Cuando recuperó la conciencia, Rosamél paseó la vista por el fondo de la quebrada, los restos esparcidos en ambos costados lo devolvieron al  horror de la batalla acontecida y a la certeza de la lucha que libraría contra el desierto. Apenas si recordaba un año antes en su casa del barrio de Mapocho en Santiago de Chile las circunstancias que lo llevaron a enrolarse después de una noche de juerga y de fervor patriótico. Pero hoy, en la soledad de la pampa, el cabo Rosamél Alfonso bahamondez Martinez, comenzaba el duro camino de regreso a la vida.

Buscó entre los morrales de las decenas de cuerpos, algo de comida y juntó un par de cantimploras. Comenzaba a amanecer y vio como los buitres y cóndores comenzaban a otear preparándose para el festín.

Caminó casi todo el día en dirección a lo que pensaba que era el poblado de Pozo al monte, en un momento de cansancio sintió que se le nublaba la visión, después de pasarse el pañuelo por la frente, levanto la vista  y vio una polvareda detrás de las dunas. A cierta distancia divisó una caravana de llamas y un centenar de indígenas vestidos a la usanza antigua, le pareció disparatada la idea de que el ejército peruano estuviera enrolando indios sin dotarlos de los pertrechos necesarios para la travesía del desierto. Se acercó arrastrándose a lo alto de la loma para observar mejor y se encontró con unos ojos aterrados que lo miraban, el extraño se alejó gritando,¡zupay, zupay!(demonio), mientras el cabo disparaba su fusil sin hacer un rasguño al asustado indio. Pensó que había cometido un error  y que el disparo alertaría al resto de la caravana, sin embargo la extraña visión comenzó a desvanecerse delante de sus ojos, hombres, guerreros y séquito desaparecieron delante de él sin dejar rastro.

Sintió que su cabeza comenzaba a dar vueltas y cayó sin sentido en la arena ardiente.

 Fue rescatado dos días más tarde por un grupo de arrieros que se dirigían al oasis de pica, allí se recupero y contó su aventura. Algunos se asustaron y le contaron la historia de la “Ñusta Huillac”, una sacerdotisa guerrera que en tiempo de la conquista huyó al desierto para escapar de Pizarro y cuya historia dio origen a la fiesta de la Tirana.

Rosamel, aunque pensaba que había sido un espejismo a consecuencia del sol, siguió repitiendo su historia hasta el día de su muerte 60 años mas tarde en santiago, y aunque regreso a su casa, una parte de su espíritu, permaneció en aquel desierto.

Más de un siglo después, aun se puede oír por boca de los lugareños, la extraña visión de un soldado que vaga por la pampa ataviado con el antiguo uniforme azul y rojo entre Tiviliche y Dolores, en el desierto de Atacama.

Cuento de Hector Pinto  http://elojosudaka.blogspot.com.es