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En las entrañas de este pequeño estado, detrás de la Iglesia Bautista de Chestnut Hill en la ciudad de Exeter, se encuentra la tumba del vampiro más famoso de Nueva Inglaterra, el de Mercy Brown .

Mercy Lena Brown (Exeter, Rhode Island, EUA, 1873- 1892) fue una joven fallecida a causa de la tuberculosis pulmonar y que por sospechas de haberse convertido en un vampiro su cuerpo fue exhumado el 18 de marzo de 1892 en el cementerio de Chestnut Hill, en donde había sido sepultada, para sacarle el corazón y quemarlo.

MERCY BROWN

Su caso es famoso en los anales del folclore de EUA por ser el más reciente y quizá el último con los cánones del mito del vampiro y en la literatura popular la llaman “la última vampiro de Nueva Inglaterra.

George T. Brown era un agricultor muy respetado en Exeter que repentinamente vio como una rara enfermedad se cebaba en todos los miembros de su familia, matándolos uno a uno.

La primera en fallecer fue su esposa, Mary Eliza, en 1883 debido a la tisis. Sis meses más tarde y apenas repuesto de esta pérdida, la muerte le sobrevino a su hija Mery Olive de 20 años. Algunos años después, Edwin, otro de sus hijos que por entonces trabajaba en una tienda como vendedor, también comenzó a manifestar los síntomas inequívocos de la tuberculosis.

Consultado el caso con el médico, éste recomendó que lo mejor era que el joven cambiara de aires por lo que Edwin fue enviado a Colorado Springs con la esperanza de encontrar una cura en las aguas minerales.

Mientras su hermano Edwin estaba fuera la siguiente en presentar los síntomas fue Mercy Brown, quien finalmente moriría el 17 de enero de 1892 con apenas diecinueve años de edad. Su cuerpo fue almacenado en la cripta de piedra a la espera del entierro después del deshielo de la primavera.

Cripta de piedra

Cripta de piedra donde fue metida Mercy.

Desesperado por esta terrible sucesión de pérdidas, George Brown comenzó a prestar oídos a los rumores de vampirismo que rondaban por el pueblo.
Acaso para preservar la vida de su último vástago aceptó la propuesta de un grupo de entusiastas y decidió exhumar los cadáveres de su familia para ratificar si éstos efectivamente habían caído en las garras de un vampiro.
Con la ayuda de Harold Metcalf, un médico de Wickford, exhumaron los cuerpos la exhumación se produjo el 18 de marzo de 1892 en el cementerio de Chestnut Hill. La comitiva iba encabezada por el médico familiar y un periodista de The Providence Journal.

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Al abrir las tumbas se descubrió que los cuerpos de su esposa Mary y su hija Mery Olive habían sufrido la descomposición propia en estos casos, pero el cuerpo de Mercy Brown lucía tan radiante que incluso superaba en belleza al que había mostrado en vida.

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En medio de una gran agitación se aguardó a las primeras horas de la noche donde varios testigos afirmaron que los ojos de Mercy Brown se abrieron repentinamente en la oscuridad de la fosa.

Es así como el cuerpo de Mercy Brown fue profanado de la forma más brutal. Se le arrancó el corazón y se lo redujo a cenizas en una roca cercana. Las cenizas se mezclaron en agua y fueron consumidas por Edwin como medicamento para su enfermedad. Por desgracia, esto no impidió que Edwin falleciera dos meses más tarde.

El caso de Mercy Brown tuvo una gran difusión mediática. Se produjo una fuerte controversia pública, que poco a poco fue perdiendo peso a medida que los rumores sobre extrañas apariciones en el cementerio de Chesnut Hill comenzaron a ganar espacio en la prensa.

Se habló de criaturas difusas, oscuras como sombras, moviéndose entre los árboles añosos, devorando ranas, aves y gatos; incluso se hallaron rastros de una mortaja, de un vestido desgarrado y tibias roídas que sugerían la posibilidad de que las profanaciones seguían realizándose de forma sistemática.

A día de hoy las personas han informado que experimentan una variedad de fenómenos extraños dentro de ‘las paredes de este cementerio. Muchos testigos han afirmado haber visto el fantasma de Mercy Brown paseando por el cementerio en noches de luna llena. Otros informan haber oído el llanto de una mujer joven o ver una luz azul brillante cerca de la lápida de Mercy de Brown .    La mayoría de las personas que han visitado la tumba hablan de la sensación de que están siendo observados.

Para los más aventureros, decir que usted tiene que si llamas tres veces en su tumba y dices “Mercy L. Brown es usted una vampiro? ” Mercy hablará o aparecerá.

El parque está abierto al público durante todo el año, desde el amanecer hasta el anochecer. Si deciden visitar la tumba de Mercy Brown, por favor, tener en cuenta estas cosas. No vayáis solos, ir siempre con una buena linterna y un repuesto de baterías y sobre todo mantener las llaves del coche fácilmente disponibles.

Se sabe que cuando Bram Stoker viajó a Nueva Inglaterra se interesó vivamente en el caso de Mercy Brown; y que al menos el episodio de la exhumación de Lucy Westenra en la novela de vampiros: Drácula, rito encabezado por el profesor Abraham Van Helsing, está parcialmente basados en su historia.

Otro dato a destacar manifiesta que miembro ilustre de la comunidad de Rhode Island, H.P. Lovecraft; se refiere directamente al caso de Mercy Brown en su relato de terror: La casa maldita (The Shunned House).

Fuentes consultadas:

gothicembrace.blogspot.com

http://oscuridadoculta.blogspot.com.es/

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Como cada día al caer el sol, abrió los ojos y sintió la necesidad de estirar los músculos, aunque al igual que siempre, refrenó dicho deseo porque sabía que no era posible.
Poco a poco, levantó la pesada losa que cubría su cuerpo y una vez que estuvo semiincorporada, plantó una de sus esbeltas piernas en el linóleo suelo seguida de la otra. Ya en pie, estiró sus músculos uno a uno y en un acto de banal coquetería, se atusó los cabellos.

Subió los tres peldaños que daban acceso al pasillo de la planta baja, de la casa estilo victoriano que heredó siglos atrás, cuando todavía era una persona con sentimientos y vida propia.

Paseando la mirada por el maravilloso salón con muebles estilo Luis XV, recordó no sin cierta nostalgia, cuando la música inundaba todos y cada uno de los rincones del espacioso salón, convertido entonces en un salón de baile.

Su padre, un rico terrateniente de Carolina del Sur, se complacía en invitar a lo más granado de la sociedad sureña, para exhibir a su bella hija como una de sus posesiones más preciosas.
La vida era para ella eso, un sin fin de bailes e invitaciones para tomar el té, en compañía de otras distinguidas señoritas sureñas de banal palabrería. Pero ella buscaba algo más, algo que llenara esas tediosas tardes de continuo ir y venir, sin hacer nada provechoso.

Entonces, un día, durante la tradicional cena de gala en honor de los soldados de la Confederación, apareció él. Iba con un recién almidonado uniforme del ejército sureño y sus brillantes galones de teniente.

Durante las presentaciones, no pudo apartar los ojos de su bello rostro, más bien pálido, que le confería un atractivo especial. No fue, sino al estrechar su mano, cuando notó cierta frialdad en ella y ausencia de cualquier rastro de venas corriendo por ella. Ese fue el inicio y el final de su vida tal y como ella la había conocido, un punto de inflexión del que no volvería atrás jamás.

Las semanas pasaron volando y sus escarceos con el guapo teniente se iban consolidando, siempre a escondidas de la férrea mirada paterna. Nunca reparó en por qué su cuerpo nunca estaba tibio, sino más bien frío y de una palidez marmórea, por qué aparecían ojeras en sus ojos inyectados en sangre cada cierto tiempo, que siempre desaparecían coincidiendo con días de ausencia.

Así, pasaron los meses hasta que un día, su padre le presentó a cierto caballero que la pretendía en matrimonio. Ella se negó, aduciendo que estaba enamorada de otro hombre, pero su padre se negó a escucharla y comenzó los preparativos de la boda. No conforme con eso, también la confinó en casa prohibiéndola salir bajo cualquier pretexto, fuera del recinto familiar.

Fue así, como se sumió en la desesperanza de un amor que la consumía por dentro y por fuera, y alejada de toda esperanza de vida sin él, decidió dejarse morir poco a poco. Ni el carácter autoritario de su padre, ni el consuelo de los médicos que profanaban su cuerpo con mil y un tratamientos, lograban sacarla de su estado de autodestrucción.

Cierta noche, mientras el final parecía inminente, algo rompió el silencio de la noche fuera de la ventana de su alcoba. Ajena a todo, y sumida en la inconsciencia, no vio como su joven amor abría la ventana de su habitación y lograba colarse dentro de ella.

Con desesperanza en los ojos, el joven teniente se acercó al lecho de muerte de su amada y cogiéndola entre sus brazos, pidió perdón por lo que estaba a punto de hacer. Dándole un suave beso en los labios, recorrió su hermoso rostro hasta llegar a su terso cuello, en el que apenas si latía ya una débil llama de vida. Cerrando los ojos, apoyó en ella sus desmesurados incisivos y mordió para extraer el dulzón líquido. cuando supo que ya era suficiente, apartó su rostro de el de ella y sintiéndose un ser abyecto por condenarla a una vida sin vida, desapareció tal y como había llegado.

Su estado empeoró de la noche a la mañana, y su padre en un último acto de fe, trajo a un sacerdote para que le administrara los últimos sacramentos.

Por fin, como si de un milagro se tratase, ella abrió los ojos, unos ojos sin apenas brillo pero llenos de una sed irremediable. Sin saber qué le ocurría, salió corriendo de la habitación y en su loca carrera, se encontró con su desconsolado padre. Presa de una sed irrefrenable, hundió sus dientes en su flácido cuello y no lo soltó hasta que se sintió llena del líquido elemento.

Cuando por fin fue capaz de entender lo que había hecho, al ver el cuerpo sin vida de su querido y amado progenitor, quiso morir también ella allí mismo, sin saber todavía el grado de su eterna condena.

Allí sigue todavía, en el ahora lúgubre caserón que la vio nacer, intentando espiar la culpa que lleva clavada en su muerto corazón, condenada a amar y odiar a partes iguales, a aquél que la convirtió en lo que hoy es y a no tener descanso por los siglos de los siglos.

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Aquella húmeda noche, Alice volvió a levantar la fría losa que cubría su cuerpo, tal como lo venía haciendo desde hacía un siglo atrás. Los movimientos mecánicos ya aprendidos a lo largo de los años, la llevaron a la primera planta de su colonial casa. De la que antaño fuera una de las más ricas plantaciones de Charleston, en Carolina del Sur, hoy sólo quedaba una negra y mugrienta fachada quemada por el paso del ejército del norte por tierras sureñas. Los terrenos antaños ricos en algodón hoy eran devorados por las malas hierbas, tan yermos y sin vida como lo estaba ella.

Condenada a vivir pero sin vida, no había día en que no reviviera su historia, maldecida por el más grande amor que nunca nadie pudo tener. A modo de pequeño flash, pasaron por su mente las fastuosas fiestas de papá en el viejo salón de baile, con lo más granado de la sociedad sureña y los insulsos y tediosos tés en compañía de sus aburridas amigas. Pero sobre todo era la visión de él, lo que llegado a ese punto le partía el corazón, un corazón quieto y silencioso pero que antaño repicaba cual campanilla ante su presencia. Alice no estaba preparada para la llegada de él, pero cuando lo hizo, se aferró a él tan fuerte que no pudo soltarlo sin soltar también su vida.

Vivía recluida en la antigua casona donde nació y vivió sus últimos días de juventud, con la única compañía de sus viejos recuerdos acerca de una vida ya casi olvidada por el paso del tiempo. Había visto nacer y morir a todas aquellas personas que conocía, oculta siempre entre las sombras y mirando así, a hurtadillas a través de los grandes ventanales de otros hogares, se maldecía por aquel amor que arruinó su corta vida.
El tiempo, siempre inexorable en su paso, la dejó cada vez más aislada en su propia condena eterna e imaginaba con cierto regocijo, una y mil formas de poder acabar con su vacía vida.

Ese atardecer preveía una noche cerrada y el violento susurrar de los árboles antaño fuertes y vigorosos la hizo estremecer, ya no de frío pues su cuerpo vivía ajeno a cualquier cambio climático, sino porque aquél susurrar le traía antiguos recuerdos de hogares felices junto al fuego de la chimenea, mientras los niños jugaban y sus padres se daban besos robados a la luz de los rescoldos.
Unos ligeros pasos en la puerta principal, captaron toda su atención. Con sumo sigilo y sin apenas rozar el aire, se colocó tras la gran puerta de roble que daba entrada a la mansión. Aguzó su desarrollado sentido del oído y apenas pudo percibir un leve siseo al otro lado de la puerta. Esperó unos minutos para ver si quien había tenido el coraje de acercarse hasta aquella desvencijada casa, cejaba en su empeño y se marchaba. Al ver que nada cambiaba y que el tenue siseo seguía allí detrás, decidió salir por la parte de atrás y atisbar desde el lateral de la casa quién o qué era aquello que importunaba su soledad.

Si bien llegó a su improvisado mirador en apenas unos segundos, la figura que momentos antes estaba parada frente a su puerta, comenzaba a bajar los escalones muy lentamente. No era la primera vez que algún forastero perdido por los mal indicados caminos comarcales del Estado, había llegado hasta allí en busca de alguna indicación, pero al ver el abandono de la propiedad en cuestión, solía dar media vuelta sin siquiera mirar atrás. Era raro que nadie del pueblo bajara por allí, pues a través del tiempo los rumores acerca de una maldición que envolvía la casa, había librado a Alice de visitas inoportunas. Iba a dar media vuelta y entrar en la casa, cuando algo en la figura que ya se alejaba por el camino de entrada, llamó su atención.

Un ligero recuerdo se filtró por un resquicio de su atormentado cerebro. Aquellos hombros y el recio caminar, aquél hermoso pelo…….Dando un súbito paso atrás y con una mano en el pecho y otra en la boca acallando un doloroso grito, se dejó caer contra la fría y quemada pared de piedra. El leve contacto contra ésta fue lo suficientemente audible, para que la figura detuviese sus pasos y se diese la vuelta, de esta forma Alice pudo comprobar que el mayor y más terrible de sus temores se había hecho realidad.
Aún después de tantos años no había olvidado su cuerpo, sus ojos, el tacto de sus frías manos tan pálidas como el resto de su cuerpo, incluso su olor, ese olor tan especial que hoy ya sabía era debido a su especial alimentación.

La figura aún vacilante, sin decidirse a desandar el camino, observó fijamente la pálida figura apoyada contra la pared, aquella por la que olvidó lo que era y con la que un día soñó una vida distinta.

_ ¡Alice, soy yo! Susurró en mitad de la noche. ¿Puedo acercarme?

Esa voz, esa suave voz que tanto amó. Alice se sentía paralizada, ajena a toda realidad que no fueran los recuerdos de su amor por él, pero también al triste final de su vida y la de su padre, víctima inocente de un amor maldito.
La figura comenzó a acercarse muy despacio, tanto, que los pocos metros que los separaban se hicieron interminables para Alice. Cuando lo tuvo frente a ella y se miró en sus azules ojos, supo que estaba de nuevo irremediablemente perdida en ellos otra vez.

_ ¿Estás bien Alice? Por favor, ¡Hablame amor mio!

Recuperada ya del primer impacto emocional, Álice irguió su marmóreo cuerpo y se enfrentó a su peor pesadilla.

_ ¿A qué has venido John?. Alice apenas pudo reconocer aquella fría y dura voz, que pugnaba por salir de sus fríos labios.

_ ¿Y tú me lo preguntas Alice? Estoy aquí por ti, porque te amo y no puedo olvidarte.

_ Tú sabes que este amor está maldito. Nunca debí de amarte John. ¡Maté a mi propio padre! Le desangre como a un animal y me condene por ello eternamente, me odio tanto a mi misma que a veces no soporto mirar mi propia imagen.

_ Aquí el único maldito soy yo Alice. Yo te condene a este infierno porque no soportaba ver cómo te ibas de este mundo, dejándome a mí en él. Llevo más de un siglo abrasado por la culpa, devorado por unos recuerdos que me atormentan noche y día. ¡Necesito que me perdones Alice!

_ ¿Que te perdone John? ¡Estoy muerta en vida! Nunca sabré lo que es el calor de un hogar, el llanto de un niño entre mis brazos que nace a una nueva vida. ¿Que te perdone John? ¿Y cómo me perdono a mí misma? Cómo puedo borrar de mi cabeza el horror que vi en el rostro de mi padre, mientras le arrebataba su pobre vida. ¿Y qué me dices de las personas a las que he tenido que matar, matar John, para alimentarme? Si quieres mi perdón, haz que todo esto desaparezca de aquí adentro, de mi cabeza, devuélveme la paz que un día tuve y te perdonaré.

_ ¡Dime cómo puedo hacerlo amor mio y lo haré! Dios sabe que lo he intentado todo, pero el tiempo no puede volver atrás, no puedo hacer que seas quién eras antes de todo esto.
_ Sí puedes John. Acaba con mi miserable vida y devuélveme al menos la paz que un día perdí.

_ ¡No puedes hablar en serio Alice! ¿Me estás pidiendo que acabe con lo único que he amado en este vacío mundo?

_ John, si me amas de verdad lo harás por mí, porque jamás podré volver a estar contigo mientras los remordimientos sacudan mi mente. ¡Liberáme por favor! No me condenes a seguir viviendo así.

_ Lo siento Alice, ¡No puedo! Te amo demasiado para ser yo quien acabe con tu vida.

_ ¿Qué vida John? ¿Qué vida?

Pero John, dándole la espalda a Alice, apenas pudo escuchar sus últimas palabras, pues adonde antes se erguía su esbelto cuerpo, apenas quedaba ahora una ligera brisa.

Abrazada a su propio cuerpo, Alice entró en la casa. Por su mente atormentada pasaba una y otra vez el amado rostro de John, sus hermosos ojos azules, sus labios y sus finas y pálidas manos. Le amaba dolorosamente, pero sabía que jamás podría ser feliz con él, no mientras la culpa fuera dueña y señora de sus pensamientos. Su única salida era acallarla dejando atrás este frío cuerpo que la tenía prisionera, un cuerpo que la condenaba a una noche sin día y un día sin noche.
Las noches y los días se sucedieron cuál minúsculos pedazos de tiempo para Alice. Ya no sólo era prisionera de la culpa, sino también de un amor que había vuelto dolorosamente a su vida.

Tenía sed y sabía que debía de buscar alimento muy pronto, antes de que el desenfreno por saciar ésta, la convirtiera en una asesina voraz. Hacía tiempo que no se alimentaba de seres humanos, sí lo hizo durante un tiempo en que la sed la volvía loca y no podía refrenarse. Pero poco a poco, empezó a comprender y conocer su cuerpo y sabía que era mejor alimentarse antes de estar sedienta. Esto la hizo buscar otras alternativas, como la de pequeños animales que llegaban a sus campos en busca de yerbas y refugio. Fue así como probó topos, ratas, conejos y hasta algún que otro perro y gato que se dejaban caer por allí. Todo era bueno con tal de no matar a ninguna persona más.

El invierno dio paso al otoño y el suave rumor de las hojas trajo consigo noticias de John. Varias veces Alice pudo verle a lo lejos, con la mirada siempre puesta en la casa, pero nunca se acercaba hacia ella. Alice le observaba allí, quieto, pétreo cual estatua, pero podía sentir sus escrutadores ojos azules sobre ella. Así, el otoño dio paso a la primavera y ésta al verano sin ninguna noticia de él.
Los primeros fríos de invierno trajeron la férrea lluvia sureña y tras ella un manto de blanca nieve cubrió los campos. El lento devenir del tiempo atormentaba cada día más a Alice que ya no albergaba esperanza alguna de que John aceptase liberarla de su condena.
Una noche, mientras regresaba de sus acostumbradas salidas nocturnas, vio movimiento dentro de la casa. Alertada por lo inusual de la situación, decidió entrar por una de las ventanas laterales. Completamente a oscuras, recorrió las conocidas estancias sin percibir nada, hasta que llegó al salón de baile. Entonces le vio, allí estaba él, tan apuesto y gallardo como cuando lo vio por primera vez en ese mismo lugar. Llevaba puesto el mismo uniforme de la confederación con sus galones de teniente. El tiempo pareció formar un súbito remolino alrededor de Alice y de pronto se vio rodeada de un sin fin de parejas bailando al son de la música sureña. Las risas brillaban al unísono de las lágrimas de cristal de las lámparas del salón y los coqueteos de las distinguidas damas del Sur, robaban besos a los uniformados caballeros. Entre todos ellos destacaba él, esbelto y apuesto, con una mirada y una sonrisa más allá de este mundo. Acercándose hasta ella, la tomó entre sus brazos y hundiendo sus labios en sus largos cabellos, le susurró al oído mientras giraban sin cesar al compás de la música: “Lo haré amor mio, te daré la paz que tanto anhelas, aún a costa de la mía”.

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Alice, embriagada por el retorno del amor que un día perdió, no vio como él desenvainó su sable y de un solo tajo le cortó su hermosa cabeza. Abrazado al cuerpo ya mutilado de su amada, John lo depositó con sumo cuidado en uno de los sillones Luis XV del salón y acunándolo cuál hijo perdido, repetía una y otra vez sin cesar: “Ya eres libre amor mio, ya eres libre”.

Obra Registrada en : http://www.safecreative.org/work/ 1003015662927