Hace casi treinta años, la localidad cacereña de Logrosán fue escenario de uno de los casos poltergeist más impactantes de la historia de España. La noche del 2 de octubre de 1982 la tranquilidad de la familia San Román se vio alterada por unos fenómenos poco comunes. Los hechos comenzaron a producirse cuando en los cines de España se proyectaba, precisamente, la producción de Steven Spielberg, “Poltergeist”, dirigida por Tobe Hooper.

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María Sanromán, de 80 años, y su nieto Andrés, de trece, vivieron una auténtica película de terror en su propia casa de Logrosán, un pueblo de Cáceres entre Guadalupe y Trujillo.

La tarde de aquel domingo se percibieron ya los primeros síntomas de la pesadilla que estaba por llegar. María se encontraba sola en casa cuando la cortinas de su habitación cayeron al suelo. La anciana las puso de nuevo en su lugar. Pero apenas habían transcurrido unos minutos y la escena se volvió a repetir. La mujer empezó a inquietarse ante lo que sólo era el comienzo de algo puesto que a continuación los que comenzaron a descolgarse misteriosamente fueron los cuadros de la estancia. En plena locura entró en casa Andrés que fue instado por su abuela para que fuera a buscar a su tío Ulpiano, de 49 años, que estaría en la taberna con sus amigos. El hijo de María, soltero que vivía con ellos, se mostró, como sus amigos, excéptico ante lo que contaba su sobrino. Aún así, acudió raudo a casa y pudo comprobar con sus propios ojos los extraños acontecimientos.

En pocos dias, los vecinos de Logrosán se hicieron eco de lo que estaba sucediendo en la casa de María. Nadie dudaba sobre el testimonio de aquella familia acerca de los extraños fenómenos que estaban viviendo. Pero no sólo fueron testigos los habitantes de la casa. En pleno día, un albañil que estaba realizando una pequeña obra en la casa se quedó atónito al observar cómo un saco de yeso comenzó misteriosamente a arder. Después de sofocar el fuego y mientras realizaba su faena, el obrero oyó fuertes golpes tras él que provenían de la mesa donde había dejado su paleta. Después de darse media vuelta, el albañil pudo ver asustado la herramienta deslizándose por el tablero hasta el borde. En un arrojo de valentía, el vecino de Logrosán agarró firmemente la paleta y la llevó hasta el centro de la mesa. A los pocos minutos, cuando el operario estaba de nuevo en su faena, la herramienta cayó al suelo. El albañil, que según cuenta “había puesto sus cinco sentidos en asegurarse de colocar la paleta en el centro de la mesa”, tras aquel hecho insólito, salió corriendo de la casa dejando atrás todo su material de trabajo. Nunca más volvió para finalizar su tarea.

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También fue muy determinante la experiencia vivida por don Evaldo, abogado del pueblo, que incrédulo del asunto quiso entrar en la casa para comprobar que aquello debían de ser malas interpretaciones. El letrado salió pálido cuando pudo observar cómo una sandía que estaba en un plato salía despedida por los aires, sin que nadie la tocara, aterrizando contra el suelo.

En pocas jornadas la población cacereña se vio desbordada de periodistas y estudiosos de los fenómenos paranormales. Entretanto, jarras, botellas y otros enseres de cocina continuaban estrellándose contra el suelo de la vivienda de María. A estas anomalías se les sumó la aparición de extrañas sombras que recorrían las paredes de la estancia. Sin embargo, algo permanecía inalterable desde el principio: el retrato del marido de María y la imagen de de la Virgen de Guadalupe continuaban en su lugar de siempre. Entonces, la dueña de la casa recordó algo que hasta ese momento le había pasado inadvertido. Su esposo, José Sánchez, fallecido quince años atrás, había mencionado alguna vez una promesa que tenía que cumplir con la Virgen de Guadalupe. La familia contempló la posibilidad de que los fenómenos pudieras estar siendo provocados por el difunto en demanda de que realizaran ellos su promesa incumplida. De ahí que se mantuvieran, precisamente, aquellos dos cuadros. La viuda nunca supo el motivo de aquella promesa pero junto con su familia acudió a Guadalupe y encargó una misa en memoria del marido.

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Pero, a pesar de esta acción, nada cambió. Los fenómenos comenzaron a producirse de nuevo. La situación, incluso, pareció volverse más angustiosa. Ulpiano, el hijo soltero de María, apenas dormía por la noche. Su madre, mientras, intentaba comunicarse sin éxito con la misteriosa sombra que se deslizaba por las paredes de la casa.

Posteriormente se barajó la posibilidad de que el niño, Andrés, fuera el verdadero agente generador de los fenómenos. Los adolescentes han sido en multitud de ocasiones los protagonistas de este tipo de sucesos. Se teoriza con la posibilidad de que la energía y el potencial que descargan en tal etapa se canaliza de las más inimaginables maneras. Sea así o no, lo cierto es que cuando separaron al chico de la casa todo cesó.

Andrés se fue a vivir con sus padres al cortijo donde estos trabajaban. El que estuviera con la abuela se debía a que de este modo podía asistir con más facilidad a la escuela. Y es que todos recordaban como algunos de los objetos que volaron fueron a estrellarse a los pies de Andrés, jamás se dirigieron hacia ninguna otra persona. Pero nunca se pudo confirmar si el nieto de María era inconscientemente el causante de la fenomenología paranormal. En otros lugares donde residió el chico nunca se habían producido efectos de este tipo. Y así finalizaron los fenómenos del llamado “Poltergeist de Logrosán”. María se sintió descansada aunque confesó que nunca había sentido miedo. El chico, igualmente, contento porque siempre quiso estar con sus padres.

Fuente consultada:

http://gonzaloperezsarro.blogspot.com.es

 

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