3 pisos con ellos, decide desandar de nuevo lo andado y bajar de nuevo, en el rellano del piso 79 la situación era peor que antes, la columna de humo es mucho mayor, le entra el humo por los ojos, los oídos y la boca, sabe que va a morir entre el humo, el calor y el fuego que avanza en su dirección, adopta una posición fetal y piensa en su mujer, sabe que ha cometido un error fatal, sabe que ha acabado su vida, sin embargo en ese momento una voz le dice “levántate”.

Ron asegura que oye la voz, pero realmente allí no hay nadie, no hay nadie en 77 plantas más abajo, pero el sin saber porque oye esa voz que le dice “Levántate”, no sabe si es una alucinación o la sensación del desahucio total, abre de nuevo los ojos y distingue un punto de luz, aunque intuye que allí no puede haber nadie vivo con una linterna, de nuevo algo imperativo para nada amable, le insiste en que se levante y le da ánimos, la luz se acerca un poco pasando a tener la sensación de que era una presencia física algo que le cogía sin tocarle, que le ayudaba a incorporarse, no tenía la sensación física de que le cogiese de la mano y le guiase pero si de que una mano invisible que sin tocarle realmente le estaba guiando en toda esa oscuridad.

Es cuando Ron comienza a correr como un loco detrás de la luz, dice que en ocasiones es prácticamente arrastrado por ella, cuando tiene que decidir entre una puerta que podría ser la vida u otra que quizá podría ser la muerte, hace caso a lo que no solo es una voz sino lo que definió en el juicio como una presencia física que lo aconsejaba y le alejaba del peligro durante casi 70 pisos, Ron gracias a esta presencia, tomo decisiones increíbles y absolutamente absurdas que le salvaron la vida, la probabilidad de conseguir eso era imposible, cuando estaba llegando a las plantas 12 o 13, notaba que el humo desaparecía, que podía ver de nuevo, que ya podía respirar mejor que la invisible presencia dejaba de ser perceptible, Ron declaro durante el juicio que probablemente al verle ya a salvo, simplemente le dejo proseguir su camino solo, no sin antes decirle que se alejase lo antes posible del edificio cuando Ron llego al piso bajo eran las 9:58, 10 segundos más tarde, otro increíble rugido, el edificio se estaba colapsando sobre sí mismo, a las 9:59 la torre sur se había convertido en una nube de escombros y humo, en los juicios posteriores, nadie se pudo explicar como una sola persona pudo atravesar decenas de pisos en llamas, llenos de humo, con los techos calléndose, con suelos que se hundían, decenas de pisos prácticamente sin estructura y llegar sano y salvo. En los últimos pisos, según su declaración en el juicio, ya cuando la misteriosa presencia le dejo de acompañar comenzó a ver cosas caer del cielo, era gente, eran compañeros, eran quizá integrantes de esos grupos de gente que se encontró en el descenso y le convencían para subir con ellos a la torre, ahora se estaban arrojando al suelo desde la azotea.

Smoke and flames erupting from the twin towers of New York City’s World Trade Center after the terrorist attacks on September 11, 2001; both towers subsequently collapsed; Chao Soi Cheong—AP/Wide World Photos

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Cuando se acercaba a la salida de la calle Church, DiFrancesco escuchado un “estruendo impíos. El vio una bola de fuego como la construcción comprimido. Él no sabe lo que pasó después, y estuvo inconsciente durante algún tiempo después de su escape estrecho, despertando mucho más tarde en el hospital St. Vincent de Manhattan. Ron DiFrancesco fue la última persona en salir de la Torre Sur del World Trade Center antes de que cayó a las 9:59 AM La Torre Sur se derrumbó en diez segundos, provocando una tormenta de viento feroz y masiva nube de escombros.

Esa presencia fuese lo que fuese, le había abandonado justo cuando ya estaba a salvo, aun no se explica porque a él, de toda la gente que murió allí, porque esa luz le ayudo a él, a Ron Di Francesco un Broker que trabajaba en el piso 84 de la torre sur del World Trade Center un 11 de Septiembre del año 2001.

En 1953, el alpinista austriaco Hermann Buhl se convirtió en la primera persona en escalar el Nanga Parbat en el Himalaya, el noveno pico más alto del mundo. Subió por el  mismo y no lejos de la cumbre se vio obligado a pasar la noche a la intemperie sin un saco de dormir o tienda de campaña. Se trataba de un campamento agonizante, pero Buhl sobrevivió, en parte, escribió más tarde, porque tuvo la sensación de que compartió la terrible experiencia con un compañero:”Tuve una sensación extraordinaria”, escribió, “que yo no estaba solo.”

Archivo: Parapet.jpg Escalada

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James Sevigny, un estudiante universitario de veintiocho años de edad, originario de Hannover, New Hampshire, y su amigo Richard Whitmire se dispusieron a subir Deltaform, una montaña en las Montañas Rocosas canadienses, cerca de Lake Louise, Alberta.

Subieron un barranco de hielo, o canaleta, a la luz brillante del día a finales de invierno, el 1 de abril de 1983, con la cuerda y los crampones  en su ascenso. Whitmire, de treinta y tres años de Bellingham, Washington, fue a la cabeza y se encontró en uno de los cortes de la montaña un poco de hielo suelto. Gritó una advertencia de :”¡ hielo que cae!”

Un tremendo rugido rompió el silencio y la luz brillante fue consumida por la oscuridad instantánea. Una avalancha barrió a los dos hombres cerca de la cima de Deltaform. Sevigny estaba inconsciente casi desde el momento en que la avalancha le alcanzó. Sevigny volvió en sí una hora después. Estaba herido gravemente. Su espalda se había roto por dos sitios, tenía un brazo fracturado y en el otro se había cortado los nervios a la altura del omóplato y colgaba lánguidamente a su lado. Se había roto las costillas, rotura de ligamentos en ambas rodillas, sufrió una hemorragia interna, y su nariz y dientes estaban destrozados. Tardó bastante tiempo en reconocer la montaña, pero poco a poco Sevigny recordó la subida, y se puso medio incorporó para buscar a su amigo. Whitmire estaba cerca, y viendo su cuerpo deforme, era evidente que estaba muerto.

Sevigny se recostó junto a él, seguro de que pronto le seguiría: ” Pensé que si me quedaba dormido, sería la forma más fácil de irme.” Se quedó allí durante unos veinte minutos. El dolor fue reemplazado gradualmente por la sensación de calor provocado por el shock y la hipotermia, y comenzó a dormitar. Se dio cuenta de que no había abismo que separara la vida y la muerte, sino más bien una línea muy fina, y en ese momento, Sevigny pensó que sería más fácil cruzar esa línea que seguir luchando.

Entonces sintió una repentina y extraña sensación,  de un ser invisible muy cerca: “Fue algo que no podía ver, pero era una presencia física”. La presencia se comunicó mentalmente, y su mensaje fue claro: “. No se puede renunciar, hay que intentarlo”. La presencia instó a Sevigny a levantarse. Se le dispensan consejos prácticos, como por ejemplo, seguir la sangre que goteaba de la punta de la nariz,  como si fuera una flecha que señalara el camino. Mientras caminaba, siguió rompiendo la corteza de la nieve, y era casi incapaz de tirar de sus pies de nuevo a causa de sus heridas. Parte del tiempo se arrastraba.

La presencia, que se situó detrás de su hombro derecho, le imploró a continuar aun cuando la lucha por la supervivencia parecía insostenible. Y cuando se quedó en silencio, aún Sevigny sabía que su compañero estaba cerca.

Cuando llegó al campamento, Sevigny no podía meterse en su saco de dormir, porque sus heridas eran demasiado graves, y no podía comer porque tenía los dientes rotos y su rostro estaba hinchado. Ni siquiera podía encender la estufa. Se sentó y, desde la posición del sol, se dio cuenta que era tarde. Creía que en un par de horas ya estaría muerto, después de todo.

Entonces, le pareció oír algunas voces y pidió ayuda. Fue en ese momento cuando sintió que la presencia se marchaba.  De hecho, la presencia se había ido porque sabía que estaba a salvo. Allan Derbyshire, que se encontraba en una fiesta con otros dos esquiadores a campo traviesa, oyó un débil grito: “Ayuda que he estado en una avalancha!” Si no hubiera llegado hasta el campamento gracias a la ayuda de ese compañero fantasma, Sevigny habría muerto, ya que no había otros esquiadores o escaladores de la zona.

En enero de 1915, Ernest Shackleton realizaba una expedición cruzando la Antártida, cuando su barco el Endurance, queda atrapado por el hielo. Los deseos de salvar a su tripulación, le llevaron a comenzar una larga travesía a pie en la que puso en juego su vida y la de otros dos acompañantes voluntarios que fueron con él. Después de navegar por mares peligrosos y  cruzar los glaciares y  montañas a pie, Shackleton recuerda la sensación de que alguien más estaba entre ellos. Este incidente pudo acabar con el célebre explorador y sus dos compañeros con los cuales cruzó todas las trampas mortales que esconde la Antártida mientras una desconocida entidad, de cuya presencia también se percataron sus dos acompañantes, les alejaba de todos los peligros velando por ellos y dándoles fuerzas para seguir adelante. Más tarde Shackleton describiría en su libro Sur, su creencia de que un ser incorpóreo se unió a él y a los otros dos durante la última etapa de su viaje. Escribiendo textualmente, “durante ese trasiego y larga marcha de treinta y seis horas sobre las montañas sin nombre y glaciares de Georgia del Sur, me parecía a menudo que éramos cuatro, no tres.”

Cuando Stephanie Schwabe entra en la cueva submarina cuya abertura es apenas más grande que el ancho de sus hombros, ha entrado en un mundo que muy pocos han visto, un mundo de oscuridad absoluta ahora brillantemente iluminada por la luz. Las paredes de la cueva cristalina brillaban como joyas. Estalactitas de hueso blanco y estalagmitas se acercan  hacia ella mientras nada cada vez más profundo  en la Guarida de la sirena, en el lado sur de la isla Gran Bahama, a su destino, más de 300 metros de profundidad y 98 pies.

Fotografía:www.taringa.net

A pesar de su rareza, era una inmersión de rutina.Por lo general, Schwabe se lanzaba siempre con su esposo, el explorador británico  Rob Palmer. Él era un experto en las grutas de las Bahamas, un sistema de espectaculares cuevas submarinas que incluye el Blue Hole, una cueva vertical que debe su nombre porque el agua de la cueva es mucho más oscuro que el azul de las aguas poco profundas de alrededor. Pero su esposo había fallecido hacía unos meses y ahora le tocaba a ella bajar sola. Incluso hoy en día, la mayoría de las cuevas permanecen sin explorar.

La Guarida de La Sirena, una cueva horizontal extensa, era una excepción, que ya había sido explorada anteriormente por Palmer y Schwabe. Fue a finales de agosto de 1997, cuando  Schwabe, un geomicrobiólogo, estaba allí para recoger muestras de sedimentos para un microbiólogo que estaba estudiando el polvo del desierto del Sahara que, siglos antes, había sido llevado por los vientos a través del Océano Atlántico y se depositaban en el suelo de la Guarida de sirena.

Ese día se metió en el equipo de buceo y comenzó su inmersión, decidió centrarse en la recogida de las muestras y salir rápidamente. Una vez que llegó al piso de la cueva, pasó media hora  agrupando con rapidez  las muestras de polvo rojo. Cuando terminó, Schwabe recogió su equipo y por primera vez desde que había llegado al lugar, levantó los ojos. De repente se dio cuenta de que no podía ver a su guía(cuerda que señaliza el camino de entrada y salida), buscó con calma, pero luego con ansiedad cada vez mayor, pero no pudo encontrarla.

El buceo en cuevas es técnicamente difícil. A diferencia de otras formas de buceo, en caso de emergencia, el buzo no puede ascender directamente a la superficie, pues a menudo deben nadar horizontalmente, a veces a través de un laberinto de estrechos pasajes. La guía es de vital importancia para obtener la seguridad de encontrar la forma de salir. Es literalmente un salvavidas. Sin ella, un buzo puede convertirse rápidamente en desorientado, con el tiempo se queda sin aire y se asfixia.

Schwabe empieza a experimentar un creciente sentimiento de pánico. Ella miró su medidor de aire del tanque, y se dio cuenta que quedaban sólo veinte minutos para el final. El pánico de Schwabe se convirtió en rabia, enojada consigo misma por “ser tan estúpida ” y cometer un error elemental de buceo que amenazaba ahora con reclamar su propia vida. “Para todos los efectos, en ese momento, había renunciado a la vida. Yo estaba dispuesta a dejar este mundo”.

Entonces, según  Schwabe : “de repente me sentía vacía y parecía que mi campo de visión se había vuelto más brillante.” Ella se sentía claramente la presencia de otro ser con ella. No había duda alguna  en su mente de que alguien estaba con ella en la cueva. Ella cree que es su marido. Oyó su voz, la comunicación mental con ella: “Muy bien, Steffi, cálmate. Recuerda que puedes hacerlo”.

Cuando miró de nuevo, lo hizo con determinación renovada y tranquila. Ella creyó ver el destello de una línea blanca y en ese momento sintió como la presencia se había ido. Schwabe inmediatamente nadó hasta la línea, y la siguió fuera. Finalmente vio la entrada azul, donde la luz se filtraba en la cueva. Ella pensó: “Hoy no era un buen día para morir”. Se sentía como si hubiera sido salvada por una presencia que estaba segura era su marido fallecido.

En 1934, Wilson decidió subir a su primera montaña: el Everest. En realidad llegó a casi 22.000 pies (más de dos tercios del camino hacia la parte superior). “Siento que hay alguien conmigo en la tienda todo el tiempo”, escribió en su diario. Él siguió adelante solo en terribles condiciones, dejando a su porteadores sherpas atrás. Poco después, murió. “El tercer hombre requiere de un socio dispuesto.”

En los últimos años, la experiencia ha ocurrido una y otra vez, no sólo a montañeros y buceadores, sino también a los exploradores polares, los prisioneros de guerra, navegantes solitarios, los sobrevivientes de naufragios, aviadores, y los astronautas.

Todos los supervivientes han escapado sólo para contar historias muy similares de haber experimentado la presencia cercana de un compañero y ayudante, e incluso “de un tipo de persona poderosa.” Esta presencia que ofrece un sentido de protección, de ayuda, orientación, y  esperanza.

Las teorías para explicar la experiencia del tercer hombre varían ampliamente. Ron DiFrancesco, el sobreviviente  que salió de la Torre Sur, está convencido de que un ser divino estaba a su lado, llamase ángel de la guarda y de hecho una interpretación espiritual es común. El Sr. Messner, el alpinista, se inclina hacia la idea de que el fenómeno del tercer hombre es una estrategia de supervivencia del cerebro, de hecho  los científicos, han descubierto la forma de evocar la sensación de una presencia compartida, estimulando el cerebro con electricidad.

No sabemos a ciencia cierta que puede ser este “factor tercer hombre”, pero de lo que no cabe duda es de que estas personas lograron sobrevivir gracias a esa fuerza extra que sacaron ya sea de su imaginación o de algo que está más allá de nuestro entendimiento.

Fuentes consultadas :www.npr.org

http://www.yxkenodecirlo.blogspot.com


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