El Cementerio de San Miguel de Málaga fue inaugurado en 1810. De estilo neoclásico, es uno de los principales cementerios monumentales de Andalucía y una de las pocas necrópolis del siglo XIX, que se han conservado prácticamente íntegras en España.
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Las grandes familias de la burguesía malagueña, levantaron panteones en su interior siguiendo el concepto de cementerio monumental y romántico. El primer obelisco, fue levantado en 1844. Le siguieron otros doscientos cincuenta, aproximadamente, de variados estilos historicistas. Destacan las esculturas de Adrián Risueño, Frapolli, y Gutiérrez de León, además de las magníficas rejas de hierro, procedentes de las ferrerías malagueñas del siglo XIX.

El cementerio de San Miguel de Málaga fue testigo del entierro del general liberal, José María de Torrijos. Fue clausurado en 1987 y reconvertido en columbario, quedando reducido a sus dos patios monumentales.

Los testimonios recogidos describen apariciones fantasmales, voces en mitad de la noche, interferencias telefónicas desde el «más allá», movimiento de objetos, luces y golpes sin origen definido y hasta la aterradora presencia de supuestas «ánimas negras».

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Uno de los casos más difundidos de los numerosos que han tenido lugar en este cementerio, fue el vivido por el encargado de la capilla, José Fernández. En noviembre de 1985, y debido a unas obras de reforma que estaba llevando a cabo en su casa, tuvo la necesidad de pasar algunas noches en la propia capilla, que cuenta con una acogedora celda. Se encontraba despierto y tranquilo, a eso de las dos de la madrugada, «rezando vísperas» y en mitad de la oración. En determinado momento, sintió el impulso de salir a rezar al exterior. Había adquirido la costumbre de hacerlo siempre dentro de la celda, pero aquella noche tuvo una imperiosa necesidad de orar fuera, como si una fuerza indefinida lo atrajera de forma irresistible.
En el silencio de la noche, sólo roto por algún que otro ruido lejano del crujido de las ramas de los árboles, o el grito de algún ave nocturna, se convirtió involuntariamente en testigo de un fenómeno insólito. Sus oídos captaron el lamento desconsolado de un niño de corta edad. Al prestar más atención, descubrió que se trataba de una llamada: «¡mamá, mamá!».
Tenía la certeza de que no estaba confundiendo el gemido de algún animal o algún eco distorsionado por el aire, con aquella llamada nítida de una voz infantil. El «Hermano Pepe», como todos lo conocen, tampoco se sintió intimidado. Con decisión siguió el rastro de la misteriosa voz, hasta localizar su origen en el interior de un nicho.
Al día siguiente, consultó los libros de defunciones en el archivo de la necrópolis y descubrió con asombro, que en aquel nicho reposaban los restos de un niño fallecido a los dos años: Antoñito, muerto como consecuencia de una leucemia y después de dolorosos padecimientos.
A partir de la noche en que se produjo por primera vez, este misterioso fenómeno se ha repetido con asiduidad, a distintas horas y con diferentes variantes. Pero no ha sido la única situación extraña vivida por José Fernández en el cementerio. En diversas ocasiones también ha visto a un niño de corta edad que entraba corriendo en la capilla, cuando el camposanto ya estaba cerrado al público. Se trata de una visión algo confusa, ya que el pequeño pasaba a gran velocidad y, en el momento en que Fernández se volvía y veía su silueta, desaparecía tan repentinamente como había irrumpido en la capilla.
También otras personas declaran haber visto este niño a lo lejos en diversos lugares del camposanto. Según sus testimonios, en algunas ocasiones se aparece ataviado con vestimentas blancas y vaporosas, levitando sobre el suelo, como si flotara en el aire. Tras conocer el incidente vivido por el «Hermano Pepe», algunas personas acudieron a la tumba del niño para dejar en su nicho caramelos y cartones de leche, como un presente para el pequeño. De manera misteriosa, y en numerosas ocasiones con el cementerio cerrado, han desaparecido los caramelos o tenían el envoltorio quitado, e incluso estaban mordisqueados por dientes muy pequeños.

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Si seguimos el camino principal y pasamos al segundo patio de nichos, dirigiéndonos a la esquina superior derecha, encontramos uno de los típicos rincones de habitual enterramiento infantil. Allí descansan los restos de la pequeña María Marta, fallecida en un accidente de coche. Entre quienes afirman haber sido testigos de fenómenos extraños, también se encuentran José Fernández y algunos vigilantes de seguridad. Estas personas sostienen que han visto el cuerpo semitransparente e inerte de una niña.

Hace décadas, existió otro párroco encargado de la capilla de San Miguel: el padre Eliseo, que murió en enero de 1946. Algunas personas afirman haber observado a un hombre mayor con hábitos monacales caminando entre los panteones. Pero no se trataba del «Hermano Pepe». La descripción del misterioso visitante vestido con hábitos se corresponde perfectamente con la de don Eliseo. Al menos, eso es lo que aseguran quienes conocieron al anterior párroco cuando vivía.

El cuatro de mayo de 2005 más de quince personas se congregaron frente a un discreto y humilde panteón, el de la escritora norteamericana «Jane Bowles, Nueva York, 1917. Málaga, 1973. La mayor parte de los presentes eran familiares, amigos o lectores de la desaparecida escritora.
Aproximadamente a las cinco de la tarde, los congregados en la necrópolis encendieron velas en su memoria, y colocaron ramos de flores junto a su tumba. De pronto, uno de los allí reunidos levantó la vista y se queda atónito. Entre el grupo, en el cual todos se conocían, había un personaje más. Era una mujer vestida de luto, y su rostro era extrañamente parecido al de la literata. La mirada de la señora parecía perdida, si acaso enfocada hacia el panteón.

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Antes de que nadie pudiera hacer nada para verificar la identidad de la mujer, ésta desapareció tras la esquina de un panteón de gran tamaño que conduce a la zona de enterramiento de los escritores y artistas malagueños. Cuando varios de los testigos se dieron cuenta de lo que había pasado, rodearon la zona por diferentes lugares. Desgraciadamente, aquella mujer se había desvanecido sin dejar rastro. Cuando se corrió la voz, los más veteranos, aquellos que suelen visitar cada año la tumba de Bowles, respondieron impasibles: «No os preocupéis. Jane suele venir en el aniversario de su muerte, apareciendo entre nosotros con la misma espontaneidad con que desaparece».

Los primeros en descubrir los fenómenos relacionados con la escritora fueron José Fernández, encargado de la capilla del cementerio, y los vigilantes de seguridad, que han visto pasear a una señora de aspecto extravagante por las inmediaciones de la tumba de Bowles.
Esta visita no debería haber llamado la atención, ya que la escritora tenía un amplio círculo de amigos y admiradores en varios países. Pero además de lo extraño de la hora, resultaba curioso que la dama estuviera todos los días con idéntica vestimenta, en el mismo punto (ante la tumba de Jane) y en actitud contemplativa. Esa actitud fue la que llevó a los guardas a no acercarse a la extraña mujer, ya que temían romper algún tipo de oración en honor a la difunta. Sin embargo, cuando posteriormente intentaron establecer contacto con la desconocida para conocer la razón de su visita, ésta desapareció tras una esquina en el momento en que el vigilante de turno estaba a punto de alcanzarla.
P.D.E. es otro de los antiguos vigilantes que ha pasado largas noches en el recinto del camposanto. Tanto él como su compañero de servicio afirman haber escuchado pasos extraños que carecían de una localización definida, así como voces o murmullos que nunca pudieron identificar.
En una de estas ocasiones, el compañero, medio en broma, pidió una señal a voz en grito y, justo en ese momento, P.D.E. oyó un profundo pitido en el oído que le dejó sordo durante unos minutos. Desde entonces, ambos se toman con respeto los fenómenos paranormales e intentan hacer su trabajo pasando inadvertidos a lo que ellos consideran «fuerzas de otros mundos».
Pese a todo, han vivido otras experiencias. Algunas se han repetido con todo detalle en días diferentes, como si estuvieran programadas para seguir siempre el mismo patrón. Mientras se encontraban en la sala de descanso, por ejemplo, escuchaban cómo la losa de un nicho caía al suelo haciéndose añicos. Sin embargo, al acudir al lugar donde se había producido el ruido no lograban encontrar ninguna losa caída o rota. Curiosamente, a los pocos minutos de regresar a la cabina, el ruido volvía a repetirse, sin que pudieran determinar su causa.

Fuente consultada:
http://www.akasico.com

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