Dicen que el fantasma de Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto, personalidad que pasó a la historia argentina como Felicitas Guerrero, la mujer más bella de su tiempo, nacida en la época de Rosas,  aparece en muchos lugares de la Ciudad de Buenos Aires y en los campos de la zona del río Salado al Sur, en una de sus estancias. Durante muchos años, los 30 de enero, los pañuelos dejados por muchas damas en las rejas de la Iglesia en Barracas, al día siguiente se encontraban humedecidos por sus trágicas lágrimas fantasmales.

Felicitas Guerrero

 

Esta Iglesia fue donada por sus padres en su recuerdo. Fue diseñada por el arquitecto Ernesto Bunge; la familia Guerrero, la inauguró discretamente en 1876, cuatro años después de que su hija, la reciente viuda Felicitas fuera asesinada por un festejante despechado.

La joven había contraído matrimonio, obligada por su padre, a los 15 años con don Martín Alzaga, un hombre que le triplicaba en edad pues tenía 50 años y que la dejó viuda cuando tenía 22. Ese matrimonio por conveniencia interrumpió un amorío que ella estaba manteniendo con Enrique Ocampo, pero no apagó por completo la llama de esa pasión.

No fue feliz en su relación, su primer hijo murió de peste amarilla a los seis años y su segundo hijo feneció con días de nacido. Su anciano marido muere de tristeza poco tiempo después dejándola como riquísima heredera. Con 26 años se transformó en una joven viuda, atractiva y adinerada que podía fácilmente enamorar.
Los libros de la época la recuerdan como a una mujer extraordinariamente hermosa y dueña de una envidiable lista de pretendientes, a cual más aristocrático y acaudalado. Entre los candidatos que disputaban su mano estaba Enrique Ocampo, hijo de una tradicional familia porteña. Aquel hombre apenas se enteró de que la viuda había aceptado la oferta de matrimonio del estanciero Samuel Sáenz Valiente, -dueño de la estancia colindante- cayó preso de un desequilibrio mental.

Samuel Sáenz Valiente

Según la historia, la tarde del 29 de enero de 1872, Felicitas había ido de compras a la ciudad y a presenciar los festejos de la inauguración de un puente sobre el río Salado, que entonces bañaba las orillas de su estancia. Cuando regresó a su domicilio, Ocampo la aguardaba sentado en el living y, tras una acalorada discusión, el enamorado sacó un revólver y la hirió de muerte. Su primo, de apellido Demaría, también pretendiente, salió en su defensa, quitó el arma al homicida y lo mató de dos balazos en riña. La certificación de esto se perdió “en el tiempo”.

A la bella muerta se la ha visto por los campos de Lezama, en el barrio de Barracas, en la hermosa iglesia de Santa Felicitas, en el monumento mortuorio familiar en el Cementerio de Recoleta y-lo más raro- en los túneles del subterráneo de la línea A –en la estación, hoy no operable contigua a la Plaza Miserere-, donde –según el personal de vías y obras- la doliente parece esperar que éste llegue algún día a la calle Albariños y Rivadavia, a pasos de la Iglesia Corpus Dómine.

Su intención parecería hacerla querer llegar a esta última Iglesia, donada por su familia y que necesita aun mucha ayuda para lo que es uno de los edificios más importantes en la historia del barrio. Además supongo que desea que todo el mundo conozca su gran sufrimiento y le den el consuelo de encontrar en el otro mundo la felicidad, perdida desde los 15 años.

Campanas que suenan, llantos que rechinan y alguna sombra de un vestido que fuera blanco que se escurre entre asientos que cubren el ala central de una capilla con la convicción de que nadie va a ingresar por allí. Tal vez, si todo se consuma y logra encontrar este último altar para arrodillarse frente a él, logre ese consuelo y la parte de su espíritu que aún no emprende el postrer viaje, termine su triste vagabundeo.

Fuente consultada:

http://pulperiaquilapan.com

http://www.oscuridadoculta.blogspot.com.es

Fotografías: http://www.taringa.net

Anuncios