Los titulares de prensa se llenaron de sangre el 6 de mayo de 2001 con un doble asesinato y suicidio: ” El dueño de una consulta de podología, Adalberto Gutiérrez Núñez, de 54 años, degolló ayer a su socia María Antonia Cuesta Pelaz, de 29 años, y al novio de ésta, Fernando Calvo Villa, de 30 años, en el Camino Viejo de Leganés, número 82, en Carabanchel. Después, el homicida se suicidó cortándose las venas de los brazos. El crimen se desencadenó tras una discusión entre Adalberto y María Antonia, cuando ésta le reclamó el pago de una deuda de 100.000 pesetas y le anunció que quería rescindir la sociedad”.

Mari Carmen, como se llama la esposa de Adalberto, era podóloga en Montevideo, pero en España no consiguió que le homologaran el título. Fue entonces cuando se asoció con María Antonia Cuesta para explotar la consulta. Las dos mujeres se llevaban muy bien y a la consulta, que hacía esquina al Camino Viejo de Leganés y a la avenida de Oporto, no le faltaban clientes. Sin embargo, cuando Mari Carmen decidió abandonar a su marido, las cosas empezaron a torcerse.

Adalberto Gutiérrez, que era el titular del negocio, al ser él quien tenía alquilada la vivienda donde estaba instalado el consultorio, se dedicaba a tocar la batería en un grupo de música denominado Tools.

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Cuando se había marchado el último cliente, su socia María Antonia Cuesta, que era la que disponía del título necesario para desarrollar la actividad, le reclamó las 100.000 pesetas que le adeudaba por sus servicios y le anunció que quería disolver la sociedad. Entonces se produjo una discusión entre ambos.

La muchacha, que sabía del carácter agresivo de su socio, telefoneó a su novio, Fernando, que estaba esperándola en la calle junto a un hermano de ella, Ramón Cuesta Pelaz. Los dos hombres, según manifestó una vecina de una tienda de deportes próxima, subieron rápidamente al consultorio y Adalberto les abrió la puerta.

‘El podólogo sólo dejó entrar al novio; al otro lo echó de malos modos y después de cerrar la puerta se oyó un disparo. Ramón bajó corriendo y nos pidió, muy agitado, que avisáramos a la policía’, relataba la vecina.

Cuando llegaron los agentes policiales, la puerta estaba cerrada y la música estaba muy alta. No se oía ruido alguno ni señales de pelea. Tras derribar los bomberos la puerta, los policías se encontraron con un panorama desolador: Fernando Calvo yacía, con el cuello seccionado, en el vestíbulo, una estancia amplia que da paso al resto de las habitaciones. Más allá, en la habitación de la consulta, y sentada en una silla, fue hallado el cadáver de María Antonia Cuesta, asesinada de la misma manera. Finalmente, en la cocina fue descubierto el cuerpo de Adalberto, que mostraba un profundo corte en una muñeca y otro más superficial en la otra.

Cuando los propietarios del inmueble en el que estaba la clínica quisieron venderlo, se pusieron en contacto con el grupo Hepta. Querían asegurarse de que en el piso no quedaba huella alguna de tan horrendo suceso. Tras recopilar todo tipo de datos acerca del suceso incluidos algunos que no salieron a la luz públicamente, deciden acceder al inmueble cerrado durante varios meses y en el que un espeso hedor a muerte inunda cada rincón del mismo.

La sensitiva Paloma Navarrete oye las súplicas de las víctimas y la respiración agitada del asesino, la angustia y el miedo allí vividos. Tras sentarse en el suelo, a los pocos segundos la presencia de Adalberto se hace sentir. Está muy enfadado y les ordena que se marchen. Ante las preguntas de los integrantes del grupo, Adalberto niega la implicación en los asesinatos repitiendo una y otra vez: “Yo no fui, yo no fui”.

Continua intentando que el grupo se vaya pero paloma le pregunta :”¿Por qué dices que no los mataste tú?. Si no fuiste tú, ¿ quién fue?”. Y tras un intenso silencio Adalberto responde :”Fue la droga”. Afirmó que tras el abandono de su mujer no quería volver a ser abandonado ahora por su empleada Toñi a la que apreciaba y por eso ese día tomó más cocaína de lo habitual y se le fue la mano.

Para poder echar el espíritu de Adalberto de allí, éste tenía que admitir su responsabilidad en los asesinatos y arrepentirse de los mismos. Aunque consciente de que estaba muerto no quería responsabilizarse de nada, todo lo atribuía a la droga. Tras varias horas de diálogo, admitió su culpa y abandonó el lugar para siempre.

Fuentes consultada: http://www.elpais.com

Francisco Pérez Caballero, Cuarto Milenio, Lugares Marcados, libro 1.

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