Category: Relatos de terror.


Cuando recuperó la conciencia, Rosamél paseó la vista por el fondo de la quebrada, los restos esparcidos en ambos costados lo devolvieron al  horror de la batalla acontecida y a la certeza de la lucha que libraría contra el desierto. Apenas si recordaba un año antes en su casa del barrio de Mapocho en Santiago de Chile las circunstancias que lo llevaron a enrolarse después de una noche de juerga y de fervor patriótico. Pero hoy, en la soledad de la pampa, el cabo Rosamél Alfonso bahamondez Martinez, comenzaba el duro camino de regreso a la vida.

Buscó entre los morrales de las decenas de cuerpos, algo de comida y juntó un par de cantimploras. Comenzaba a amanecer y vio como los buitres y cóndores comenzaban a otear preparándose para el festín.

Caminó casi todo el día en dirección a lo que pensaba que era el poblado de Pozo al monte, en un momento de cansancio sintió que se le nublaba la visión, después de pasarse el pañuelo por la frente, levanto la vista  y vio una polvareda detrás de las dunas. A cierta distancia divisó una caravana de llamas y un centenar de indígenas vestidos a la usanza antigua, le pareció disparatada la idea de que el ejército peruano estuviera enrolando indios sin dotarlos de los pertrechos necesarios para la travesía del desierto. Se acercó arrastrándose a lo alto de la loma para observar mejor y se encontró con unos ojos aterrados que lo miraban, el extraño se alejó gritando,¡zupay, zupay!(demonio), mientras el cabo disparaba su fusil sin hacer un rasguño al asustado indio. Pensó que había cometido un error  y que el disparo alertaría al resto de la caravana, sin embargo la extraña visión comenzó a desvanecerse delante de sus ojos, hombres, guerreros y séquito desaparecieron delante de él sin dejar rastro.

Sintió que su cabeza comenzaba a dar vueltas y cayó sin sentido en la arena ardiente.

 Fue rescatado dos días más tarde por un grupo de arrieros que se dirigían al oasis de pica, allí se recupero y contó su aventura. Algunos se asustaron y le contaron la historia de la “Ñusta Huillac”, una sacerdotisa guerrera que en tiempo de la conquista huyó al desierto para escapar de Pizarro y cuya historia dio origen a la fiesta de la Tirana.

Rosamel, aunque pensaba que había sido un espejismo a consecuencia del sol, siguió repitiendo su historia hasta el día de su muerte 60 años mas tarde en santiago, y aunque regreso a su casa, una parte de su espíritu, permaneció en aquel desierto.

Más de un siglo después, aun se puede oír por boca de los lugareños, la extraña visión de un soldado que vaga por la pampa ataviado con el antiguo uniforme azul y rojo entre Tiviliche y Dolores, en el desierto de Atacama.

Cuento de Hector Pinto  http://elojosudaka.blogspot.com.es

Anuncios

El sonido inconfundible de la campana del despertador tiene siempre la mala costumbre de sacarme de los más bellos sueños que una pueda imaginar. ¡Dios, cómo odiaba el maldito aparato!

Sin apenas tiempo para ni tan siquiera desperezarme dentro de las cálidas sábanas, salté de un salto al gélido suelo de linóleo y entré en el cuarto de baño pensando en el abultado día de trabajo que me esperaba por delante. Por la mañana debía de acompañar a mi madre a la unidad de oncología para que la realizaran unas pruebas y después debía de asistir a la rueda de prensa que los padres de la última niña asesinada por el asesino del as de corazones, carta que solía dejar junto al cadáver de la víctimas, habían convocado y a la que mi jefe de redacción me había pedido encarecidamente que cubriera.

Una rápido vistazo al reloj de pulsera me puso en alerta de lo tarde que era, así que me di un rápido cepillado de dientes, un rápido cepillado de la larga melena tan rubia como el trigo y un maquillado express al que estaba más que acostumbrada por tener un trabajo de periodista a tiempo completo con idas y venidas en tiempo récord. Sin apenas tiempo para ni tan siquiera un café, decidí tomarlo en el hospital  mientras mamá estuviera haciéndose las pruebas.

Lo más puntual que yo podía ser, es decir, veinte minutos tarde, llegué a casa de mi madre para recogerla. Después de oírla poner el grito en el cielo ante mi falta de puntualidad y compromiso al que ya estaba acostumbrada desde que empecé en la facultad de periodismo, acabamos en la sala de consultas de la unidad de oncología sólo cuatro minutos tarde, pues mi madre conociendo mi escasa puntualidad muy ladina ella, había quedado conmigo media hora antes.

Mientras le hacían las pruebas bajé a la cafetería y me serví una taza de café con ración extra de azúcar, pues necesitaba estar activa y despierta lo más posible. Cuando subía a recoger a mi madre, la expresión de su rostro había cambiado. Mis sentidos me decían que algo andaba mal y me puse en alerta, conocía demasiado bien a mi madre y su cara mostraba miedo, mucho miedo.

_ ¿Mamá, qué ocurre?¿Qué ha pasado en las pruebas?

El Dr. Thompson oncologo jefe del Hospital San Mercy, me invitó a pasar a  la sala de consulta. Allí sentada esperando una explicación, se confirmaron mis más terribles temores.

_Christine las pruebas que le hemos realizado a su madre no son nada halagüeñas, nos confirman que el tumor se ha extendido por el lóbulo frontal y es necesario una intervención quirúrgica inmediata.

_ Pero usted lleva meses diciendo que todo iba bien y que había conseguido detener el crecimiento del tumor. ¿Cómo es posible que ahora se haya extendido tanto?. No debe de haber de un error en las pruebas.

_ Tranquilicese por favor. El cáncer es una enfermedad que no tiene una pauta fija, de repente un día se paraliza como al día siguiente avanza inexorablemente. Lo importante ahora es erradicarlo con cirugía lo antes posible.

_ ¿Para cuando sería la intervención? Me gustaría planificarlo para pedir permiso en el trabajo.

_ Hoy se quedará ingresada y mañana a primera hora entrará en quirófano. El tiempo está en nuestra contra en estos casos.

_ No me lo puedo creer, nosotras sólo veníamos a que se realizase unas pruebas y ahora me dice ¿qué se tiene que quedar ingresada?

Como en una de terrible pesadilla acompañé a mi madre a su habitación, la 334. Llamé a mi jefe para que alguien me sustituyera en la rueda de prensa y fui capaz de coger algo de ropa de la casa de mi madre sin dejar que ni una sola lágrima asomara a mis ojos.

Sentada allí junto a la cama de mi madre, reparé por fin en lo frágil que se la veía. Nunca antes me había dado cuenta del pequeño y menudo cuerpo que ahora tenía, parecía una niña pequeña encogida y llena de arrugas. Necesitaba un café o acabaría compadeciéndome de mi misma por no haberla prestado más atención.

Al salir de la habitación me fijé en la anciana que ocupaba la habitación 333, la pobre estaba conectada a un sin fin de aparatos y tubos nasales. Algo no se el qué, me impulsó a entrar. Una débil sonrisa pegada a una desdentada boca me dio la bienvenida.

_ Hola, soy Christine la hija de la señora de al lado, la de la 334. ¿Qué tal se encuentra?

_ Muy cansada, _me respondió con apenas un hilo de voz_.

_ No se preocupe, verá como poco a poco se va recuperando,_que mal miento, pensé mientras la miraba_. ¿Está alguien con usted?

_ No tengo a nadie, mi marido murió hace mucho tiempo ya y dios no tuvo a bien darme hijos.

No sé por qué, la soledad de la pobre anciana me conmovió el alma y de repente me vi diciéndole que como mi madre estaba ingresada al lado suyo, si no le importaba yo pasaría de vez en cuando por allí para hacerla compañía. Una chispa de luz atravesó sus ojos y no necesitó decirme nada para que pudiese entender lo que me agradecía el ofrecimiento.

Me despedí de ella y bajé a tomarme mi dosis de cafeína que por cierto buena falta me hacía. En el televisor de la cafetería estaban los padres de Madeleine explicando la muerte de su hija y entre el centenar de reporteros, la inconfundible melena rojiza de mi astuta compañera de redacción que buscaba cualquier pretexto para poder pisarme el terreno. En este caso, yo misma le había abierto la puerta para ocupar mi puesto en la redacción.

Desechando toda idea acerca del trabajo me pasé por el quiosco para comprar alguna revista de cotilleos que mi madre pudiese ojear. De camino al quiosco pasé por el pequeño puesto de flores y vi un hermoso ramillete de flores amarillas de Diente de León. Supe para quien serían en cuanto las vi.

Mientras me marchaba de la habitación 333, la imagen de la anciana junto al ramillete de flores amarillas le daba un aspecto de alegría al sobrio lugar que me hizo marcharme llena de energía.

De nuevo junto a la cama de mi madre me dispuse a pasar la noche lo más cómoda posible si eso era posible, acurrucada en la dura silla de acompañante. En plena madrugada mientras intentaba encontrar una postura que me dejase estirar la espalda, vi parada ante la puerta medio abierta de la habitación a la ancianita de la 333. Me incorporé en la silla y mirándola fijamente sin creer todavía si aquello era o no un sueño, la anciana me dedicó una amplia sonrisa y un efusivo adiós con la mano a modo de despedida.

Con el corazón latiéndome a cien por hora, salí corriendo al pasillo detrás de la ancianita temiéndome lo peor dado su estado de gravedad, pero el pasillo aparecía oscuro y silencioso sin sonido alguno que delatase la presencia de persona alguna.

Al pasar por delante del puesto de enfermeras, no pude por menos que contarles lo ocurrido y cual fue mi sorpresa cuando éstas me confirmaron tras mirar las fichas de ingreso en el ordenador que en la habitación 333 no había nadie ingresado pues llevaba vacía y cerrada varias semanas debido a un problema de humedades en el techo. No creyéndome nada de lo que me decían, les pedí que viniesen conmigo a la habitación 333, habitación en la que les conté había conocido a la anciana enferma y a la cual le había regalado un ramillete de flores amarillas esa misma mañana.

Tomándome por una histérica enajenada o algo así, consintieron en acompañarme más que nada para callarme la boca y que las dejara en paz de una vez. Al abrir la puerta de la 333 el estupor cubrió el rostro de las dos enfermeras y el mio propio, pues allí sobre la mesita de la habitación lucían frescas y primorosas las amarillas flores de Diente de León que yo había regalado esa mañana a una ancianita inexistente.


La Promesa.

El sol estaba llegando a su cenit y a través de los grandes ventanales, Olivia podía ver cómo el cielo horas antes de un azul cristalino, había pasado a un rojo sangre. Había perdido ya la cuenta, de cuántos anocheceres como éste había vivido, pues su menudo y arrugado cuerpo hacía mucho tiempo que dejó de contarlos. Acostada en su mullida cama, esperaba con suma paciencia y resignación, el día en que el misericordioso señor viniese a buscarla, pero todavía no, antes alguien tenía que cumplir la promesa que le hiciera cuando todavía era una niña.

Unos suaves golpes en la puerta detuvieron sus viejos pensamientos y con apenas un hilo de voz dijo:

_ Sí, adelante.

A través del filo de la puerta, ondearon los largos rizos color fuego de su amada nieta Caty. Con sólo diez años, era mucho más madura que algunos de los adultos que conocía.
_ ¡Hola abuelita! ¿Qué tal has pasado hoy el día?
_ Como siempre cariño, divagando en cosas de viejos.
_ No seas tonta abuela, tú siempre has sido joven por dentro y una adelantada a tu tiempo. Ya podría mi madre haber salido a ti.
_ No la juzgues severamente Caty, tu madre no ha tenido mucha suerte en la vida, a excepción de tenerte a ti, claro.
_ Yo no tengo la culpa de que papá se marchara de casa, pero ella parece que así lo cree.
Acercándose a la mesilla de su abuela, Caty observó un colgante que nunca antes había visto. Colgado de una fina cadenita pendía un diminuto ángel con las alas desplegadas.
_ ¡Abuela es precioso! ¿Cómo es que no me lo has enseñado nunca?
_ ¿El qué querida? _ Y volviendo la cabeza hacía el lugar en donde se encontraba su nieta, Olivia vislumbró el pequeño colgante. De repente, su tez se tornó blanca y su corazón ralentizado por el paso de los años, comenzó a galopar sin freno alguno.
_ ¡Dios mio Caty! ¿Dónde has encontrado eso? ¡Dímelo por favor, es muy importante! ¿Ha venido alguien a traerlo? ¡Missi! ¡Missi! ¿Estás ahí?
_ Abuela tranquila, me estás asustando. El colgante lo tenías aquí, en la mesilla, justo al lado de la lamparita y el retrato del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Quién es Missi? ¿Por qué la llamabas?
_ ¡Dios mio! ¡Entonces es cierto! ¡Ha vuelto para devolvermelo y cumplir su promesa!
_ ¡Abuela qué promesa! ¡No entiendo nada!
_ Ven cariño, siéntate a mi lado y te lo explicaré.
Siendo yo pequeña, mis padres poseían una pequeña plantación en Carolina del Sur. En ella sembrábamos sobre todo algodón y algo de tabaco. Por entonces, la mano de obra eran esclavos negros que se compraban a los barcos que llegaban a puerto o a colonos de otras plantaciones.
_ ¡Abuela! ¿Has tenido esclavos? ¡Eso, eso es horrible!
_ Deja que te cuente hija mía y no nos juzgues hasta que oigas toda la historia. La vida entonces no era como ahora y allí en el Sur, la vida se limitaba a la tierra, el honor y los esclavos. Mis padres, pese a tenerlos los trataban bien, tanto que incluso no eramos muy bien vistos por los propietarios de otras plantaciones. Un día, mi padre llegó a casa con una nueva familia que había adquirido a otro colono, salvándoles de la muerte, pues éste les acusaba de robo e iba a colgarles. Yo entonces tenía ocho años y les vi llegar subidos al carro que usábamos para transportar el algodón al mercado. En él iba una niña de mi misma edad y que según me dijeron más tarde, se llamaba Missi.
En la plantación yo tenía pocas obligaciones, así que me pasaba el día corriendo por los campos o bañándome en un pequeño riachuelo que cruzaba nuestra plantación. Allí me encontré un día con Missi y fue el inicio de una gran amistad. Nos veíamos en secreto para compartir juegos y sueños acerca de lo que haríamos cuando fuésemos mayores.
Corría el año de 1860 y justo un año después de la llegada de Missi y sus padres a nuestra plantación, se declaró la guerra entre los Estados del Sur y los del Norte. Mi padre, obligado por el honor como buen hijo sureño, tuvo que marchar tras el ejército confederado, dejándonos a mi madre y a mí en una plantación llena de esclavos sin más amparo que la buena fe de éstos. En un primer momento, ninguno de ellos quiso marcharse en busca de la libertad hacia los estados del norte, pues siempre habían sido tratados con respeto. Pero la guerra se recrudeció y apenas había comida que llevarse a la boca. Entonces, muchos tuvieron que marcharse y entre ellos estaba la familia de Missi. Nunca olvidaré el dolor de sus ojos cuando nos abrazamos el día de su partida. Yo por entonces, llevaba al cuello un pequeño colgante con un ángel alado que mi padre me había regalado antes de marcharse y deslizándolo por mi cuello se lo puse a Missi, haciéndonos la promesa de que cuando acabase la guerra volveríamos a encontrarnos y ella me devolvería el colgante.
Cuando acabó la guerra cuatro años más tarde, mi familia había perdido la plantación y tuvimos que venirnos al Norte ha comenzar una nueva vida. Los años fueron pasando y jamás pude encontrar a Missi, a pesar de mis intentos. Llevo mucho tiempo esperando que cumpliera su promesa para poder irme en paz querida.

_ Pero abuela, aquí no ha venido nadie. Lo sé porque llevo toda la tarde haciendo deberes abajo, en la cocina.
_ Lo sé mi niña, pero al final si que ha venido y ha cumplido su promesa. Algún día lo entenderás. No, no me mires así cariño, que no he perdido la razón. Hay cosas, que están más allá de este mundo y hoy ha sucedido una de ellas. Ahora cariño, déjame sola, pero antes dame un abrazo muy fuerte y déjame que te ponga este bonito colgante, pues ahora te pertenece. Adiós cielo mio.

Cuando Caty abandonó la habitación, Olivia cerró los ojos y con una gran sonrisa en sus labios se dijo: “Ahora ya puedo irme contigo querida Missi. Sí, volveremos a estar juntas otra vez como prometimos”.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663030

Meryland (Baltimore), 10:30 de la noche.

La noche era muy fría, de hecho se podría decir que gélida, por las pequeñas volutas de humo que salían de la boca de Maria y formaban gracias al milagro de la condensación, pequeñas gotas de agua entorno a ésta. Su turno en la gasolinera estaba a punto de acabar y sólo tenía pensamientos para el pesado viaje de vuelta a casa una vez que recogiera a Tom de la casa de su madre.

No debería haberle cambiado el turno a Sonia, ella siempre trabajaba de mañana y siempre tenía las tardes libres para ocuparse de Tom, además vivía lo suficientemente lejos de la ciudad como para embarcarse a altas horas de la noche en viajecitos nocturnos por parajes desiertos. Recordó entonces la cara de Sonia haciendo pucheros mientras le pedía el favor de que le cambiase el turno, su nuevo novio venía de Connecticut, New York, y sólo tenían esa noche para estar juntos a solas, pues la compañera de piso de Sonia se había ido a pasar el día con su madre. María sabía que más tarde se arrepentiría de hacerlo, pero no pudo decirle que no a Sonia y su llorosa cara.

Estaba a punto de ir a cambiarse cuando el sonido de un claxon llamó su atención. Salió al exterior de nuevo y observó un monovolumen familiar parado junto al surtidor número tres. El conductor, un señor mayor de escaso pelo y poblado bigote entrecano le salió al encuentro.
_ ¡Buenas noches! buenas por decir algo je,je,je porque hace un frío que pela.
_ ¡Ya lo creo! desde el invierno de 1988 no había bajado tanto la temperatura por aquí. ¿Cuánto le pongo?
_ 50 dolares, por favor. ¡El pobre está más que seco! lo último que desearía es quedarme tirado en una noche como esta.
_ Ya lo creo amigo. ¿Va lejos?
_ No mucho, pero lo malo son las carreteras que tengo que coger, todas comarcales y con apenas puntos de repostaje.
_ Bien pues vaya con cuidado, hemos tenido problemas con el hielo últimamente y por esta zona la cobertura no es nada buena. ¡Listo, 50 dolares!
_ Aquí tiene jovencita y muchas gracias por todo.
_ No hay de qué, ¡vaya con cuidado!

Metiendo las manos dentro del bolsillo del plumas color butano que la empresa les había regalado como equipamiento de invierno, Maria volvió al interior de la gasolinera y tras consultar el reloj de pared colgado sobre el mostrador de la tienda, el cual marcaba las 10:57, decidió cerrar y cambiarse, todavía le esperaba un largo camino por delante. Se quitó únicamente los pantalones de trabajo y las botas de puntera reforzada a las que tanto le costó acostumbrarse, pues pesaban lo suyo y decidió dejarse el jersey y el plumas color butano, su frágil abrigo de lana no soportaría el gélido frío de la noche.

Salió al exterior y cruzó el parking en completa oscuridad hasta llegar a su desvencijado ford mustang, único regalo de su ex aparte de su amado Tom. La verdad es que no echaba de menos a ese borracho desgraciado que la inflaba a palizas, nunca se sintió tan libre como cuando un día desapareció y la dejó como única prueba de su paso por su vida, un embarazo no deseado por entonces y un desvencijado coche. Arrancó a la tercera, pues la batería del pobre coche estaba agonizando y más con esas heladas asesinas. Era hora de ir a recoger a Tom a casa de su madre, seguro que ya estaba durmiendo pues nunca podía conseguir que estuviera despierto más allá de las nueve y media. Con sólo seis años de edad, Tom era un niño especial, con una sensibilidad y una curiosidad insaciable, un ser extraordinario proveniente de un monstruo maltratador. Su vida, giraba en torno a él y sólo a él, era lo único puro y limpio que había sacado de su desgraciada relación.

Al llegar a casa de su madre tocó el claxon dos veces y bajó rápidamente del coche tiritando de frío. Su madre ya estaba en la puerta con Tom dormido en brazos y tapado con una manta de lunares. Cogió a Tom de brazos de su madre y tras darla a ésta un beso en la mejilla, metió al niño en la parte de atrás del coche tumbado y tapado con la manta, intentó ponerle el cinturón, pero estando tumbado era imposible así que desistió y se puso tras el volante.

La interestatal 401 era llamada por los lugareños la carretera del infierno, porque cubría una amplia zona boscosa con innumerables barrancos sepultados por enormes copas de árboles a ambos lados de la carretera, por si fuera poco, el grado de humedad era tal que el rocío helaba los márgenes del arcén haciendo dificultosa y peligrosa la conducción por esta carretera. La mala suerte había querido, que María tuviera que conducir por ella todos y cada uno de los días de la semana, pues sus escasos ahorros sólo le alcanzaron para pagar una pequeña casa labriega en medio de los desiertos campos adyacentes a la cuidad.

María quería llegar pronto a casa para acostar a Tom y poder así preparar todo para el día siguiente en que doblaba para hacer su turno. La calefacción no lograba caldear el frío ambiente interior del coche, _ ¡si pudiera subirla un poco más!, se dijo María_ Tan ensimismada iba en los botones de la calefacción que no se dio cuenta de que se había salido de la trayectoria de la carretera y estaba dentro del helado arcén. El coche libre de toda tracción, patinó y se deslizó sin ninguna atadura por el lecho recién helado del arcén. María gritó al saberse sin control alguno sobre el coche y su último pensamiento mientras caía al vacío de espeso follaje, era para su pequeño Tom y su hermoso rostro dormido.

El coche dio un par de vueltas mientras descendía barranco abajo, hasta que por fin su descenso fue frenado por un imponente árbol de retorcido tronco. María despertó mareada y con un fuerte dolor de cabeza justo en el sitio por donde sangraba sin parar. Con la manga del plumas se limpio la sangre de la cara y sin apenas moverse se giró para ver cómo estaba Tom. Este estaba en el suelo boca abajo, pues su menudo cuerpecito al no ir atado con el cinturón, había salido despedido acabando en el lugar en donde estaba ahora. María lo llamó repetidas veces y al fin pudo oír un ahogado murmullo procedente de la parte de atrás. Con una fuerza infinita de voluntad, salió del coche y decidió ir a pedir ayuda, pues ella sola nunca conseguiría subir a Tom a través del barranco.

Colisión lateral de impacto

A gatas y con las manos como apoyo, fue ascendiendo poco a poco la empinada cuesta y con la fuerza de voluntad que sólo tienen aquellos que intentan salvar la vida de un ser querido, consiguió coronar la cima y salir a la carretera. Llorando e implorando por la vida de Tom, paró minutos después al primer coche que pasó por allí. Del monovolumen familiar salió un asustado señor mayor de escaso pelo y poblado bigote entrecano.
_ ¡Dios Santo! ¿Qué le ha ocurrido?
_ ¡Mi hijo, por favor! ¡Mi hijo! ¡Abajo, en el barranco!
_ ¡ Cálmese por favor! ¿Dónde está exactamente su hijo?
_ ¡Abajo, en el barranco! ¡El coche se ha caído al barranco! ¡Está a mitad de camino, un árbol lo ha detenido y mi hijo está dentro!
_ ¡Tranquilicese por favor! ¡Voy a bajar y enseguida vuelvo!
_ ¡Dese prisa por favor!

El descenso se hacía dificultoso por lo húmedo del terreno y el llevar zapatos de suela lisa lo hacía aún más peligroso. John, el amable conductor del monovolumen consiguió llegar al destrozado coche. Echó un rápido vistazo a la parte de atrás y vio al pequeño Tom sobre el suelo entre los asientos delanteros y traseros, abrió la puerta y le buscó el pulso, el cual latía todavía aunque de forma muy débil. Al ir a sacarlo algo color butano llamó su atención en la parte delantera del vehículo, se acercó un poco más para comprobar de qué se trataba y cuál fue su sorpresa al descubrir a María con la cabeza sobre el volante con una enorme brecha.

Veinte minutos más tarde, Tom ingresaba en urgencias y era rápidamente estabilizado por el equipo médico, John no contó a nadie su extraordinaria experiencia vivida, pero sí le dijo a Tom años más tarde que él estaba vivo gracias al coraje de su madre, que supo burlar a la muerte el tiempo necesario para pedir ayuda.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663023

Como cada mañana Oliver de 10 años, salió de su casa camino de la tienda del señor Sullivan. Durante el periodo vacacional, ayudaba al anciano tendero haciendo los repartos a domicilio. Con el dinero que sacaba, Oliver iba llenando una pequeña hucha que le había regalado su tio frank por su santo. Cuando la tuviera bien llena, pensaba comprarse una bonita bicicleta de color rojo fuego que todos los días se paraba a mirar en el escaparate de la tienda del señor William, aunque no le pillaba de camino al trabajo, él siempre se detenía allí para echarle una ojeada y pasar la jornada laboral con más ánimo.

Cuando llegó a la tienda, el viejo señor Sullivan estaba realizando los pedidos del día anterior para ser repartidos por Oliver. Después de dar los buenos días, Oliver cogió una escoba y se dispuso a barrer la tienda mientras su jefe acababa los pedidos. Cuando hubo terminado de barrer, el señor Sullivan le llamó con la mano para que se acercara.
_ Oliver, estos son los repartos para hoy. Primero vas a la casa de la señora Eleanor, no te entretengas mucho con ella que después has de ir a casa del doctor Smith y por último te pasas por la villa de la señorita Anne.
_ Si señor Sullivan.
_ ¡Anda muchacho, corre! _ Esta juventud es cada día más perezosa_.

Oliver depositó las bolsas con comestibles en su vieja bicicleta heredada de su primo Rober, el cual la heredó a su vez de su hermano Cristian. La pobre bicicleta estaba tan vieja que cada pedalada de Oliver le hacía temblar los gemelos de agotamiento, eso sin contar el contínuo chirrido que producía. Todo esto pensó Oliver, se acabaría cuando tuviese su flamante bicileta roja.

Colorado como un tomate, llegó a la casa de la gruñona señora Eleanor, que siempre refunfuñando acerca de lo tarde que llegaba, lo caro de la compra y el sofocante calor que asolaba el pueblo, logró salir de allí, no sin antes llevarse uno de los acostumbrados pescozones, con los que siempre le despedía la señora Sullivan.

De vuelta en su ajada bici, saboreó lo que sería conducir a toda velocidad con su nueva bici sin hacer esfuerzo alguno. La casa del doctor Smith hacía las veces de vivienda y consultorio, asi que no era de extrañar que siempre hubiese alguién en casa del buen doctor. El letrero de “Doctor Smith” le dio la bienvenida en su acostumbrado reparto. El viejo doctor, llevaba en el pueblo toda su vida y había traido al mundo a la mayoría de sus habitantes. Después de despedirse del doctor y llevarse a la boca la dulce piruleta con la que siempre le premiaba, subió a la bici para hacer el último reparto del día. Iba a comenzar a pedalear cuando se dio cuenta de que no llevaba ninguna bolsa más, lo que significaba que o el señor Sullivan no la había preparado porque se le había olvidado, cosa nada rara por cierto, o es que él mismo se la había dejado allí mismo, junto a la puerta de la tienda. Temblando por la reprimenda que se llevaría del señor Sullivan, Oliver reemprendió el camino de vuelta a toda velocidad haber si con un poco de suerte, el señor Sullivan no se había dado cuenta de la bolsa allí olvidada.

https://i0.wp.com/i2.esmas.com/2010/01/26/96536/charlie-simpson-300x350.jpg

LLegó a la tienda sudoroso y dolorido por el sobreesfuerzo realizado, pero expectante por comprobar si estaba el pedido a la entrada de la tienda. Su decepción se hizo patente cuando comprobó que en la calle, la bolsa no estaba. Con el rabillo del ojo, observó que dentro de la tienda no se veía movimiento alguno y resuelto a llevarse una reprimenda bien merecida por otro lado, empujó la puerta de entrada a la tienda. Lo primero que notó Oliver fue un fuerte olor a quemado lo que le hizo ponerse en alerta ante cualquier fuego existente. Mirando a su alrededor observó que todo estaba tal y como lo dejó minutos antes, no había fuego alguno ni rastro de que lo hubiese habido, porque nada aparecía quemado, sin embargo, el fuerte olor a algo quemado persistía. Con una apenas audible voz, comenzó a llamar al señor Sullivan, sin obtener respuesta alguna. Armándose de valor, comenzó a andar hacía la pequeña trastienda dónde el señor Sullivan solía tener un viejo camastro, una pequeña mesa y una silla donde hacía sus cuentas. Mientras se acercaba, sintió que el olor procedente de allí se hacía más fuerte, tanto que incluso le daban arcadas. Al traspasar el umbral de la puerta, sus robustas piernas de ciclista se vinieron abajo y una fuerte arcada vació su estómago a sus pies. Sobre la silla del escritorio aparecía un pequeño montón de cenizas aún humeantes y para no dejar dudas acerca de la identidad de éstas, en el suelo, entre las dos patas delanteras de la silla, aparecía el pie del señor Sullivan con su vieja zapatilla de rombos todavía
puesta.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662958

Soy ciega desde que tengo uso de razón y aunque no recuerdo el color del cielo ni la luz del sol, mi hermano dice que hubo un tiempo en que fuí capaz de verlo. Ahora con veinte años, he logrado desenvolverme entre las sombras que rodean mi vida y me he adaptado a la oscuridad que me envuelve.
Todo esto podría cambiar de un momento a otro, pues la llamada telefónica que acababa de recibir hacia apenas unas horas, me citaba en el hospital para el día siguiente para realizarme el preoperatorio y mi posterior operación de ojos. Hacía un año y medio que estaba en la lista de espera, pendiente de una operación de córneas que diera luz a mi vida. Llegado el momento, me sentía abrumada por el paso que iba a dar, un paso que iba a cambiar mi vida para siempre.

Tras el ingreso y acostada en la dura cama de hospital, agarré con fuerza la mano de mi hermano Julián en un intento de diluir el miedo que me atenazaba. Tras una angustiosa espera, el tedioso chirriar de las ruedas de la metálica cama, me desvelaron que mi aventura camino del quirófano iniciaba su viaje. Un suave beso en la mejilla formó parte de la despedida de mi hermano, un hermano al que no conocía salvo por el tacto de mis manos.

Una semana mas tarde me encontraba de nuevo frente a un nuevo reto, el de liberarme de las vendas que ocultaban mis nuevos ojos y someterme al reencuentro de un mundo ya olvidado. Quitadas yá las vendas, un absurdo temor me obligaba a no querer abrir los ojos, tras unos momentos de vacilación los abrí y un mundo colorido aunque borroso y desdibujado hizo acto de presencia ante mí.

Los días pasaron volando abriendo un mundo de sensaciones nuevas, todo era perfecto hasta aquel primer día en que todo cambió. Mientras veía la televisión recién estrenada, de pronto me sentí presa de una terrible angustia, el aire me faltaba por momentos y mientras boqueaba cual pez fuera del agua intentando coger un poco de aire, sentí un terror ancestral al ver la imagén de un hombre enmascarado que sujetándome con su peso me intentaba asfixiar con sus manos. Poco a poco me fuí quedando sin fuerzas y cuando creí que ya había llegado mi final, de repente llegó hasta mí la voz inconfundible del presentador de la televisión dando el parte meteorológico. Como pude me incorporé y cogiendo el teléfono llamé a Julián.
– Julián soy Sara, ¿puedes venir por favor?
– ¿Te ocurre algo Sara? noto tu voz algo extraña.
– ¡Ven por favor! . Sin más colgué el teléfono y sentándome de nuevo en el sofá esperé a que llegara Julián, no sin antes taparme la cara con un cojín para no tener mas sorpresas.
Las palabras de ánimo de mi hermano aludiendo a una mas que probable pesadilla no me quitaron el mal sabor de boca de la experiencia vivida y aunque no muy conforme con sus explicaciones decidí dar por terminado el asunto.

A la semana de esta aterradora experiencia, metida en la bañera y dispuesta a darme un merecido y relajante baño, de pronto me ví sumergida por unas enormes manos que aferradas a mi cuello me envolvían a estrangular. A través del agua volví a ver a ese hombre enmascarado que tanto se esforzaba en ahogarme, patalee y forcejee todo lo que pude pero sólo llegué a fijarme en un pequeño tatuaje en forma de escorpión que levaba en el antebrazo. De nuevo, cuando ya lo daba todo por perdido la presión sobre mi cuello desapareció y allí sólo quedé yo, vomitando agua sin cesar.

He meditado mucho sobre lo que me ha ocurrido y creo que no es una alucinación o pesadilla, algo me está ocurriendo. Decidí entonces arreglarme y visitar a Laura que además de amiga de la infancia era psicóloga y seguro que podía ayudarme o al menos aconsejarme.
Mientras me peinaba mis rubios cabellos, de pronto el espejo me devolvió la imagen de otra mujer de pelo negro y tez morena; el peine se cayó de mis manos y lo seguí con la mirada. Al volver a mirar al espejo, la imagen que ahora estaba allí era la mia. Ahora más que nunca tenía que hablar con Laura.

Llegué a su consulta en diez minutos y Tina su secretaria me dijo que esperara en la salita hasta que terminara con el paciente que tenía Laura. Para mantener ocupada mi mente cogí un periódico atrasado, al pasar la primera página el corazón se me aceleró y me sentí desfallecer. Allí en la página central aparecía la foto de la mujer que había visto en mi cuarto de baño con un titular a grandes letras: MUJER HALLADA ESTRANGULADA EN SU PISO, SIN PISTAS SOBRE EL ASESINO.

Cogí el periódico y dejé la consulta sin decir adiós. Dentro del coche dí vueltas sin saber adónde ir o qué hacer. ¿Qué demonios me estaba pasando?
Al pasar frente a una comisaría de policia, instintivamente pisé el freno. Entré en ella y pedí hablar con algún detective. Allí sentada frente a él, le conté todo lo que me había pasado a riesgo de parecer una loca. Por último le enseñé la foto de ella en el periódico. Muy amablemente el joven detective tomó nota de todo, incluido el pequeño detalle del tatuaje en forma de escorpión y acompañándome a la salida me prometió estudiar el caso y llamarme si había novedades. Se notaba que se deshacía de mí con mucha educación.

El sonido del teléfono aceleró mi pulso, descolgé y escuché una voz vagamente familiar.
– ¿Es usted la señorita Sara López por favor?
– Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
-Perdone, soy el detective Martinez, hablé con usted hace un par de días acerca de un caso sin resolver ¿lo recuerda?
-¡Cómo olvidarlo! ¿hay novedades? ¿sabe algo más?
-Por supuesto. Verá, la mujer asesinada se llamaba Sofia Vazquez y no había pista alguna sobre su asesino. Extraoficialmente seguí la pista del hombre del tatuaje que me dio y ¡bingo! era un antiguo amante que despechado por haber sido rechazado decidió asesinarla. En su casa encontramos la máscara y los guantes con los que la asesinó, los cuales coinciden con las fibras halladas en la alfombra de Sofia.
Tuve que sentarme para no caerme y aferrar con fuerza el teléfono, la voz al otro lado de la línea parecía lejana.
– ¿Sara sigue ahí?
– Sí, aquí estoy.
– He de darle las gracias en nombre de todo el departamento, sin su ayuda este sería un caso mas sin resolver en nuestros archivos. ¡Ah por cierto! mientras investigaba el caso de Sofia, encontré en el forense el historial del caso y hallé que había donado sus ojos ¿adivina quién recibió sus córneas?
No pude oir nada más porque el teléfono resbaló de entre mis manos y por unos instantes mi vida volvió a la oscuridad de la que no debía de haber salido.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1006086542839

Mi Hijo Luis.

El monótono zumbido del despertador anunció a Cristina que era la hora de levantarse y preparar el desayuno para su hijo Luis. Tranquilamente se desperezó y se dirigió al cuarto de baño. Allí, frente al espejo y mirando fijamente su rostro, se dijo cuán rápido había pasado el tiempo. Esas pequeñas arrugas entorno a sus ojos y las delgadas líneas que surcaban su frente, le hicieron recordar que había pasado yá más de dieciocho años desde que diera a luz a su hijo Luis.

Luis, su más tierno amor y su más terible quebradero de cabeza. Desde que se quedara viuda hacía yá más de dos años, apenas si tenía comunicación con su hijo y cuando la había , era para salir discutiendo. Eso mismo había pasado esa noche, sin saber cómo ni por qué, los dos acabaron diciéndose cosas que no sentían y todo acabó cuando su hijo dando un portazo a la puerta, salió a la calle dejando tras él, una extraña sensación de vacio en Cristina.

Mientras se preparaba un café, pensó a dónde habría dormido esa noche, quizás en casa de su amigo Antonio o quizás de Laura, esa nueva chica con la que salía desde hacía unos días.

El ruido de la puerta de la calle, la sacó de sus pensamientos. Se asomó a través de la puerta de la cocina y vio a su hijo Luis con la misma ropa del día anterior, medio despeinado y con mala cara. Iba a decirle algo, cuando éste se dirigió rápidamente a las escaleras y subiendo éstas, se metió en su habitación. Iba a seguirle cuando el sonido del timbre la hizo dirigirse a la puerta y abrirla. Se quedó un poco azorada cuando vio a dos policias uniformados con cara de circunstancias.

Tuvo que agarrarse al marco de la puerta cuando éstos con voz temblorosa, le comunicaron que su hijo Luis había muerto esa noche mientras conducía a toda velocidad por la ciudad.

https://i2.wp.com/latrola.net/blok/wp-content/gallery/accicoches/broke_29.jpg

Casi a gatas, subió las escaleras camino de la habitación de Luis, asió el pomo, lo giró y abrió la puerta. Allí no había nadie, sólo se oía el sonido entrecortado de su jadeante respiración.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663016

Tengo miedo. El sol empieza a ocultarse y con él se van mis esperanzas de poder salvarme. No soy tan fuerte como para poder resistir así mucho más tiempo.
Todo empezó hace dos meses. Yo estaba como cada noche, tomando un relajante baño de espuma. Ese era un capricho que podía permitirme siempre que acababa mi jornada en el bar de Tony’s. El agua caliente calmaba el lacerante dolor de mis pies; diez horas sirviendo mesas acababa con la circulación de cualquiera.

Al principio fue un pequeño roce en la piel, apenas si le dí importancia, quizás la cortina me hubiese rozado. Después, fue una presión más fuerte en la zona de mis muslos; en un abrir y cerrar de ojos me ví sumergida en la bañera prisionera de algo o alguién que me axfisiaba con su peso. Por más que lo intentaba no lograba quitármelo de encima, tras varios minutos de extensa agonía, sentí mi cuerpo liberado y agarrándome al borde de la bañera, salí escupiendo agua y lágrimas al mismo tiempo.

Ya más calmada, regresé al dormitorio y tras ponerme el camison, me tumbé en la cama e intenté no pensar en lo sucedido. El sueño me sobrevino cuán bálsamo para mi destrozado cuerpo, pero eso era una mera ilusión, pues de pronto sentí como mis senos se hundían como si unos dedos estuviesen acariciándolos, mis piernas fueron separadas de forma brusca y el camison subido poco a poco hacía mis caderas. El peso, otra vez ese peso sobre mí, alguien que abusaba de mi cuerpo una y otra vez sin miramientos, alguién que me hacía daño para su puro placer y yo entre la locura y la lucidez, no sabiendo qué hacer ni cómo parar aquello. De repente, todo cesó y cual flor marchita, me recojo echa un ovillo intentando hacerme lo más pequeña posible, lo más invisible posible.

Desde ese día, hace yá más de dos meses, no hay ni una sola noche en que ese terrible visitante no aparezca. Estoy sola y sin posibilidad de ayuda, he rebasado la frontera entre la razón y la locura. Esta noche cuando vuelva a por mí, sólo encontrará la cáscara que envuelve mi alma, ya no habrá más dolor para mí.
Esa noche, tumbada en la cama, yacía el cuerpo sin vida de Isabel, una dulce sonrisa desafiaba al visitante, una sonrisa de triunfo que destacó aún mucho más cuando al caer el sol pudo escucharse el agónico grito del visitante.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663009

No sé cuando empezó todo esto. Quizás con mi nefasta decisión de comprar esta dichosa casa con jardín, pero María, mi esposa, siempre había soñado con una casa así, y yo ¡claro!, nunca he podido decirle que no a nada.

https://i1.wp.com/www.calamontero.com/images/enelgolf/chalets-pareados/foto_chalets_pareados.png
La casa en sí era bastante normal durante el día, pero al caer la noche, suceden cosas extrañas dentro de ella. Sin ir más lejos, la primera noche en ella, estaba yo viendo la televisión repantingado en mi viejo sofá de orejas, cuando la temperatura bajó por lo menos diez grados. Llamé a mi mujer, pues lo primero que pensé, fue que había conectado el aire acondicionado, aunque claro, en pleno noviembre era algo impensable. Su voz amortiguada por los sonidos del televisor me llegó con una clara y rotunda negación.

_ ¡Pues claro que no Luis! ¿Te crees que estoy loca o qué?

Es curioso, pero arrastrando mis viejas zapatillas por el linóleo suelo de mármol, me dirigí hacía la cocina para explicarle que en el saloncito hacía frío, un frío repentino que calaba hasta los huesos. Cual fue mi sorpresa al descubrir que en dicha estancia, la temperatura era normal y no había variado ni un solo grado. Sin encontrar explicación alguna, opté por irme a la cama y dejar correr el incidente. Pero varios días después, cuando iba a coger las llaves del coche para irme a trabajar, no dí con ellas y eso que siempre las dejo en el mismo lugar, en el primer cajón del aparador que tenemos a la entrada. Enojado por creer que María las había cogido, cosa que nunca hacía porque ella odiaba mi coche por ser demasiado grande y prefería su utilitario; cogí las de repuesto y al coger mi maletín que había dejado en la cocina, las ví, estaban allí, colgadas del ganchito en el que María ponía el paño de cocina. Mi malhumor aumentó por creer que María esta vez se había pasado con la bromita. Esa noche me juró y perjuró que ella no había sido y dimos por zanjado el tema.

A partir de ese día, los cambios de lugar de los objetos no pararon de producirse, lo que hizo empeorar la convivencia entre María y yo. Las bajadas de temperatura eran constantes y el televisor hacía semanas que cambiaba de canal él solo.

Hace días que María me ha dejado, se ha ido con su madre porque dice que ya no soporta más esta dichosa casa, que tiene miedo y no aguanta más. Es gracioso, yo compré la casa por ella y ahora soy yo el que vive en ella y solo. Creo que aquí pasa algo raro, extraño, pero no sé que puede ser.
Esta mañana ha ocurrido algo que me hace temer por mi seguridad. Al entrar en el cuarto de baño, he visto escrito en el espejo con una barra de labios que María debió dejarse olvidada: “Largate de aquí o lo lamentaras”. ¿Quién ha escrito algo así?, aquí no hay nadie salvo yo, o eso creo, porque ultimamente parece como si me observaran y siguieran a todas partes cuando estoy en la casa. Hace días que no como ni duermo. Me han echado del trabajo y ya ni siquiera tengo noticias de María. Esta casa me está consumiendo poco a poco, absorviendo la poca energía vital que me queda, mi último aliento.

https://i0.wp.com/www.bajo-segura.com/vega_baja_2009/alicante_policia_nacional_100309_ok.JPG

El ruido de las sirenas de los coches de policia rompieron el silencio de la noche. Allí, en medio del jardín, estaba María presa de un ataque de nervios, contando a quien quisiera oirla, como había ido a la casa para ver como estaba su marido del que no sabía nada desde hacia semanas. Como al abrir la puerta, le llegó un olor a putrefacción y a comida descompuesta, como encontró a luis sentado en su sillón favorito, inmovil, con una cara de terror en sus facciones dificil de describir y entre sus dedos agorrotados yá por el rigor mortis, un crucifijo de plata.

Ahora desde el otro lado, ya sé el secreto de esta casa, de sus otros moradores que en ella habitan. Seres malignos atrincherados en ella, que necesitan de los vivos para seguir viviendo en una vida sin vida. ¿Lo más gracioso?, que yo formo parte ahora de ellos y de ésta maldita casa, esperando a que muy pronto vuelva a ser habitada.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015663047

El día no había ido nada mal, pensó Luis mientras miraba la esfera de su reloj viceroy. Las 11:45, quince minutos más y llegaría el relevo. hacía tres semanas que curraba de vigilante en una Central Eléctrica a las afueras de una pequeña ciudad. El trabajo no es que le volviera loco pero tal y como estaban las cosas, eso era mejor que seguir en la cola del maldito paro. Los primeros días de trabajo se hicieron amenos por lo de la novedad y todo eso, pero ahora la rutina empezaba a hacer mella en su estrecha garita de control.

Pensó en julia, su mujer, en lo calentito que le estaría dejando su lado de la cama, pues esa noche hacía un frío que pelaba. Recogió el termo con el poco café que le quedaba y lo metió en la mochila que siempre llevaba. Apagó el mp4 y lo guardó también, asi como el libro de “Leyendas Urbanas” de Alberto Granados, que estaba leyendo. ¡Joder! como se le ocurriría a julia comprarle ese libro para que lo leyera precisamente en el curre. Tendría que decirle que le comprara otro pero no sabía a qué tenía más miedo, si a las historias del libro o a la ira de su mujer. Según ella, era un libro extraordinario que tenía que leer para poder compartir ideas con ella y bla…bla…bla….; cuando empezaba con estos temitas no acababa nunca. Primero las sesiones de tv los domingos con el dichoso Iker y los raritos de su programa, después se le metió en la cabeza sintonizarle la Cadena Ser para que escuchara otra vez al subsodicho Iker en Milenio 3 y por si fuera poco le compra el librito de las leyendas esas. A veces creía que a su mujer le faltaba un tornillo o algo así. ¿Qué tenía de gracioso o fascinante oir cosas de miedo a todas horas?, además seguro que todo eran historias inventadas para quedarse con la gente.

El ruido de la puerta al abrirse le hizo darse la vuelta y encontrarse cara a cara con José, su relevo de esa noche.
_¡Hey colega! ¿cómo va eso?
_ Tranquilo como siempre. Tengo unas ganas de llegar a casa que ni te cuento. Firmo la salida y me piro ahora mismo.
_ ¡Suerte la tuya! ves despacio que están probando el nuevo alumbrado y han dejado sin corriente medio pueblo.
_ ¡Pues vaya una M****! asi no hay quien llegue pronto a casa. Bueno tio
nos vemos mañana.
_ Venga, hasta mañana Luis. Que descanses hombre.

Metido yá en su Seat Ibiza, Luis arrancó el motor a la primera, metió marcha atrás y maniobró hasta poder enfilar el carrterin que salía de la Central y conectaba con la C-306.
La luna brillaba por su ausencia por lo que la noche parecía boca de lobo en esos parajes sin edificación alguna. Nervioso por el silencio y negrura de la noche, decidió poner la radio del coche, en ello estaba cuando al desviar la vista un segundo de la radio a la carretera, se tensaron todos sus músculos y metiendo el pie a fondo en el freno, paró el coche en seco. ¡Joder! ¡No podía ser! acababa de ver a un hombre andando por la carretera y sin el maldito chaleco reflectante. ¡Mira que si le atropello!, echando mano a la manija de la puerta del coche, abrió ésta y bajó. A unos 50 metros del coche, aún bajo la luz de los faros, había un hombre detenido en la gravilla del arcén.

_ ¡Eh, oiga! ¿Le ocurre algo? ¿Está bien?
El misterioso hombre sonriendo de oreja a oreja dirigió sus pasos hacia él, andando de forma cansina. Al llegar a su altura se quedó allí sin decir nada, como embobado.

_ ¿Le llevo a algún sitio? ¡Suba hombre! y abriendo la puerta de al lado del conductor le instó a subir. El callado caminante se subió sin mediar palabra. Luis hizo lo propio y arrancando el coche, comenzó a comerse los kilómetros sin que el extraño pasajero terciara palabra alguna. Violento por la situación, decidió sacar algún tema del que poder hablar.

_ Vaya susto que me ha dado amigo. Después de las historias que uno ha leído de apariciones y cosas de esas en los caminos, casi me da un infarto al verle.
_ Lo supongo. Disculpe usted el susto, pero es que soy médico forense y de camino hacia un aviso de urgencia se me ha averiado el coche, asi que he decidido hacer el camino de vuelta al pueblo andando, en vista de que por aquí no pasaba nadie. Usted ha llegado como caido del cielo.
_ ¡Pues me alegro de haber pasado hombre! Por cierto, ¿A dónde iba usted de urgencias?
_ A una Central Eléctrica que hay cerca de aquí, por lo visto al vigilante lo ha encontrado su compañero muerto cuando iba a hacerle el relevo. ¡Pobre hombre!, por lo visto sólo llevaba 3 semanas trabajando allí.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662972