Vigilantes del lugar aseguran que una serie de fenómenos paranormales se producen a diario en el viejo recinto. Es el caso del espectro de un niño que suele pasearse de noche por el andén.

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La estación de ferrocarriles de Copiapó fue construida en 1854, sólo dos años después que se inaugurara el primer servicio ferroviario chileno entre esta ciudad y el puerto de Caldera. Construida con un estilo que mezcla el neoclasicismo arquitectónico y el estilo colonial americano, y ubicada en la calle Juan Martínez, en el sector noroeste de la ciudad, a partir del año 1914 comenzó a recibir viajes diarios de la naciente Red Norte de Ferrocarriles del Estado.

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La estación de trenes a partir de entonces se transformaría en el lugar más importante de la ciudad y se mantendría operativa hasta 1975, aunque recibió por última vez a un tren regular de pasajeros en 1978. Fue declarada Monumento Nacional en 1981 y, al año siguiente, fue restaurada para convertirse en un museo, pero actualmente se encuentra cerrada al público y sólo recibe transportes de carga administrados por la empresa Ferronor.

No sólo los viejos trenes y vagones que yacen en sus vías, son los únicos recuerdos que atestiguan una de las época de oro de los trenes en Chile. A ello hay que agregar la aterradora presencia de varios fantasmas y espectros que, de acuerdo al relato que hacen los propios vigilantes de la estación, todavía deambulan por las dependencias de este histórico recinto ferroviario.

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Según el testimonio de uno de los vigilantes: “Hace varios meses, cerca de las cuatro y media de la madrugada, yo me encontraba haciendo la ronda nocturna por la estación, provisto sólo de mi linterna. De pronto me di cuenta de la presencia de una figura alta, quizás demasiado alta, que se encontraba parada en medio de las vías, mirando con fijeza a una de las locomotoras. Tenía las manos en los bolsillos y usaba una especie de capuchón, como el que usan los frailes franciscanos. Se me pusieron instantáneamente todos los pelos de punta, pero igual me acerqué para ver si se trataba de un intruso que se había metido sin permiso a la estación. Lo increíble es que en el mismo momento en que lo apunté con el haz de luz de la linterna, la linterna se apagó sola. Ahí me dio un miedo feroz y retrocedí aterrado. Sólo me relajé cuando el otro vigilante llegó a relevarme de mi turno, como a las siete de la mañana”, relata don Patricio Pino, uno de los tres actuales vigilantes de la estación.

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El mismo funcionario agrega que ese incidente fue sólo uno de los tantos episodios de tintes paranormales que se verifican a diario en la estación de Copiapó. “En otra oportunidad, en la tarde, me encontraba revisando uno de los vagones, completamente sólo, cuando alguien o algo pasó corriendo e hizo vibrar una gran plancha de acero que se encontraba en el suelo, a mis espaldas. Cuando me volví a mirar no había nadie. También en ese sector se suelen escuchar muchas psicofonías”.

Don Patricio agrega que otro fantasma que se ve a menudo de noche en la estación es el fantasma de un niño pequeño que aparece caminando por la puerta principal o por el andén de la estación. “La primera vez que lo vi pensé que era un niñito que se había perdido, pero cuando me acerqué a hablarle desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Después lo volví a ver varias veces más. Las primeras veces me aterraba mucho verlo, pero ya no me produce miedo, sólo un poco de escalofríos. Lo más llamativo de este niño es su vestimenta, porque usa ropas muy antiguas, como sacada de los años 20”. Siempre le digo a mis amigos que se parece bastante al niño que sale en la famosa película muda de Charles Chaplin. Es idéntico, salvo que el niño que pasea por la estación de Copiapó no es de carne y hueso sino que es un verdadero fantasma”.

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