Rojales es un municipio de la Comunidad Valenciana, España. Situado en la provincia de Alicante, en la comarca de la Vega Baja del Segura, a orillas del río Segura, que atraviesa el núcleo tradicional a lo largo de dos kilómetros en su último recorrido antes de desembocar en el Mediterráneo, hecho que justifica la existencia de un bello puente de sillería construido en tiempos del rey Carlos III, en el s. XVII, magníficamente conservado y totalmente en uso.

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Era la víspera de San Juan, el 23 de junio, y en las proximidades a la estación de  Benijófar iban llegando los invitados a la boda de, precisamente, la hija del capataz de la vía, quien contraía matrimonio con un labrador, hijo de Francisco Muñoz. No podía haberse elegido un día mejor; por delante  una larga jornada a la que seguiría una noche mágica, llena de leyendas, hogueras y buenos deseos. Entre los numerosos invitados a la ceremonia se encontraba un vecino, Joaquín García, que era propietario de una finca cercana y que tenía viviendo bajo su techo a una niña de nueve años llamada Teresa Juan, natural del vecino Rojales y de familia muy pobre.

Al atardecer mandó a ésta, que hasta entonces había estado disfrutando de la fiesta y jugando con otras niñas, a una casa distante unos quinientos metros para comprar quince céntimos de hierba. Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que, pasado el tiempo, echaron en falta a la pequeña.

La familia alertó de su desaparición y ya a altas horas de la noche todos los invitados de la boda así como las autoridades de Benijófar comenzaron su búsqueda, recorriendo aquellos campos al resplandor de las antorchas que contrastaban con las hogueras encendidas en los cercanos pueblos.

Fue una noche de San Juan muy larga, la más larga que se recuerda. Recorrieron campos, acequias, pozos, el río.. Al amanecer del siguiente día, domingo de San Juan, siguieron organizando batidas y recorriendo aquellos campos con la esperanza de que la niña se hubiese perdido, pero todo fue inútil.

Las autoridades estuvieron indagando y preguntando a los invitados para averiguar que le podría haber pasado, intentando encontrar alguna pista. Así llegaron hasta la casa del padre del novio, donde a aquella hora estaban comiendo.

Entre la familia, invitados también a la boda, se encontraba Francisco Lorenzo Rebollo que era además cuñado del novio. Éste sujeto “de cara alargada, mirada indecisa y recelosa y bigote rubio” era conocido por todos como el “Isabeleto” y  había sufrido pena de presidio por violar anteriormente a una niña de doce años, además de otros hechos de igual índole de las que pudo librarse de la acción de la justicia. Lo cierto es que comía tranquilamente, encerrado en un mutismo del que nadie se percató.

Las horas continuaban pasando, hubo que volver a encender antorchas, aunque su padre y un grupo numeroso de personas seguían buscando algún rastro de la pequeña sin desfallecer. Llegaron hasta una finca propiedad de Manuel Cánovas, en término de Torrevieja, donde existía un pozo seco abandonado al que se asomaron gritando su nombre. Nada, ninguna respuesta. Sin embargo, al tirar una piedra  se oyó un débil quejido desde el fondo. La pequeña Teresa estaba allí, viva, a más de veinte metros de profundidad. Habían pasado veinticinco horas.

LA NIÑA ROJALES

La niña había salido a la caída del sol con intención de comprar la hierba que le habían encargado, sin embargo, a  mitad del camino apareció el “Isabeleto” que intentó convencerla para que se fuese con él a coger perdices con la promesa de darle también unas peladillas…Tenía nueve años.

Después de abusar de la pequeña, y según declaración de la propia niña, sacó un cuchillo con intención de degollarla, sin embargo cambió de idea y la cogió de los pies arrojándola al pozo seco, convencido de su muerte.

Según relató la pequeña, durante la trágica noche de la víspera de San Juan se sintió acompañada en las profundidades del pozo por una joven como ella, vestida de blanco, con un resplandor que coronaba su cabeza.

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El médico atribuyó lo que contaba a delirios provocados por la fuerte caída y consiguiente hemorragia y fiebre.

Todas coinciden en contar que después de abusar de la pequeña, el “Isabeleto” se dedicó a arrojarle grandes piedras con la intención de matarla, y que a ésta la protegió una señora con un manto blanco.

Se consideró milagroso que la niña estuviese viva y fue acompañada hasta la Iglesia donde, al ver la imagen de la Virgen del Rosario, exclamó:

-Esta Señora era la que ponía el manto sobre mi cabeza para que no me dieran las piedras.

Se cuenta que el agresor recibió, además de la pena de cárcel, el castigo de tener un hijo que nació sin la mano derecha, la misma con la que su padre había arrojado las piedras sobre la niña.

Fuentes consultadas:

http://almoradi1829.blogspot.com.es

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