En Mary King’s Close, callejón de la vieja ciudad sepultada bajo los señoriales edificios de High Street, reina el silencio. El guía, un tipo severo y vestido de época que no permite bromas con las cámaras fotográficas, ha pedido un momento de recogimiento a la tropa de turistas.

 

Cerca de Mary King en Edimburgo Foto: ztephen en Flickr

 

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Existe una creencia bastante extendida de que las almas descarriadas se presentan si la cosa está en calma y los vivos se concentran en la convocatoria, cuando en realidad aparecen cuando les da la gana o, simplemente, no aparecen. ¿A quién esperamos? Las paredes descarnadas lanzan mensajes engañosos; las sombras se confunden con manchas de humedad que asemejan caras. Pocos se atreverían a recorrer a solas este mundo subterráneo, que permaneció oculto durante mucho tiempo mientras las leyendas urbanas pasaban de boca en boca en la superficie haciéndose un hueco en la memoria colectiva: bajo el pavimento existía la cara B de Edimburgo, habitada por fantasmas e influencias malignas, un intrincado laberinto donde habrían sucedido cosas terribles. El trabajo de los arqueólogos en Mary King’s Close a principios de este siglo destapó que algunas de aquellas historias eran ciertas.

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Annie… ¿estás ahí?

En un rincón de la sala donde el grupo respira con silenciador hay algo que no debería estar ahí, algo absolutamente sorprendente: una especie de arcón donde se acumulan… ¡juguetes! ¿A quién pertenecen? A Annie, el fantasma más célebre de Edimburgo. Hace unos años el parapsicólogo japonés Aiko Gibo, que rodaba un documental sobre lugares encantados de Gran Bretaña, contactó aquí con un ser atormentado: el espíritu de una niña que fue abandonada por su madre en 1644, cuando la peste se enseñoreó de la ciudad, y que deseaba volver a casa para reunirse con su familia. Gibo regresó con una muñeca y declaró que mientras el juguete estuviera allí el fantasma no volvería a disturbar el lugar. Por si acaso, cientos de visitantes de todo el mundo han contribuido a engordar el ajuar de Annie con peluches, monedas y bisutería. En esta ocasión, el silencio no atrajo a la pequeña; tal vez las muestras de cariño hayan bastado para que su alma descanse en paz. O tal vez no.

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Las apariciones en Mary King’s Close están documentadas desde finales del siglo XVII. Los que entienden de estas cosas creen que la gran plaga sembró de espectros el barrio. Un procurador llamado Thomas Coltheart se mudó aquí con su mujer en 1685. Su estancia no fue apacible: la cabeza de un viejo flotando en el aire fue el desagradable aperitivo para una orgía espectral en la que participaron misteriosas criaturas danzantes y un perro perseguido por un gato. Un pavoroso gemido fue la traca final. Thomas murió unas semanas después uniéndose al club: su fantasma tuvo la amabilidad de aparecerse a un amigo para decirle adiós. Hoy es posible pasarse por la vivienda de los Coltheart y dejarse seducir por el miedo.

Una viuda emprendedora

La visita al callejón no sólo inyecta una dosis de morbo a los amantes de los sucesos paranormales, sino que ofrece una visión bastante real de cómo era la vida en Edimburgo entre los siglos XVI y XIX. La ciudad creció alrededor de su castillo, de donde parte la histórica Royal Mile que llega hasta el palacio de Holyrood. Un paseo imprescindible lleno de atracciones, tiendas y restaurantes. El tramo de High Street fue descrito por Daniel Defoe en 1724 como «quizás la mayor, más larga y extraordinaria calle -por sus edificios y número de habitantes-, no sólo de Gran Bretaña, sino del mundo». Pegado a esa columna vertebral se extendía un conjunto de estrechas e insalubres callejuelas donde la sociedad se organizaba verticalmente: la gente adinerada sentaba sus reales sobre la suciedad, y los pobres chapoteaban en ella.

En ese batiburrillo de nobles, burgueses, religiosos, hombres de leyes, artesanos, carniceros, curtidores, sirvientes y maleantes vivió a principios del siglo XVII una viuda emprendedora, muy popular en el vecindario; una auténtica madre coraje que se ganaba la vida vendiendo telas y cosiendo. Su nombre: Mary King. Su casa estaba situada en Alexander King’s Close. El tal Alexander, fallecido en 1619, fue un prominente abogado que no tuvo relación alguna con Mary, pero

la coincidencia en sus apellidos fue probablemente la razón por la que el callejón terminó llamándose Mary King’s. La mujer murió en 1644 dejando un testamento que aún se conserva: un evocador listado de posesiones, dineros y deudas que incluía dos anillos de oro, seis cucharas de plata y una considerable cantidad de vino y cerveza. Se fue en vísperas de la plaga de peste sin sospechar que su fama perduraría en el tiempo.

 

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Navidad de 1644. Hace tres meses que Mary King ha dejado este mundo. Justo a tiempo, cabría añadir. Escocia e Inglaterra están esfrascadas en una guerra fratricida. Para terminar de completar el decorado, la peste bubónica viaja desde el continente y desembarca en el puerto de Leith. Durante un año y medio diezmaría la población de todo el país. Las clases pudientes escapan de Edimburgo a la carrera, pero los habitantes de Mary King’s Close se dan de bruces con la pesadilla. El Ayuntamiento nombró a Jon Paulitius «doctor oficial» para combatir la plaga y le asignó una paga mensual de 40 libras escocesas. La silueta del médico recortándose en la puerta de las habitaciones, protegido con un manto de pies a cabeza y con la cara cubierta por una siniestra máscara nariguda, debía aportar un plus de terror a los enfermos, que agonizaban en sus lechos con el cuerpo lleno de bubones.

En los documentos descubiertos por los buceadores del pasado se cuenta la historia de un crimen perpetrado en el barrio. En 1523, un adinerado comerciante llamado Alexander Cant fue asesinado por su mujer y su suegra. Al parecer, ésta no había pagado la dote de su hija -20 libras esterlinas en «cash»-, y el yerno la había demandado. En medio de una acalorada discusión el asunto se les fue de las manos a las mujeres y Alexander acabó mal. Alison, la suegra, fue condenada a morir ahogada en Nor’ Loch, un lago que había donde ahora crecen los jardines de Princes Street. La ejecución de Katherine, la esposa, fue pospuesta al estar embarazada, pero cuando dio a luz huyó a Inglaterra y se casó con un refugiado protestante escocés.

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Sus nombres, sus dramas… incluso sus fantasmas quedaron atrapados aquí con el paso de las centurias. A mediados del siglo XVIII muchos edificios del viejo Edimburgo, incluyendo partes de Mary King’s y otros callejones, amenazaban ruina. El proyecto de «Royal Exchange» fue el origen de esa nueva ciudad levantada sobre las antiguas barriadas. El abandono fue lento, pero imparable. El fabricante de sierras Andrew Chesney, último «superviviente» de Mary King’s Close, fue obligado a marcharse en 1901. Las dependencias municipales del City Chambers ocultaron el lugar, no su leyenda, que empezó a filtrarse desde las oscuras y silenciosas catacumbas.

Un buen lugar para todos aquellos que disfrutamos con emociones de esta naturaleza.

Fuente consultada: http://www.abc.es

 

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