Un halo de misterios y fatalidades rodean al peculiar edificio de ocho alturas en Valencia. Desde el año 1968, la finca parece tener una atracción fatal por las caídas mortales, los delitos de sangre y los delincuentes. El número 1 de la calle Tres Forques, en tiempos pasados el 78 de la calle Cuenca, ha sido escenario de siete truculentos sucesos. Siete muertes en extrañas circunstancias.

En el siglo XVII, concretamente en 1647 la peste asola Valencia y es entonces cuando se habilitan hospitales de campaña y lazaretos fuera de las murallas de la ciudad, precisamente en la zona de lo que hoy día es la calle Tres Forques. Los fallecidos eran tan numerosos que eran enterrados alrededor del hospital. Cuando de nuevo una epidemia ahora de cólera vuelve azotar a Valencia, las autoridades deciden que se habiliten las grandes casas de la zona como sanatorios y hospitales precisamente en esa parte de la ciudad en que está ubicada la calle Tres Forques. Como curiosidad apuntar que Tres Forques en castellano significa “Tres Horcas”.

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El edificio fue construido en 1957, el año que fallecieron 81 personas por la riada. El primer mal agüero. Una placa del Ministerio de Vivienda anuncia que el inmueble está acogido a los beneficio de la Ley de 15 de julio de 1954, un elemento franquista que todavía perdura en el tiempo.

En aquellos años, la vedette Gracia Imperio, bautizada con el sobrenombre de la artista de los ojos musulmanes, ya había debutado en el teatro de La Zarzuela de Madrid. Era una de las estrellas de la revista y las lentenjuelas, una mujer explosiva que se codeó con Antonio Machín y triunfó en Madrid, Barcelona y Valencia. Nada hacía presagiar su trágica muerte en uno de los pisos del maldito edificio.

Gracia Imperio.

 El 1 de noviembre de 1968, un modisto descubrió los cadáveres de la conocida vedette y su exnovio Vicente Alberto Artal en la vivienda que la artista había alquilado en el número 78 de la calle Cuenca. La dueña del Mogambo Club de Valencia y de casi todas las casas del edificio, Mercedes Viana, ofreció a Emilia Argüelles, el nombre real de Gracia Imperio, la posibilidad de instalarse en uno de sus pisos. La vedette iba a residir una temporada en Valencia porque dos salas de fiestas la habían contratado.

Pero la muerte y el misterio se dieron la mano aquel fatídico día de noviembre. La Policía halló las espitas del gas abiertas en la vivienda. Minutos antes, el modisto había llamado de forma insistente a la puerta. Nadie contestó. Llevaba una llave del domicilio porque tenía que preparar el vestuario de la artista. Sin embargo, no quiso entrar y llamó al portero del edificio para que le acompañara. Temía que hubiera ocurrido algo grave. Y no se equivocó.

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Nada más abrir la puerta, notaron un fuerte olor a gas y segundos después encontraron los cadáveres de Emilia Argüelles y Vicente Alberto Artal en la cama. ¿Suicidio, accidente o asesinato? LAS PROVINCIAS informó al día siguiente de la trágica noticia con un titular a tres columnas y letras mayúsculas: «GRACIA IMPERIO, MUERTA POR INTOXICACIÓN DE GAS». El caso policial se cerró sin culpables, pero se reabrió cinematográficamente el año pasado con el rodaje de un documental sobre las extrañas muertes y los espectáculos de varietés de la época.

“El día que murió Gracia Imperio” es un largometraje que investiga los misterios que envolvieron el caso, a la vez que analiza la revista en el contexto de la sociedad española de la época. Emilia Argüelles llevó de cabeza a la censura franquista porque acostumbraba a cantar mostrando sus pechos y siempre le persiguió un mal llamado halo de misterio, vinculado a su éxito con los hombres y su paso por la prisión por un aborto.

Pero fue en en el edificio maldito, en un piso alquilado, donde encontró la muerte junto a Vicente Alberto Artal Such, un exnovio que residía en Valencia.

Tiempo después, otro vecino del edificio, el cuñado de Mercedes Viana (la dueña del Mogambo Club y 11 pisos de la finca), falleció al caer o arrojarse por el hueco de la escalera. «Tenía problemas mentales», recuerda Lidia Domínguez.

La cuarta víctima fue un joven de 18 años. Murió en su domicilio en el octavo piso tras consumir presuntamente drogas cuando celebraba su cumpleaños con sus amigos. Sus padres no estaban en casa.

El siguiente suceso se cobró la vida de una niña de dos años. La menor cayó al vacío cuando jugaba a saltar sobre una cama junto a una ventana. Su hermano también se precipitó cuando intentaba agarrarla, pero sobrevivió a la caída e ingresó en estado grave en un hospital.

Otra de las personas fallecidas residía en la puerta 15. «Era un hombre muy trabajador y educado», recuerda Pedro Rubio, un mecánico que tiene dos pisos en el inmueble. «Su madre llevaba varios días sin poder contactar con él por teléfono, y cuando vinieron para ver qué pasaba descubrieron el cadáver», añade el vecino.

Un estafador del caso de la Nueva Esperanza, una inmobiliaria que cobró más de 100 millones de las antiguas pesetas por viviendas que nunca entregó, también tuvo su domicilio en el número 1 de la calle Tres Forques.

Otro delincuente «saltó del tercer piso cuando huía de la Policía y se rompió la piernas», afirma Rubio. «Tanto suceso da un poco de mal rollo, pero no hay que obsesionarse», dice Pedro Tárraga, un taxista que vive con su pareja en un piso alquilado.

Y en la madrugada del pasado jueves, Javier O., uno de los vecinos de la puerta 10, mató presuntamente a una prostituta y escondió el cadáver en el trastero del edificio. El homicida, de 40 años y con antecedentes policiales, fue detenido unos 10 minutos después por la Policía Nacional en el centro de la ciudad. El sospechoso llevaba la ropa manchada de sangre y un cuchillo cuando fue apresado en la calle Balmes.

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Los gritos de la víctima despertaron a varios vecinos, que llamaron a la Policía o se asomaron por la mirilla de su puerta, como hizo Benito Grande, un inquilino del tercer piso. Eran las cinco de la madrugada. Al lugar de los hechos acudieron con urgencia varias patrullas de la Policía Nacional. Los agentes descubrieron el cadáver de la mujer en el portal de la finca.

Algunos vecinos aseguran que hartos de oir voces y ver sombras dentro de sus casas, decidieron venderla y poner tierra de por medio, alejándose de tan enigmático edificio. Tal es el caso de Carolina López, propietaria de un par de pisos de este inmueble que tuvo que marcharse ante las bajadas drásticas de temperatura, los sonidos de pasos en el parquet y la sensación de sentirse observada continuamente. Tal era el miedo que durante años tuvo que dormir con la luz del baño encendida para poder conciliar el sueño.

¿Existen casas marcadas con cierta negatividad que influye en aquellos que las habitan?

Fuentes consultadas:http://www.lasprovincias.es

Programa numero 26 de Milenio 3.

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