Todo comenzó en el verano de 1992. En la localidad de Benasque un rumor iba adquiriendo dimensiones preocupantes. Según algunos soldados destinados en el refugio de la cercana localidad de Cerler, muchos de ellos habían sido testigos de fenómenos inexplicables: ruidos extraños, luces que se apagaban y se encendían solas, sonido de pisadas e, incluso, apariciones de sombras fantasmales.

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Los jóvenes no tardaron en relacionar aquellos fenómenos con una tragedia ocurrida el año anterior. El 11 de marzo de 1991, un grupo de soldados de la Compañía de Esquiadores de Barbastro se vio sorprendido por un alud mientras realizaban unas maniobras. Siete soldados y dos suboficiales, perdieron la vida en el trágico accidente.  El grupo estaba formado por un total de 133 individuos, divididos en grupos de diez o doce personas. La gran mayoría de los soldados formaban parte de la Compañía de Esquiadores del Batallón de Cazadores de Alta Montaña III/65 de Barbastro. Pocas horas después, en un lugar conocido como pico Tuca Blanca de Paderna, en la Maladeta, se desataría la tragedia. Un alud de grandes dimensiones sepultaba bajo la nieve a gran parte de la expedición. Por fortuna, la mayor parte de los soldados pudieron salir por sus propios medios o ayudados por sus compañeros.
Desgraciadamente, nueve personas, siete soldados y dos suboficiales, perecían sepultados bajo la gran capa de nieve. Tras arduas labores de rescate en las que participaron más de 150 efectivos de los equipos especiales de la Guardia Civil y el Ejército, ayudados por perros rastreadores, los cadáveres pudieron ser rescatados, siendo custodiados temporalmente en el refugio militar de Cerler (lugar donde se encontraban alojados los miembros de la expedición), y más concretamente, colocados en el secadero destinado a la descongelación de los utensilios que son utilizados durante las maniobras.

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Tras las labores de rescate y los funerales, el Valle de Benasque y en especial el refugio militar de Cerler, volvían a la calma. Pero aquella paz no iba a durar mucho tiempo…A partir del verano del año 92, extraños rumores comenzaron a circular por el pueblo de Cerler y por la cercana población de Benasque. Si aquellos comentarios y afirmaciones eran ciertas, algunos de los soldados destinados en el refugio estaban sufriendo desde hacía cierto tiempo toda una serie de sucesos inexplicables que les mantenían totalmente atemorizados. Rápidamente, tanto los reclutas como los habitantes de la zona, relacionaron los terroríficos sucesos con el aún cercano accidente de Tuca Blanca. Por si fuera poco, al parecer, los fenómenos se producían con mayor intensidad en el secadero donde se depositaron los cadáveres y en la sala contigua, destinada al alojamiento y dormitorio de los soldados en determinadas épocas, especialmente durante maniobras.
Según las informaciones vertidas por el Diario del Altoaragón, los soldados tenían que vérselas casi a diario “con ruidos, taquillas que se abren y se cierran solas, sombras que se desplazan de un lugar a otro durante la noche y objetos que se caen sin motivo aparente”, entre otros fenómenos inexplicables.
En septiembre de 1992, poco después de que comenzaran a surgir los primero rumores, la prensa aragonesa se hizo eco de los hechos. Según los diarios, «fuentes militares» confirmaban que «en el refugio sucedían cosas extrañas», aunque un día después «otras» fuentes oficiales intentaban desmentir los hechos.

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La mayor parte de los presuntos fenómenos paranormales se producían en la última planta, casualmente donde fueron ubicados los cadáveres. En ese mismo tercer piso se encontraban también los dormitorios de los soldados. Algunos de ellos aseguraban que «las taquillas se abrían y cerraban solas», golpeándose violentamente. El zaragozano Ángel Civera, destinado en el refugio en 1994, también fue testigo de hechos extraños: «Serían las doce de la noche. Aquel día yo fui el último en acostarme y cerré las dos puertas, por lo que sabía que no podía haber nadie levantado. Sin embargo, en el pasillo donde está la centralita escuché pasos. Y no se abrió ninguna puerta ni nada».

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Mucho más aterradora fue la experiencia de O. C., otro joven que también cumplió parte de su servicio militar en el refugio. Una noche, estando de guardia, comprobó asombrado que las ventanas del refugio –más de 30, y distribuidas en tres plantas– se abrían y cerraban solas cada vez que él y su compañero de guardia daban una vuelta completa al edificio. Otro joven, que también se encontraba de guardia una noche, se vio literalmente «acosado» por un sonido de pisadas que cada vez iban acercándose más a él, a pesar de que estaba completamente solo… Algunos de los testigos mencionaban también otras historias, mucho más espectaculares, en las que se decía que se habían visto figuras o sombras fantasmales, que se tumbaban en las literas y luego desaparecían.
Hoy esa calma continúa en el cuartel, y no han surgido nuevos testimonios sobre hechos extraños. ¿Se trató sólo de novatadas entre soldados, de una «leyenda» transmitida en cada reemplazo o se produjeron auténticos fenómenos de naturaleza paranormal?

Fuentes consultadas:

http://www.akasico.com

http://mundomilitaria.es/

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