En el Sur de Alsacia, a dos horas de la Ciudad de Mulhouse, se encuentra el lugar de Illfurt, que antes de 1870 contaba unos 1.200 habitantes. Allí vivía la humilde y honrada familia Burner. El Padre, José Burner, era mercader ambulante y recorría la comarca vendiendo cerillas y yesca. La madre, María Ana Foltzer, cuidaba de sus cinco hijos, todos aún de corta edad.

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El hijo mayor, Teobaldo, había nacido el 21 de Agosto de 1.857. A la edad de ocho años iban a la escuela de la localidad. Eran muchachos tranquilos, de mediano talento, algo enfermizos.

Durante el otoño de 1.864, Teobaldo y su hermano José cayeron enfermos de una dolencia misteriosa. Tanto el primer médico llamado, Doctor Levy, de Altkirch, como los demás facultativos sucesivamente consultados, no pudieron diagnosticar el mal que les aquejaba. Los medicamentos empleados no daban resultado. Teobaldo adelgazó de tal modo que parecía un espectro ambulante.

A partir del 25 de Septiembre de 1.865 se pudieron observar en los enfermos fenómenos asombrosamente anormales. Echados de espaldas se volvían y se revolvían como una peonza, con rapidez vertiginosa. Después se ponían a golpear sin cansarse el armazón de la cama y los demás muebles con fuerza sorprendente. Si se les preguntaba respondían entre convulsiones y espasmos seguidos de tal postración que permanecían durante horas enteras como muertos, sin hacer el menor movimiento, rígidos como cadáveres.

Muy a menudo fueron presa de un hambre imposible de calmar. El bajo vientre se les hinchaba de modo desmesurado y a los pobres niños les parecía que en sus estómagos les rodaba una bola o que un animal vivo se movía en ellos de arriba a abajo. Juntándose las piernas como varillas entrelazadas; nadie podía separarlas.

Durante este tiempo se le apareció a Teobaldo unas treinta veces un fantasma extraordinario, al que llamaba su amo. Tenía cabeza de ánade, uñas de gato, pies de caballo y el cuerpo de plumaje sucio. En cada aparición el fantasma volaba por encima de la cama y amenazaba con ahogarlo. Teobaldo, aterrorizado, se arrojaba hacía él y le arrancaba puñados de plumas, que entregaba a los muchos estupefactos testigos.

Ocurría esto en pleno día, en presencia de un centenar de testigos, entre los cuales había personas respetables, nada crédulas, dotadas de gran perspicacia y pertenecientes a todas las clases sociales. Todos pudieron convencerse de la imposibilidad de superchería alguna.

Las plumas despedían olor fétido y, cosa singular, quemadas no dejaban cenizas.

A veces una mano invisible levantaba a los niños junto con las sillas de madera en las que estaban sentados; ya en el aíre, los niños eran lanzados a un lado, mientras las sillas volaban hacia el lado opuesto.

En otra ocasión sintieron por todo el cuerpo dolorosas picaduras, y de debajo de sus vestidos sacaron tal cantidad de plumas y de algas que el suelo quedó cubierto enteramente. Aunque se les mudase camisas y vestidos, era inútil: plumas y algas reaparecían siempre.

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Esas terribles convulsiones y toda suerte de malos tratos redujeron a los niños a tal estado que fue preciso hacerles guardar cama. Sus cuerpos se hinchaban de mala manera. Se encolerizaban violentamente, eran presa de verdadero furor cuando se les acercaba alguien con un objeto bendito, un crucifijo, una medalla, un rosario. Ya no rezaban; los nombres de Jesús, María, Espíritu Santo, etc, pronunciados por los presentes les hacían estremecer y temblar. Fantasmas, sólo de ellos visibles, llenándose de miedo y espanto.

Durante los dos primeros años, casi constantemente debieron de guardar cama. Dos o tres veces cada hora cruzaban las piernas de un modo completamente anormal, enlazándolas como hilos de un cordel y manteniéndolas tan apretadas que era imposible separarlas. Luego, súbitamente se desenredaban con la rapidez del relámpago.

A veces arqueaban el cuerpo apoyándose en el suelo con la cabeza y los pies y levantaban muy alto el vientre. Ninguna presión era capaz de devolver al cuerpo su posición natural, hasta que Satanás se dignaba dejar en paz a su víctima.

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En 1869 Teobaldo fue exorcizado por el padre Souquat, quien descubrió que los demonios que poseían al niño se llamaban Oribás y Ypés. El exorcismo de José fue oficiado por el párroco Brey, que consiguió que el demonio abandonase el cuerpo del niño.

Los niños volvieron a su casa sin recordar absolutamente nada de lo sucedido ni reconocer a las personas que les habían observado. Sobre este caso, se escribió un libro titulado “El diablo. Sus palabras y sus actos en los endemoniados de Illfurt, Alsacia; según documentos históricos”, escrito por el Padre Sutter en Turín en 1935.

Fuente consultada:

http://www.recuerdosdeayer.over-blog.es

 

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